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"Cuento los hidalgos"

Cinco niños en busca de aventuras encuentran un bosque en pleno centro de Lima ....

Cuento:"El zorro, la serpiente y el caballo"

El amor más insosegable de un niño: "su mamá"

¿Se puede cambiar la voluntad de Dios?

"Una película que te motivará a orar por los tuyos".

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jueves, 15 de diciembre de 2016

Annie: "El corazón del salón" ; de la novela "Misión Jericó"


Annie

Jael estaba en otro de los grupos, que Vincent había formado y su jefe de grupo hacía las reuniones en la casa del mismo profesor. Allí, no había disensiones, ni debates y mucho menos intercambio de opiniones, todos se limitaban a oír  y escribir. De cuando en cuando, aparecía el profesor para enfatizar más un tema, así su labor concientizadora quedaba perfecta. Su casa era como un  centro de adoctrinamiento, ubicado en una de las mejores zonas de Lima: San Borja. ¿Quién lo diría? y mucho más ¿quién podría imaginarlo? Casi todos hablaban de esas reuniones en la casa del profesor, de los cafecitos y libros; de fotografías de Cuba. Muchos se sentían no sólo alumnos, sino compañeros y aún más “camaradas”. Para ellos el profesor era un profeta, un líder indiscutible, a quien muchos preferían como amigo, antes que enemigo. El día que tomaron el decanato, él estaba allí, dando instrucciones a Orlando y a Willy. Les pedía que hagan un inventario de todos los objetos del lugar.
“¡De nada tienen que acusarnos, nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados, sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se  presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos era la meta. Eso significaba que había un plan organizado  desde antes que se iniciaran las clases y cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada  Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola,  pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.

-¡Debemos esperarla, ayudarla a subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
 Así  lo hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre, no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco  todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé  el bosque de letras, temí que nadie la ayudara y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los Hidalgos: Capítulo 2


A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver  unos costalillos,  testigos mudos  de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
 ¡Vienen unos perrazos!, con un  alemán a caballo, debemos escapar!
 ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que  miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron  que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres! 
 A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
(Continuará)

sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS HIDALGOS: CAPÍTULO I

LOS HIDALGOS

Eran las cuatro de la tarde y el sol calentaba más que otros días las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Llegaron hasta el callejón de los gatos negros, conocido porque habitaban gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Pasaron por la iglesia del Carmen, algunos de ellos se persignaron y doblaron por el jirón Junín, rumbo a la quinta Heeren, un lugar detenido en el tiempo  pues las casas seguían igual que en la época de la colonia española, con sus puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Siguieron por una pista asfaltada que terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.

-Allí tenemos que entrar -señaló Beto-  allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, armados con  hondas apuntaban sigilosamente, temerosos de posibles perros o de vecinos del lugar, que siempre los echaban, sin lograr entrar.
 ¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían  deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta,  llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante.
(continuará...)

lunes, 28 de noviembre de 2016

La estocada: De la novela "Misión Jericó".

Después de varios días sin reuniones, Charito convocó al grupo, a través de Mirna , quién a la hora indicada nos animó  a entrar en un salón de la Facultad, donde ella nos esperaba.  Estaba sentada en un pupitre, pausada, con su mirada lánguida, casi entristecida, todos nos miramos las caras, sólo Mirna estaba de aquí para allá, como si fuese una secretaria atolondrada por servir bien a su jefe. No tardó mucho en dirigirnos la palabra. Balbuceo al empezar, parecía asustada, se sobrepuso, junto sus manos y a manera de rogativa dijo en tono pausado.
-Sé que no estoy preparada como ustedes, en algunos temas, quizás deba prepararme más. Pero creo que nuestros debates deben partir del libro de Vincent y evitar libros que en vez de crear polémica, nos lleven a acuerdos.
Alejandro empezó a sonreír sarcásticamente y Rosita levantó la mano, solicitando le dejen  concluir y  continuó.
-¿Qué les parece si volvemos a fojas cero, nos hacemos más amigos y nos ceñimos sólo al libro del profesor?
A mí me pareció  sincera su invitación y casi ingenua y ya estaba a punto de acceder a lo que ella pedía, cuando Alejandro habló. Primero soltó su acostumbrada sonrisa nerviosa.
¡No puede ser que nos pidas eso, que quieras recortar nuestra visión, limitándonos a conocer un solo libro!  y ¿Qué hay de la investigación y la comparación de ideas?. ¡Eso según tú es malo!

- ¡Alejandro! -  gritó Mirna, hastiada- no digas eso, porfavor. Trataba de disculparlo delante de Charo.

-Si Alejandro -recalcó Charito, más resuelta - no digas palabras que no he mencionado ¡Por favor! , Enfatizó.
-¿Pero acaso no es así? -respondió- según tú discutir las teorías de Vincent nos traen polémicas y discusiones, pero sabes cómo se llama a eso: ¡Sectarismo!
-¡Alejandro!, ¡Alejandro! – Interrumpió nuevamente Mirna con la mano levantada – ¡Charo está pidiendo que evitemos las discusiones y seamos más amigos!, ¿no te das cuenta?
-¡No te pases! – respondió enojado- esa invitación a ser amigos es sólo un chantaje, ¡no se dan cuenta somos amigos, si no contradecimos y si decimos amén a cada texto subversivo de ese libro!
-¡Por favor! -dijo Charo -  Acaso estás diciendo que…
-No, no estoy diciendo nada de lo que tú ya sabes.
¿Ya sé? – Charo titubeo desconcertada  ¿Qué se supone que debo saber?
-¡No me hagas hablar!- dijo Alejandro, mientras se apretaba las manos de nervios.
-¡Además!- interrumpió Horacio - ¡Aquí la única que hace problemas eres tú y sabemos que eres la que mete cuento en contra de nosotros!.

-¡No!.. ¡Yo no he hablado mal!…

-¡Sí!, y muchos ahora piensan que nosotros somos los malos de la película
-¡Pero yo!,… yo no
-¡Si tú!, a nuestro propio salón ha llegado tu veneno, porque nos miran mal y tú eres la única que pudo haber metido ponzoña. A tal grado que Vincent nos mira con desprecio.
-No, no ¡por favor, es mentira, son calumnias!- sin más que argumentar, nos miró a cada uno, balbuceando palabras ilegibles, tartamudeo, sus ojos se enrojecieron. Parecía suplicar. Viéndose acosada por las miradas recriminatorias, sólo atinó a taparse el rostro y rompió en llanto. Estaba  acorralada y no podía hacer nada, quise consolarla, acercarme, pero como ocultar que sentía  debilidad por ella. Me puse de pie muy resuelto, pero en ese segundo de espera, el curita  y Mirna se adelantaron.
¡Ya Charito, cálmate! -le asieron de los brazos y la llevaron al baño. ¡Cuánto lamenté no haber sido yo el que la consolaba!. Sólo la vi  pasar. Solté un leve suspiro. Me sobrepuse y me dirigí a Horacio que se quedó mudo
 -¿Y ahora qué? - le dije.
Horacio encogió los hombros: ¡No me hagas sentir culpable!
-¡No! - dijo el chino,  alzando la voz – ¿Por Qué vamos a sentirnos culpables?, no creo en sus lágrimas, esas son estrategias. ¿No se dan cuenta que ella quiere dominarnos?
¡Chino!  - le dije, molesto con el ceño fruncido, desconcertado por su sangre fría – ¡ya basta!
-¿No te das cuenta?- me miró enojado- mira a al curita cómo ha reaccionado, un poco más y se le tira al suelo. Eso significa que si tenemos  votación para decidir el futuro de Charo, ya no contamos ni con su voto, ni con su aprobación. Ahora sólo falta saber a quien más convenció, ¿Quizás a ti  Roberto?
Retrocedí, avergonzado, como si hubiese leído mis pensamientos.
¡Pero Chino! - le cortó Horacio  algo apesadumbrado- Ya hemos llegado al límite
-¡Aquí no hay límites! -respondió Alejandro, sobresaltado- Este tipo de gente no mide sus acciones con tal de dominarte. ¡Entiendan!
Horacio calló y bajó la cabeza.

Yo también callé y no  respondí, sólo lo miré atónito. El chino se mostró  más resuelto y violento y tuve miedo porque él sabía más cosas de Charo y sus amigos que Horacio, Jael, el curita y yo. Pero por qué no se sinceró ¿Quién era en realidad el Chino y porque le acusaba a Charo de sediciosa?. Yo dudaba de las aseveraciones del chino, no podía creer que  detrás de ese rostro ingenuo de Charo, se ocultaba algo tan malévolo como  el terrorismo.
 Aquella tarde de altercados, Charito no volvió, tan sólo quedó en mi mente las palabras tan duras de Alejandro. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Amigos por siempre 2: De la novela Misión Jericó.

continua :....
Los cuatro caminamos abrazados por el pasadizo de letras, tambaleándonos, riéndonos de cualquier cosa, con rumbo a la puerta principal de venezuela.  Al caminar frente a la facultad de economía percibí que la ciudad universitaria estaba completamente vacía.  Eran cerca de las doce de la noche y todos los pabellones lucían oscuros y silenciosos. Una densa neblina se apoderó poco a poco de los alicaídos postes de luz amarillenta. Solo nuestros gritos resonaban en la ciudad.
- ¡Oye! -dijo Horacio- ¿Vieron esa película la jaula de las locas? ¡Es la muerte!
-Ya cállate -le cortó Jael- no quiero saber nada de tus congéneres.
“Ja, ja, ja” todos rieron.
- ¡Congéneres! – repetía constantemente Horacio, mientras reía.
Al día siguiente, llegué tarde a las clases de Vincent, temeroso de ser amonestado frente a  todos, empujé la puerta lo más suave que pude y de soslayo vi los rostros ojerosos de mis amigos bostezando y quise reírme pero me aguanté, al escuchar los gritos de Vincent, que amenazaba a un alumno. Aproveché el desconcierto, entré y  me senté. El alumno tenía sus ojos inyectados y movía sus manos exageradamente.
- ¡Pero profesor, lo único que le objeto es que de acuerdo a las informaciones actuales, casi todos los países sudamericanos están optando por el sistema democrático, lo que significa que el modelo!.
¡Ya sé a dónde vas! - interrumpió Vincent -modelo cubano, pero para eso necesitas no sólo haber vivido en Cuba, sino también comprender cómo es que ese modelo permite que todos reciban educación
-Está bien -le respondió- no habré vivido en Cuba, pero si hablamos de índices de pobreza por individuo ese país tiene el primer lugar.
-Eso se debe a la política intervencionista de Estados Unidos -interrumpió el profesor.
-Bueno no voy a hablar de Estados Unidos, sino de lo que la gente quiere y muchos no quieren vivir en Cuba. Porque  la gente aspira a gobiernos democráticos.
- ¿Sabes qué?  -respondió- ¡A mí me importa un bledo lo que piense la masa, a mí me importa lo que piensan gente como tú, intelectuales que van a dirigir este país!
-Pero profesor, es la masa la que decide lo que quiere.
-No lo creo, la masa es indefensa, sin educación, sin proyectos, yo soy un Dios para ella.
Ja, ja, ja- todo el salón se carcajeó, mientras Vincent con los brazos en alto,  aparentando ser el todopoderoso sonrió complaciente.
¡Si!- dijo con sorna- yo los seduzco, los manipulo y los obligo a hacer lo que yo quiero.

-Profesor -interrumpió – ese pensamiento  es caudillista y caduco

-¡No es caduco y no me interrumpa más, para mi esta conversación terminó!.
-Pero…- dijo el alumno defraudado por la abrupta irrupción.
- Si no le gusta puede retirarse de la clase
Polo inmediatamente se puso en pie
¡Si se retira le aconsejo que ya no regrese!- Polo dudó - ¡Y si regresas atente a las consecuencias!
Polo  como así se llamaba este alumno sólo  sonrió y se sentó, suspiró y calló, aunque no dejó de menear negativamente  la cabeza.
Me causó simpatía y a la hora de salida me acerqué y detrás me siguió todo el grupo. Era un alumno a quien de tiempo en tiempo se lo veía en el salón.
¡Ese Vincent es un tirano!– dijo mientras guardaba sus cuadernos y libros en un portafolio de cuero negro, de esos que usan los altos ejecutivos.
-Es un problema ser profesor y estar encerrado en la universidad, sin salir e investigar lo que sucede afuera – sonrió Polo,  cogió fuertemente su maleta y empezó a caminar.
¡Bueno muchachos les invito a tomar un café para conocernos!

Cuando salimos por la puerta de letras, a la derecha había un pasaje lleno de restaurantes,  levantados con triplay y listones de madera, el único que  parecía apropiado, de material noble y piso de cemento era “El Vanessa”. Polo iba algo apurado contándonos sus anécdotas. 
Cuando trabajé en el canal nueve fui director de prensa, ¡una chambasa! que no duró mucho tiempo. Ya ven ahora estoy de vuelta por la Universidad.  Me separé de mi señora y me quedé en el aire. Mientras él hablaba noté su rostro duro, casi no sonreía y si lo hacía era para burlarse de alguien. No era tan alto, pero si en el promedio de todos los peruanos. Usaba chompa,  pantalón   y zapatos de vestir, no como el resto de Sanmarquinos, que andábamos en zapatillas y jeans. Su conversación era muy nostálgica,  anhelaba mucho progresar. Se ufanaba de trabajos bien remunerados y de altas jerarquías, aunque ahora estaba desempleado. Al despedirse dejó entrever que lograría lo que tanto anhelaba, caiga quien caiga. El chino que estaba atento a su conversación, lo miraba  analizando como siempre si había un doble mensaje. Tan popular se hizo esa actitud cuestionadora de Alejandro que siempre recurríamos a él para que nos explique determinadas  conversaciones y discursos de profesores. ¿Hasta qué punto parecían subjetividades?  No lo sé, pero sabía que eran muy convincentes, tanto así, que a veces no podíamos contradecirlo en determinados temas. Alejandro no lo permitía,  él no era muy dotado físicamente, usaba lentes gruesos  y su fisonomía no era atlética, más bien era bajito y regordete pero su talento de líder
era único.

jueves, 17 de noviembre de 2016

"El zorro, la serpiente y el caballo"- cuento

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Amigos por siempre: De la novela Misión jericó.


AMIGOS POR SIEMPRE

El sol se ocultaba y una languideciente luz caía sobre el piso .A la distancia observaba de rato en rato el horizonte,  los rayos del sol palidecían, ensombrecidos por una capa gruesa de neblina y un fuerte
viento del oeste sacudía todas las banderolas de la ciudad universitaria . Quién lo diría, allí estábamos discutiendo, sobre Cortázar, Unamuno, María Arguedas, y tantos escritores, delirando sobre la vida, conceptualizando  nuestra sociedad, deseando escribir sin haber vivido. Que entretenidas eran esas charlas, me sentía realizado, hablando sobre ellos. Mi búsqueda de la sabiduría quedaba satisfecha en esas conversaciones. Tanto así, que leí muchas obras con la única finalidad de discutirlas después. No sé cuánto tiempo, creo que fueron meses, que todas las propinas se invirtieron en novelas. Así conocí a muchos novelistas y me convertí en un lector fanático que no deseaba ver televisión, sino sólo leer.  
Las noches frías en la ciudad universitaria  nos obligó a refugiarnos en  los cafetines. Nuestro favorito era  “Vanesa”, un snack bar situado a la salida de la facultad. Una de esas noches frías Alejandro invitó los cafés, Horacio mientras se sentaba dijo: Entonces yo los pago. Sacó su billetera, la abrió, miró y la volvió a embolsillar.
-¡Mejor paga la cuenta Alejandrito!- dijo sonrojado – tu sabes que los chinitos tienen plata, levantó las manos disculpándose, mientras me miraba y se acomodaba el cabello, hacia atrás. Todos soltamos una carcajada.
Desde aquella noche tomar un cafecito caliente se volvió una costumbre, Alejandro poco a poco dejó de ser el muchacho serio y poco comunicativo. Siempre empezábamos hablando sobre mi tema favorito:"escritores y novelas" y terminábamos hablando de Vincent, de quien el chino expresaba abiertamente su desacuerdo.
El piensa que ha descubierto la pólvora, esa  mentira es más ingenua, si desde la década del sesenta se habla de manipulación e imperialismo ¿Qué es lo novedoso? Son ideas obsoletas y sediciosas.
-¡Shhh,  Chino no alces la voz!- le dije.
-¡No seas miedoso!  -replicó- ¡no te das cuenta que Vincent le hace el juego a Sendero, basta que adoctrine con esas ideas a los cachimbos para crear terroristas potenciales!
Jael que ya se había unido al grupo soltó una sonrisa.
 -Por favor chinito, chinito -se acercó y lo abrazó, tus ves demasiadas películas de espías. Alejandro desconcertado, no sabía si zafarse  de ella o dejarse apabullar por el abrazo. Optó por sonreír y callar.
Yo sólo lo miré, no atiné en decir palabra, estaba ofendido. No era un miedoso, creo, sí, muy precavido o era que él había tocado justo en una llaga,  que nadie quería curar, un miedo conveniente que envolvió a alumnos y  catedráticos, respetados por siglos, que aceptaron y callaron, involucrándose en mafias, corrupción, violencia y terrorismo.  Un pozo sin salida, sin esperanza.
En las siguientes reuniones las discusiones con Charo se volvieron más candentes. Parecía un interrogatorio donde ella era la acusada. No tenía ningún argumento ante las arremetidas de Alejandro, quien no dejaba de cuestionarla. Esto dio pie para que los discípulos de Vincent empezaran a hablar mal, no sólo de Alejandro, sino de todo el grupo apodándonos los alternativos. El salón completo tildó a Charito de víctima y a los alternativos de agresores. No tardó mucho en pronunciarse el profesor, una mañana de mucha llovizna tocó el tema, pero sin ser muy evidente.
- A propósito de ideas alternativas, en mi clase no enseño  esas cosas y aquí sólo aprueban los que dominan mis enseñanzas. El chino y todos los del grupo nos miramos. Ese momento me ofusqué, me causó tanta rabia y peor aún, nadie protestó por el amordazamiento todos estaban de acuerdo. Tenían una complicidad casi suicida. Sin embargo reparé que hasta hace un mes atrás, tampoco hubiera dicho nada y que todo lo hubiese aceptado sumisamente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso las continuas polémicas de clase y fuera de clase me estaban abriendo los ojos, hasta ver las cosas como en realidad eran?.
Cuando salí de clases caminé mucho, pues eso me gustaba hacer cada vez que estaba preocupado. Llegué al estadio y subí hasta la parte más alta, a la torre. Divisé todas las facultades de la ciudad universitaria y como las luces se apagaban una a una, hasta quedar en oscuridad. No recuerdo cuanto tiempo pasó, pero eran más de las once de la noche y cuando me retiraba, escuché que me llamaban desde unos asientos de la tribuna.  Eran los alternativos no sé cómo me vieron, me alegró verlos. Tenían un jarrón de damajuana, una botella de coca cola y unos vasos descartables, al parecer llevaban ya mucho rato bebiendo.
-¡Para salir del frío! – dijo Horacio, mientras me servía un vaso del combinado.
Allí también estaba Jael sonriendo de todo, bien abrazada del chino Alejandro.
-¡De todas las cosas locas que hago, esta es la peor, venir a tomar con unos pollos! -dijo, mirando a Horacio.
El inmediatamente le respondió.
-¿Qué tienes mujer? , si quieres hacemos un mano a mano a ver quién cae
-¡No!, gracias para mi es suficiente
-¡Ya ves cómo te chupas!.
-¡Ay por favor!, a ver chinito, chinito, defiéndeme  por favor
Acurrucándose y abrazando al chino este le miró.
-Bueno yo -sonrió. La tomó de los hombros y mirándola fijamente le dijo- ¡Defiéndete sola!. Todos festejamos la ocurrente salida del chino.
-¡Ay no por favor, por favor, no seas malito! -replicó Jael y se acurrucó más a él.
El chino miró su reloj y sorprendido dijo
-¡Uy carambas!, es tarde en mi casa ya me habrán trancado la puerta.
Horacio viéndome parado, tiritando de frío me dijo
-Toma pues cholo para que entres en calor y nos vamos.

-¡Claro! -le respondí - pero que te parece si lo voy tomando  en el camino y ¡Vámonos! , ¡ya es tarde!. 

jueves, 20 de octubre de 2016

Charito: la coordinadora parte II (Novela misión Jericó)


CHARITO VS ALEJANDRO
La siguiente reunión empezó con los ánimos más calmados y todos dialogaron sobre las críticas de Vincent a los teóricos norteamericanos. Charito se acomodó al grupo y empezó a llamar a cada uno por su nombre, lo que le sumó unos puntos a su favor, ya que se sintió un ambiente de cordialidad. Sólo Alejandro estuvo descontento y cuestionó todo los fundamentos del libro.
-Hasta el momento sólo he escuchado puros adjetivos, que los funcionalistas son imperialistas, servidores de los capitalistas, manipuladores de  personas, etcétera, etcétera. Es que eso nada más va a ser nuestro análisis, y no vamos a leer nada de los funcionalistas y estructuralistas, para poder sacar nuestras propias conclusiones.
Charo se quedó perpleja, pero no tardó en replicar.
-A mi parecer el profesor quiere decir que entendamos ¿Por qué ellos son imperialistas? y ¿Cómo manipulan al pueblo?
-¡No te pases! – Contestó Alejandro- Me parece de  mucha ingenuidad, creer que analizamos a los estructuralistas y funcionalistas cuando no leemos nada acerca de ellos.
Charo movía su cabeza con sus cejas fruncidas y buscó la mirada de los demás, tratando de que alguien le explicara lo que “el Chino” quería decir. Estaba algo aturdida sostenía con  una mano el libro y con la otra hacía señas de desconcierto. Mirna, como empujada  por un resorte, trató de ayudar a Charo,  se levantó de su asiento y en tono solemne dijo que  no podíamos descartar los análisis  del Profesor, porque  para llegar a esas conclusiones ha tenido que investigar muchos años, utilizando métodos muy rigurosos.
-¡Que va ser!- respondió airado, Alejandro- ¡A ver!, ¿A qué corriente pertenece Merton, Marcuse, Adorno y Habermas? y ¿Qué puedes decirme sobre ellos?
-¡Bueno, yo...!- Mirna se sonrojó, no sabía qué contestar. Alejandro no le quitaba la vista, a la espera de su respuesta.
-¡Te das cuenta! – Le dijo – Así como tú, estamos todos, ni siquiera conocemos de qué hablan y los criticamos.
Mirna se sentó avergonzada, soltó una sonrisa nerviosa y miró a Charo, quién movía la cabeza tratando de calmarla. Alejandro demostrando un tic nervioso tocaba sus lentes con el pulgar de rato en rato. Al ver que todos estaban callados, Charo rompió el silencio, demostrando mucha cautela dijo que ella reconocía que había temas que aún desconocía pero que haría lo imposible por darles más información. Después de la reunión el curita y Mirna se acercaron a Charo. Yo no sabía a donde dirigirme, pero al ver a Alejandro sólo opté por irme con él. Horacio nos siguió.
-Esa Mirna,  te dije no la metas al grupo, es una franela.
-Calma –le dije – tú sabes, entre mujeres se defienden.
-Creo que es peligrosa – dijo Alejandro, rompiendo su silencio.
-¡Ya ves! –dijo Horacio– yo no me equivoco cholo.
-y el curita se deja llevar por las olas –interrumpió el chino.
-¿Qué quieres decir? - le interrogué
-No se dan cuenta –dijo el chino arreglándose los lentes –es tan templado, que todo lo que ella diga, lo va hacer.
Conforme salíamos de la Ciudad Universitaria divisé a Mirna tratando de tomar un microbús. Estaba ofuscada, sudorosa y el viento permitía que su cerquillo le cayera por la frente. Su pequeña estatura era una ayuda para ella, pues se infiltraba por entre la gente rápidamente. Desde que pisamos la Universidad, no dejó de usar su clásica chompa roja. Parecía de condición muy humilde y eso era notorio pues su vestimenta era sencilla y cuando se pedía colaboración para alguna actividad de grupo era la que más regateaba. Paso mucho tiempo para que ella se sincerara no sólo conmigo, sino con todo el grupo de que su papá había fallecido dejándole a ella casi toda la responsabilidad de la familia.
- Mi papá no era cualquiera - nos dijo casi sollozando- en vida fue  un dirigente muy conocido en Canto grande y la gente lo quería. Antes no sentía su presencia, pero ahora nos hace tanta falta. A veces no tenemos ni para comer y para mis pasajes tengo que prestarme de donde sea. Dejé la universidad San Martín, él quería que sea abogada pero el destino no lo quiso así. Ahora tengo que trabajar para alimentar a mi familia. Desde ese día nuestro grupo  la consideró, a pesar de sus tremendos desatinos.
El curita se retiró presuroso, según Horacio a una cita con una monjita que quería retirar los votos. El Chino más calmado, sonreía de todas las bromas. Era el único que no salía apurado, muy por el contrario hacía tiempo, conversando, sentado en las antiguas bancas de madera del patio de letras. Junto a él, estábamos Horacio y yo, mientras sentíamos la tibieza de la tarde.

martes, 18 de octubre de 2016

Carito VIDEO

lunes, 17 de octubre de 2016

"Conociendo a Charito"(Novela Misión Jericó).

CHARO: LA COORDINADORA


La clase siguiente Vincent dejó sus acostumbradas charlas y con mucha seriedad, casi solemnidad, indicó que había nombrado coordinadores para cada grupo; Mencionó varios nombres pero, sólo uno despertó mi interés era: “Charo” a la que vi muchas veces con el grupo de Rolando y recordé sus ojos tibios y serenos. Reviví esa misma sensación que tuve al verla por primera vez, que me causó atracción y desconcierto y que me empujó a pararme en  un estrado sin saber nada. Era de una base más antigua. Pensé que para ser una coordinadora de Vincent, tenía que ser muy capaz, quizás una chica inalcanzable, posiblemente  de esas aprendices de intelectual como las que había en San Marcos, sin sentimientos pegadas a la letra, pero Charo no parecía. Lo único que me molestaba era que  la había visto abrazada con un muchacho de una base más antigua, un viejo, que a todas luces era su enamorado, además que estaba en el grupo de Orlando , a quien le tuve animadversión por lo sucedido en el patio de letras. ¡Charo, no! me decía a mí mismo, ella es especial como una flor en medio de la mala hierba. Aquella mañana el destino lo quiso así, ella era la coordinadora de nuestro grupo y tuve que aceptarlo.
La siguiente mañana se presentó ante el grupo. Entró con una sonrisa contagiante su pelo castaño y tez blanca rosácea que combinaba con el vestido rojo que lucía, ceñido al cuerpo, cubriéndole hasta las rodillas. Todos se deslumbraron al verla, su figura bien delineada combinaba con sus pantorrillas hasta los pies de forma perfecta. Estaba encantadora.
-Charito- dijo el curita, casi susurrando – no te vistas así, que despiertas al toro.
Todos rompieron el hielo con una sonrisa. Por fortuna no escuchó, desconcertada, atinó también a sonreír, levantó las manos en señal de desconcierto y buscó un asiento junto a la única mujer que había en el grupo: Mirna.
-Bueno chicos - dijo ella- ya saben que nuestro tema es sobre corrientes estructuralistas y funcionalistas, ¿alguien de ustedes ha leído algo sobre ellos?
Ninguno del grupo pudo responderle, nos quedamos sorprendidos, al menos yo pensaba que nos daría una charla preliminar sobre el tema. La observé detenidamente para saber si recordaba o no mi rostro, pero no me miró en ningún momento.
El Curita mientras tanto, se puso de pie. Desde que entró Charo, lo noté bastante inquieto y aprovechó la oportunidad para darse a conocer ante ella. 
-Mire señorita, me disculpas, no se tu nombre - sonrió, causando hilaridad en el grupo. Volteó hacia nosotros levantando los hombros como si nos explicara que realmente no lo sabía.
-¡Charo!  - interrumpió ella esbozando una sonrisa.
Bueno Charito – lo dijo tan suave y pícaramente que nos hizo reír- aquí nadie se ha preparado para disertar, muy por el contrario, esperábamos que seas tú quien nos ilumines con tus conocimientos, porque se supone que esa es tu responsabilidad.
Poco a poco  su rostro se desencajó y enrojeció. Estaba incomoda.

Miren chicos –dijo diplomáticamente – todo lo que ustedes lean, lo vamos a discutir aquí y todo su aprendizaje yo lo evaluaré, así que la próxima reunión quiero que todos lean sobre las teorías norteamericanas del libro del profesor Vincent. Nadie protestó, ni hicieron bromas, porque notaron cierto enfado en sus palabras ya no tan suaves, sino más bien, diría, con autoridad.

jueves, 6 de octubre de 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

Quién es vincent parte VI : Los alternativos

UNIVERSIDAD CATÓLICA
Después de clase, el chino Alejandro propuso una reunión con el nuevo  grupo que se había formado. Todos se reunieron en el patio de Letras. Alejandro, el curita  contó un chiste de curas y todos rieron, había rotó  el hielo. Después las bromas iban de aquí para allá. Mirna como única mujer del grupo se sonrojaba.
-Chicos ya basta, hablemos sobre la reunión -  dijo algo incomoda.
-Reunión ¿cuál reunión?, - bromeó  Horacio – nosotros nos vamos de juerga
Todos celebraron la broma. Mirna frunció las cejas y torció su boca.

Pues yo me tengo que ir- agregó enfadada.

Iba a apaciguar, pero lo más prudente fue cambiar la conversación.
-¿Alejandro qué hacemos? -le dije.
El chino que se había mantenido callado, dijo: ¡Vamos a almorzar!
Ninguno esperaba comer en la calle, muchos estábamos esperanzados en llegar a casa con la familia. Además como estudiantes no teníamos dinero suficiente para un menú. El curita propuso el comedor universitario. Allí la comida era gratis pero no daba confianza, muchos le decían “la muerte lenta”. Horacio que ya había entablado confianza lo miró asombrado.
-No te pases pues cholo, no quiero morir ¡me necesito!
El curita sonrió: ¡Nos necesitamos!- le recalcó y ambos rieron.
Después de esperar las propuestas
-¿Qué les parece la Universidad Católica?-  sugirió Alejandro- Allí también sirven comida cómoda.
Todos aceptamos y entre broma y broma nos dirigimos por la avenida universitaria hasta que llegamos a la universidad Católica. Era diferente a la nuestra, sin pintas, ni banderas, cubierta de árboles y de mucha tranquilidad. Desde que entramos  percibimos una fragancia distinta y un viento fresco que se arremolinaba sobre nuestras cabelleras. Aquel lugar nos embriagó. Los muros y pisos lucían limpios con una tibieza y suavidad, como si aún nadie las hubiese tocado. Los estudiantes se confundían con el lugar como si fueran parte del panorama. Sentí mucho placer, me gustaba el verdor de los pastos y sus plantas  bien cuidadas. Las muchachas eran lindas y se sentía un ambiente de mucha tranquilidad.
¡Aquí imperan  los fascistas!- desperté de mi meditación y busqué a Mirna quien, tapándose la boca, sonrió. Pensé que sólo a mí me había molestado sus palabras, pero fue a todos. Ella sólo atinó en justificarse.
-Vincent lo dijo así, aquí sólo hay gente blanquita y de plata.
Acaso Vincent no es también un blanquito, pensé.
-Pero, mujer ¿qué te han hecho los blanquitos, u odias a la lejía?, -sonrió Arturo, que a pesar de su tez blanca no se sintió aludido.
-Ay, mujeres para que las quiero- exclamó Horacio, moviendo su cabeza negativamente, mirándome y diciéndome entre señas: “¡Te lo dije!”.
El chino sólo observaba, por su mirada y su risa sarcástica,  noté que había desaprobado la opinión de Mirna.

Yo en cambio sentí en ella un resentimiento, que acertadamente nuestro profesor de teoría había despertado y tuve miedo de pensar que él no era sólo  un loco visionario, sino alguien que incidía de forma real y lo que nos decía diariamente tal cual  un disco rayado, había calado nuestra conciencia. Sentí miedo por primera vez de mis pensamientos, porque también culpaba a esa clase blanca retrograda, dueños del Perú, clasista y racista. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Quién es Vincent parte V

¡EL GRUPO LOS ALTERNATIVOS!

-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé. ¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas. Luchaba solo y no tenía amigos.
El curso de teoría de la comunicación se volvió en un “tira y jale” donde el profesor sólo atinaba en criticar y  mofarse lanzando estocadas verbales, que dañaran a su enemigo, buscando la arremetida fatal. El fin era destruir cada uno de sus argumentos, ridiculizándolo ante el salón, pero por el contrario, levantó la imagen del chino más y más cada día. Su juego destructivo realzó la  presencia de Alejandro en el salón. En realidad, desde que llegaron Alejandro y el curita las clases se volvieron interesantes y realmente se aprendía. Había una lucha de conceptos e ideas que no sólo se producía en el salón, sino al parecer en todas las aulas de la  Escuela o quizás en toda la Universidad, pero al parecer iba más allá posiblemente  en todo el país y es que ante la escalada terrorista que atacaba en las provincias y zonas muy alejadas de las ciudades, se levantaba una propuesta diferente de cambio del sistema, sin usar la violencia radical.
En las horas libres mientras leía, se acercó a mi carpeta una chica de buen parecer, pero de mirada triste.
- Oye compañero – dijo ella - ¿Estás al día en teoría?
-Si – le respondí
-Préstame, no seas malito, ¡por favor! , ¡por favor!, ¿sí?
-¡Ya está bien! no seas impaciente– me agradó su  espontaneidad para pedir
Horacio que estaba atento a sus suplicas expresó en voz alta
-¡Carambas está mujer sí que tiene prisa!
-¡No!, no vayas a pensar mal, he faltado tanto que temo repetir este curso ¿comprendes no? Sonrió, mostrando una sonrisa diáfana y dulce.
-Me llamo Jael y  ¿Ustedes?
Yo soy Starsky -dijo Horacio, y él  señalándome-  es Hutch.
Todos sonreímos
-Como los de la serie policial- dijo Jael- mientras sonreía.
Desde aquel día, ella se sentó junto a nosotros, por momentos volteaba y me encontraba con su mirada, sus ojeras le daban un aire melancólico, casi podría decir desencajado. Como si estuviera enferma o tuviera una profunda tristeza.
-¡Oye, tú te jaraneas de noche y descansas en clase! - reía Horacio, mientras que yo sólo atinaba en recordar que esa misma mirada lánguida la había visto en Toña, una minusválida del salón que a duras penas se sostenía en sus dos muletas. Lo había visto también en muchos alumnos que deambulaban por la universidad, meditabundos, aislados, como si fueran prisioneros de sus pensamientos, muchos de ellos cargaban libros viejos, de bibliotecas caducas de la época del 50, que fueron retenidos en San Marcos.
Recuerdo  las mañanas  frías con lloviznas copiosas que mojaban mi rostro, mientras caminaba por el bosque de letras. San Marcos había despertado como un gigante  empapado. Aquella mañana me sentí libre, alce mi rostro hacia el cielo y sentí una a una  las gotas. Respiré profundamente y un fuerte olor a humedad llenó por completo mis pulmones. Estaba vivo, sentí un gozo tan profundo , aunque por unos minutos fue suficiente medicina para subir las escaleras hacia la Escuela de comunicación, sin sentirme deprimido. Una de las puertas del salón estaba abierta y desde allí observé  a mis compañeros completamente silenciosos. Vincent había llegado. Busqué la puerta trasera y empuje lo más suave que pude para no hacer ruido, pero el profesor me vio, levanté mis cejas y susurré un: buenos días casi silencioso para no incomodar a nadie, pero él no respondió. Sin tomarme en cuenta prosiguió hablando. Busqué un lugar en los asientos de atrás y me senté.
-Muy bien – dijo, en tono ceremonial – de ahora en adelante sólo les voy a dar temas para que ustedes los analicen, los desarrollen profundamente y critiquen. No hay prórroga para la presentación de los trabajos. Los temas son los siguientes. Mientras él dictaba varios títulos, aproveché para acercarme a Horacio y preguntarle.
-¿Qué pasa?
-¡Tenemos que buscar un grupo, Cholo!- me respondió alzando y moviendo sus manos desesperado – y debemos ser sólo cinco.
Ese instante no vacilé, como un relámpago busqué con la mirada al curita, al chino Alejandro y a Mirna y  le propuse a Horacio convocarlos al grupo. Desde mi asiento observé cuando se acercó a Alejandro y como trataba de convencerlo, moviendo sus manos y sonriendo constantemente, mientras que  este, impávido sólo escuchaba. De Mirna y Alejandro me encargué yo, ellos sin pensarlo dos veces,  aceptaron. Después de unos minutos Horacio regresó.
-¡Ese chino sí que me ha hecho sufrir, pero al final cayó! aunque no debiste escoger a Mirna, no te das cuenta que cae quaker, se cree la muy intelectual por uno cuantos libros que leyó
-Puede ser -le dije dudando de mi selección – pero ella sabe sobre marxismo y además estudia derecho en otra universidad.
-¡Peor pues, no va a tener tiempo para las reuniones!- interrumpió Horacio.
-Ella me dijo que si podía, Hay que darle una oportunidad.-le respondí

Levantó los hombros y alzó las manos, conformándose.

domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Quién es Vincent? parte IV

¡La alternativa!


- No creo que se deba cambiar el sistema, ¿sabe?, creo que existen medios alternativos que pueden transformar nuestra sociedad sin llegar a la violencia, porque allá desde  los arenales hay gente que está trabajando día a día para cambiar su realidad, esforzándose, agrupándose y formando centros comunales, comedores,... – mientras él hablaba, el profesor se acercó a su carpeta con su rostro burlón y después optó por una mirada sarcástica y despectiva. Vincent astutamente miraba a cada uno de los amigos de Máximo y movía negativamente su cabeza, buscando que ellos  desaprobarán el comentario. El nisei se dio cuenta pero no dejó de hablar, su rostro por el contrario se enrojeció por completo como un tomate a punto de reventar. Sus manos empezaron a  temblar igual que sus labios, pero aun así  el continuaba impávido.
-¿Usted no cree en la sabiduría del pueblo? -Preguntó el nisei, al profesor obligándolo a que preste atención a lo que manifestaba  - o piensa que ¿sólo una élite debe  dominar el sistema? Y si así fuera, como lo imagino, usted es de los  que piensan que la gente es incapaz de resolver sus problemas y auto gobernarse. ¿No le gustaría por lo menos interesarse en lo que ellos quieren?  Porque aunque usted no lo crea, si se puede.
-“¡Ya basta!”,  replicó el profesor – ya sé lo que tú eres, un populachero alternativo que piensa en educar al pueblo. Eso es ser necio y yo creo que usted no lo es, sino estaría fuera de mi clase -Corrió hacia la puerta y la abrió con fuerza- Todos callaron, el salón entero enmudeció de miedo.
-¿Por qué? – preguntó Alejandro, porque discrepo de sus ideas.
-¡Acaso no es necesario que todos entiendan que hay otras alternativas!
-¡No!, -gritó, reparó por unos segundos, se controló y habló despacio-  alumno.
Bajo su tono de voz, ante la mirada asombrada del salón.
-¡Ya entiendo, porque has venido! - sonrió lo miró fijamente a los ojos amenazadoramente. El chino trató de argumentar pero él le interrumpió, levantó sus manos en alto y tocó su cabeza, retrocedió lentamente hasta que llegó a su pupitre.
-¡Calma Alumno!, no te incomodes, tendrás más tiempo para seguir argumentando. Por hoy mi clase acabó- bajó el tono de voz, cogió su maletín y desatendiendo toda réplica de Alejandro, se acercó a Máximo y su grupo y los miró, inmediatamente  ellos intervinieron, como si estuviesen preparados para salvar inconvenientes, cínicamente le suplicaron al chino a que no insista.

Aquella mañana, después del altercado, simpaticé  con el nisei igual que con el curita, veía en ellos tanta firmeza en sus opiniones, que me animaron a defender mis criterios a capa y espada, aunque siempre terminaba cediendo. Pero la mayor parte de la clase llegó a admirar sus intervenciones, su posición no violenta, sino persuasiva de pactos y  conciliaciones, que marcaron en las mentes de todos en el salón una posición aun no conocida: “La Alternativa”, como así  denominó despectivamente Vincent a Alejandro. Y no sólo él, sino que todos los pupilos del profesor, dirigidos por Máximo, que lo miraban  con desprecio, desde ese día. Sentados siempre en las primeras carpetas, ni siquiera se comunicaban con el resto del salón, habían formado un grupo tan cerrado, desde donde  mandaban  indirectas o se burlaban de aquellos a quienes el profesor les hacía mofa. Eran  los adulones, los que estaban dispuestos para servir. Los que se sacaban “20” en los exámenes,  la más alta calificación. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

¿Quién es Vincent? Parte III


Así siguieron las clases, preparándonos como aprendices de intelectuales revolucionarios, futuros asqueados del sistema imperialista, como diría Máximo, sólo que en mi producía lo contrario. Sentía melancolía, anhelaba otras cosas, quería ser un profesional de éxito, con un trabajo bien remunerado, una esposa linda y amorosa, una casa propia, hijos que me abrazaran al llegar del trabajo. Todos esos sueños se bloquearon ante la realidad de la universidad, llena de pintas en las paredes con frases refritas que llamaban a la violencia y el deseo de destruir. Allí la muerte era más preciada que la propia vida.
“Muerte a los traidores”, “Viva Gonzalo”, “Con las armas al poder”
Aquí nadie defendía a nadie, no había familia, ni policías, por último ni el gobierno,  sólo tú y tu deseo de sobrevivir.
Habían llegado a tal punto los dogmas en las clases que nadie se atrevía en contradecir a los profesores. Todos hacían un voto de silencio hasta que  un comentario, quizás no previsto, atacó a la iglesia.
-Marx lo dice aquí la iglesia es el opio del pueblo y escuchen con mucha atención compañeros – se acercó lentamente al pupitre del chino Octavio, y respirando hondo habló, como si se tratara de un secreto.
“Y esto no es de investigaciones concienzudas, sino de observar la realidad, pero desde que existe la religión lo único que ha creado es conformismo y pobreza”.
-¡Que rayado!, ¿Cómo puede decir tantas estupideces?- escuché tras de mí. Lo que me dejó perplejo, había alguien que no pensaba igual e inmediatamente miré hacia atras y vi a un nisei. No era Octavio. Era diferente, usaba lentes gruesos y era algo regordete, de pequeña estatura; Parecía de más edad que el resto de los alumnos del salón. Pensé que si protestaba levantaría su mano para refutar, aunque, ¿Habría uno capaz de hacer eso? El grosor de sus lentes me hizo compararlo con un ratón de biblioteca y supuse que era muy inteligente, pero hasta donde llegaría su audacia para contradecir a Vincent. En ese momento otra voz despertó mi interés, era un alumno a quien tampoco, había percibido antes, y es que faltaba mucho a las clases. Tenía la mano levantada y por la firmeza con la que sostenía el brazo, me dio la impresión que tenía mucha seguridad en lo que iba a hablar. Apenas el profesor  le cedió la palabra, Alberto como así se llama, dijo con un acento españolizado: “Sepa Usted profesor que la Iglesia Católica mantiene en sus bases un movimiento progresista, laico que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados, pero no desde un punto de vista asistencialista, sino desde una labor concientizadora que desarrolla la reflexión de su propia praxis y otra vez la reflexión, ¿entiende? Tratamos de transformar para vivir mejor”. En el salón se sintió un remezón de murmullos y cuchicheos. Nadie había refutado a Vincent, mucho menos en  sus aseveraciones sobre Marx. El profesor escuchó boquiabierto y es que en realidad Alberto parecía un alumno de los últimos ciclos. Ante la defensa tan bien presentada, sólo atinó en loar su intervención, pero recalcó


- “Muchos grupos católicos tienen buenas ideas,  pero no se olviden que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”. Salió airoso con un chiste y afortunado porque el salón celebró sus palabras y su imagen no se dañó, al parecer se fortaleció. Aunque Máximo no salió tan bien, con la mano levantada y el rostro fiero, casi agresivo, se paró de un salto y dijo en tono rabioso.
- ¡Compañeros!, la Iglesia no es por nada que la llaman el opio del pueblo, porque es una plataforma que los poderosos usan para adormecer al pueblo y contentarlo con la pobreza. Es una institución servil de los imperialistas y por lo tanto un enemigo del pueblo.
Miró a todos enojado, buscando la aprobación, las venas de su rostro sobresalían cuando a pedido del profesor, quien  le cortó, tuvo que sentarse.
-No levantemos más polvo con la iglesia- le susurró al oído y le dio unas palmadas en la espalda.


-¡Por fin se calló ese perro rabioso!- escuché un cuchicheo y burlas. Máximo que había escuchado, respondió con una mirada amenazante, pero como no sabía de donde provenían las mofas, dejo de buscar.
Esa mañana, después de mucho tiempo percibí unos minutos de libertad en la clase y amé la sabiduría y la locuacidad. Me admiró esos conocimientos que manejaban algunos muchachos. Eran temas que muchos de ellos lo vivían  en carne propia y que de alguna manera lo habían conceptualizado hasta hacerlo casi una teoría, bien fundamentada. Alberto se ganó el apelativo del “curita”, por su tono españolizado, su intervención animó a otros a participar. Vincent, desconfiado miraba y provocaba al nisei regordete de lentes gruesos, que aparentaba más edad que el resto de la clase, presentía o sabía algo de él que el resto del salón no lo sabía y quería exponerlo en la clase como hacía con todos los que le parecían espías. Lo invitaba a discutir con la mirada y con sus gestos, hasta que un día el nisei habló. (Continuará...)

miércoles, 31 de agosto de 2016

¿Quien es Vincent? parte 2

Continua... (de capt 1 Quién es Vincent?)

Estas situaciones me producían incertidumbre. Por momentos sentía que mis sueños de destacar como estudiante se desvanecían en las paredes de la Universidad, acompañado de gente  indiferente como los que me enseñaban, salvo Vincent, que parecía distinto.
Las clases continuaban y muchos profesores entraban y salían de las aulas. Existía un curso de Materialismo dialéctico que mantenía a todos silenciosos, más que en las clases de Vincent. Sin hacer ningún ruido todos copiaban lo que el profesor dictaba. Las bancas del fondo increíblemente estaban vacías. Hasta los más dormilones permanecían atentos. Había llegado tarde, pero eso no le importaba al profesor, ni siquiera respondió mi saludo. Me acerqué a Horacio, que copiaba afanosamente.
Cállate cholo, no ves que no se le escucha nada- recitó. Me causó risa su ansiedad por copiar. Al poco rato, el profesor sacó un pañuelo para atenuar un estornudo. Eso me dio tiempo y le pregunté.
-¿Por qué habla tan bajito?
-Es la técnica de si quieres atiendes o si no te vas al ¡carajuu...!  Sonreí, la expresión de su rostro y la frase esforzada, prorrumpieron en una carcajada suave, sin poder evitarlo. Todos en el salón repararon en nosotros. Sentí como que amonestaban todo expresión de alegría. Octavio, un nisei nos miraba como compadeciéndonos, como si  diría “maduren muchachos”. El Sobón de Máximo movía su cabeza censurándonos cruzando miradas cómplices con el nisei. Ambos eran los “ayayeros” de Vincent, los que atendían cualquier pedido del profesor y se desesperaban para que esté cómodo en la clase. Pero no sólo era con Vincent, sino con todos aquellos profesores que estaban dentro de la línea de denuncia y de tratar a los Medios desde un punto de vista marxista. Demás está decir, que también eran amigos de Vincent. En ese entonces me parecían triviales sus afrentas, y no los tomaba en cuenta. Horacio se había vuelto un buen amigo, quizás el único con el que se podía conversar sin tener que discutir sobre el marxismo o la situación crítica de País,  tampoco mediamos verborrea para ver quién de los dos era más intelectual que el otro. Hablábamos de todo y sobre todo de chicas, aunque no todas las chicas de la Universidad eran atractivas, muchas eran  de corte intelectual, ustedes ya saben; con lentes, y una verborrea aplastante de biblioteca. Horacio usaba siempre  jeans, polos de colores y un collar alrededor del cuello, así como brazaletes de tela con  motivos incaicos.
Su cabello  arreglado todo para atrás, estaba de acuerdo con la moda de los ochenta, como John Travolta de la película “Saturday nigth fever”. Era raro verlo con la misma ropa al día siguiente. Cuidaba mucho su apariencia personal. Era algo fornido y de estatura mediana, algo como un metro sesenta y cinco. El así como Celine sufrían mucho a la hora que los profesores hablaban de  la alienación y de la seducción de la publicidad en los jóvenes.  Aunque Celine a pesar de ser una pituquita de la Molina,  a desventaja de Horacio, estaba en el grupo de Vincent. Después de cada clase el profesor conversaba con Máximo a quien lo habían nombrado delegado del salón. Junto a ellos estaba el chino Octavio, Betty y Celine, quien con su sola sonrisa atraía a todos en la Escuela. Allí estaban ellos dialogando, Vincent era el centro de atención por su altura, era más fácil de distinguirlo, además que era el que más gesticulaba cuando hablaba.
Sus reuniones se volvieron muy frecuentes y se rumoreaba que el profesor había creado un taller de estudio con  un grupo muy selecto  del salón y que las sesiones eran en su casa. Debido a eso, el grupo de Máximo era el único que participaba, mientras que el resto sólo escuchaba. Ese grupo parecía una réplica del profesor de teoría, ninguno objetaba, por el contrario afirmaban y consolidaban sus palabras. Máximo parecía un remedo, hablaba igual que él, movía las manos y gesticulaba como él, incluso miraba al resto despectivamente como si conociera más que todos.
-“Compañeros” –decía Máximo- tenemos ante nosotros un profesor que se ha quemado las pestañas para ayudarnos a descubrir la verdad.
Vincent contemplaba silencioso, mientras que Máximo embelesado en su retórica observaba a un salón que asentaba con la cabeza todas las arengas, en señal de aprobación.

Vincent llegó a ser tan selectivo en el aula que no hablaba con nadie, salvo que sea su grupo, había creado una elite en el salón que a muchos les causó cierto descontento, incluso a mí que en un principio me entusiasmó la idea de pertenecer a ese grupo. Sin premeditarlo habíamos caído en la miel que él profesor había creado. Sus alumnos preferidos obtenían las más altas notas en participación y exámenes. Eran muy conocidos porque participaban con  aulas antiguas y es que Vincent había creado otros talleres similares y elitistas, donde sus alumnos antiguos intercambiaban momentos con los alumnos nuevos. Supe que estaban invitando a más alumnos a asistir a su casa, pero las invitaciones eran de amigo a amigo y en forma selecta. Ninguno del grupo del profesor era amigo de Horacio, ni mío, tan sólo por el saludo. No se habían dado las circunstancias para conocernos, pero sí se estaban creando abismos entre todos. 

martes, 23 de agosto de 2016

"Bienvenidos amigos lectores ávidos de la lectura".

Como Ustedes saben estoy publicando los primeros capítulos de la novela "Misión Jericó" y voy a dedicar todas las entradas a la novela.
NOTAS:
Antes de empezar esta segunda publicación quiero mostrarles un video de lo que sucedía en la Universidad  San Marcos, después que muchos de mi promoción abandonamos esta casa de estudios. 

lunes, 15 de agosto de 2016

MISIÓN JERICÓ Capt 1

Preámbulo:
Misión Jericó es una novela inconclusa o quizás terminada, usted posiblemente halle la respuesta y despierte a esos espíritus insatisfechos que viven en la novela. No se trata de acertijos, sino de seguir lo que te dicta tu conciencia y sólo así  encontrará esa satisfacción a las interrogantes, a las desesperanzas y a las posibles salidas. Misión Jericó trata  sobre el despertar de unos jóvenes universitarios en una universidad plagada de conflictos e intereses personales que mantienen los profesores, las autoridades universitarias y los alumnos. La universidad como dirían algunos es una pequeña muestra de lo que sucede en el país. La lucha por el poder desconoce personas y las utiliza. No importa quién eres, lo que representas, no importan tus sueños, sólo los intereses de unos cuantos que se creen los iluminados, llamados entre comillas los caudillos. Esta novela representa a aquellos que lidiaron  contra estas manifestaciones, deseando impregnar no lo que la mayoría deseaba, sino lo que el espíritu de libertad anhelaba, rompiendo esquemas, que lo hacían verdaderamente peligroso para los fines de dominación.  Los lectores quizás encuentren circunstancias reales o irreales eso se lo dejo a su imaginación, porque muchas veces la verdad pura es sólo la que queremos ver.


CAPITULO I
Un estúpido cachimbo
Recuerdo el primer día que llegué a la Universidad un  humo denso, inundaba el bosque de letras, llevando vestigios de  olor a bomba lacrimógena, irritando mis ojos, obligándome a huir presuroso. Muchos alumnos corrían de un lado para otro, evitando que el humo los envuelva. Yo también lo hice hasta que llegué al patio de la Facultad y una columna de banderas se abrió paso ante mí. Las paredes parecían murales, cubiertas por pintas que daban vivas a diferentes  partidos. Muchos Pizarrones, también interrumpían el paso, invitando a votar. No había gente, todos habían huido,  la fiesta electoral terminó abruptamente, por una feroz intervención policial.
Subí unas escaleras hasta el tercer piso, todo estaba en calma, no había ruidos. Sólo algunas carpetas malogradas estorbando el paso. Pasé por una gran reja, semiabierta, caminé hacia el fondo, hasta que llegué a una puerta que  tenía un cartelito: “Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social”. Atisbé por la ranura de unas bisagras y salió un muchacho fornido como de unos 30 años, quien al verme se inquietó, pero no se amilanó.
¿Si? - preguntó  algo inquieto- ¿Qué deseas?
Lo miré y me presenté como ingresante e inmediatamente su rostro cambió, esbozando una suave sonrisa.
¡Ah, ya veo!- me dijo- Yo soy Willy, secretario del Centro de Estudiantes de Comunicación Social o CECOS y estrechó mi mano.
-¿Quisiera saber cuándo empiezan las clases para los ingresantes?- le pregunté.
- ¡Conque cachimbo!- sonrió forzadamente- Era más amable. Fue el primero que me dio la bienvenida. No habló mucho, casi solemne, con su rostro parco, alcanzó a decirme que los de mi base se iban a reunir y que era imprescindible que estuviera presente. Inmediatamente pensé en una fiesta de bienvenida de cachimbos. Me alegró la iniciativa, entusiasmado busqué en los periódicos murales, buscaba algún cartel de bienvenida, pero no encontré ni una  nota de convocatoria a reunión, ni referencia alguna.
-¿Qué pasa con mi base? - me pregunté, porque no hay un solo mensaje que cite a reunión. Posiblemente pensaron que todos acudirían al centro de estudiantes y que cualquier representante nos informaría de sus actividades.
Al día siguiente, casi al atardecer llegué a la universidad y reconocí a Willy, estaba entre un grupo de alumnos, me acerqué y le saludé dándole la mano, pero ahora algo esquivo no me dio tiempo de conversar sólo gritaba ansioso.
-¡Los de tu base van a marchar, acompáñalos! – Me dijo – ellos son, alcánzalos. Señaló a un pequeño grupo que subía por la rampa del patio de letras, cargando unas banderolas.
¿Qué?  ¿A dónde van?- pregunté confundido
-Están protestando porque les quieren quitar cursos imprescindibles para tu carrera- me recalcó, algo huidizo.
-¡Orlando!, ¡ven! – Llamó a otro que estaba en el grupo - explícale lo que vamos a hacer. Él se acercó, aparentaba más edad que Willy, tenía un bigote al estilo mejicano, patillas largas y un cabello  greñudo y largo. Apenas llegó  comenzó a hacerme preguntas.
-¿Con que eres cachimbo?, me preguntó  sonriendo irónicamente, observé su rostro grasoso, y el cuello de su camisa completamente empapado de sudor. No me extendió la mano como Willy, al contrario buscaba con la mirada a otras personas.
Su desdén, cambió cuando me preguntó si ya había estudiado en otra universidad y le respondí que venía de otra facultad de comunicación. Sus ojos le brillaron complacido. “Pues tú sabes, viejo - me felicitó, dándome una palmada en la espalda, pero sin quitar su sonrisa burlona.
- ¿No crees que el curso de Medios de comunicación es importante, tú lo debes conocer?
-¡Pues!, - dudé – Sí, si –enfaticé, no lo había llevado en la otra universidad, pero por el título entendí que si era importante.
-¡Vamos! sigue a tus amigos y ayúdalos a no perder ese curso.
Me sentí comprometido, no sabía cómo decirle que no. Sin embargo acepté y caminé junto al grupo, aunque detrás, esperando escapar cuando no se dieran cuenta. Sin embargo  Orlando me observaba: “¡Arenga con tus manos compañero!, ¡levántalas!”- me decía y así lo hice. Me sentí tan tonto de caminar arengando y protestando por algo que desconocía, que me dio vergüenza. Sentí las miradas de muchos alumnos que estaban a nuestro alrededor. No duró mucho mi caminata y cuando finalizó,  nos llevaron a unas oficinas que algunos decían que lo habían tomado, era nada menos que la sala del Decanato. Cuando entré, vi unos colchones tirados en el suelo con frazadas desordenadas y restos de comida.  Todos se saludaron, al parecer ya se conocían,  y hablaban de hacer un inventario con todas las cosas del Decanato. Mientras dialogaban, miré a una chica de unos 19 a 20 años aproximadamente, de rostro dulce, ovalado, ojos redondos de color canela y cabello castaño. La observé hablando con todos, como una líder, al parecer estuvo también en la marcha y por un momento pensé que sería de mi salón, aunque lucía muy desenvuelta para ser una cachimba, porque saludaba a todos. La seguí contemplando para descubrir si realmente era cierto aquel adagio que dice: “tanto miras a alguien, que termina mirándote” y así fue, hasta que cruzamos nuestras miradas. Sentí que se inquietó, y de rato en rato me buscaba. De pronto Orlando interrumpió abruptamente ese intercambio de miradas, me tomó del brazo y me jaló.
-Vamos a iniciar un debate en el patio de letras - dijo- Ven y representa a tu base y di que esos cursos no deberían anularse.
-¡Pero yo…no sé nada! ¿Qué  digo?
-¡Sólo eso y ya!
Ese momento, sentí todas las miradas en mí, hasta la de aquella muchacha de rostro ovalado, que ahora sí me miraba insistentemente y entonces no pude negarme. Me sentí extraño dentro de aquel ambiente. ¿Qué hacía yo allí?  Nunca había hecho algo parecido. Siempre me gustó mantenerme en el anonimato y en un instante me convertí en el centro de atención. Fui llevado por un grupo de muchachos hacia el centro del patio y me hicieron subir a un pequeño tabladillo que habían instalado. Por un momento dudé y quise bajarme, y escapar, pero al verme arriba delante de todos, sólo respiré profundamente.
-Aquí está un ingresante que tiene algo que decirnos – dijo un muchacho que servía como moderador- tiene la palabra compañero.
A mi alrededor había como unos cincuenta estudiantes que me miraban y no parecían amistosos
-¡Bueno yo!... –titubeé por un momento,  sentí que mis piernas flaqueaban, y no podía pasar la saliva. Mi pulso estaba acelerado y mis labios temblaban.
-Vengo de otra universidad de comunicación y… sé que estos cursos son importantes.
-¡calla!, ¡calla la boca!-escuché entre el gentío - Este no sabe nada de nuestra realidad, su opinión no vale en este debate. Un muchacho salió al frente agitando sus brazos con mucha vehemencia, señalándome y descalificándome.
- ¿Cómo traen a un cachimbo a disertar, se están burlando de nosotros?-gritó dirigiéndose a todos y una parte del grupo empezó a protestar levantando sus manos, vociferando:
- ¡No tienen argumentos, pues usan a los cachimbos... son unos manipuladores!
 De un jalón, estuve abajo, Willy me había sacado antes de que me linchen. Su actitud estratégica, para mí fue compasiva y acertada, a pesar de Orlando que mostró su desacuerdo, cuando salía de entre el grupo.
Esa noche siempre  recordaré los rostros enardecidos y los gritos desesperados de gente que no conocía. Supe entonces, que había entrado por la puerta falsa, dejándome llevar como un corderito, hasta hacer el más completo ridículo. Me alejé de todos y caminé por los pasadizos de la Facultad  que lucía vacía. Pero aún escuchaba las voces.
- “¡Estúpido cachimbo!, ¡no sabe nada!,¡manipulado!”. 
 Me senté  en las escaleras de la Puerta de letras. No había nadie y me abandoné por unos minutos, apoyé mis codos en mis piernas y con las palmas de mis manos sostuve mi rostro. Parecía una pesadilla.

¿Qué hago aquí?- me pregunté y recordé  a mi familia, los amigos de la iglesia y sus esperanzas en mí. Todos me felicitaban. Había ingresado a la universidad  y gracias a la promesa que le hice a Dios, de servirle por un tiempo. Después de tres años de incertidumbres y derrotas, vi la luz en medio de la oscuridad, mi nombre estaba escrito en la relación de ingresantes y supe que tenía una deuda. La tarde y el viento frío, me hizo temblar. Me levanté pesadamente y sacudí mi pantalón por detrás. Parecía embriagado mi cabeza la sentía adormecida de tanto pensar. Era hora de marcharme.