Jael estaba en otro de los grupos, que Vincent había formado y su jefe de grupo hacía las reuniones en la casa del
mismo profesor. Allí, no había disensiones, ni debates y mucho menos intercambio
de opiniones, todos se limitaban a oír y
escribir. De cuando en cuando, aparecía el profesor para enfatizar más un tema,
así su labor concientizadora quedaba perfecta. Su casa era como un centro de adoctrinamiento, ubicado en una de
las mejores zonas de Lima: San Borja. ¿Quién lo diría? y mucho más ¿quién
podría imaginarlo? Casi todos hablaban de esas reuniones en la casa del
profesor, de los cafecitos y libros; de fotografías de Cuba. Muchos se
sentían no sólo alumnos, sino compañeros y aún más “camaradas”. Para ellos el
profesor era un profeta, un líder indiscutible, a quien muchos preferían como
amigo, antes que enemigo. El día que tomaron el decanato, él estaba allí, dando instrucciones a Orlando
y a Willy. Les pedía que hagan un inventario de todos los objetos del lugar.
“¡De nada tienen que acusarnos,
nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados,
sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se
presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros
de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin
importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos
era la meta. Eso significaba que había un plan organizado desde antes que se iniciaran las clases y
cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar
era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del
profesor, nos esquivaban la mirada Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos
tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan
evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una
minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente,
quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento
y no la tomaron en cuenta, obviándola, pero
ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.
-¡Debemos esperarla, ayudarla a
subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del
salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
Así lo
hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre,
no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la
primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese
ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé el bosque de letras, temí que nadie la ayudara
y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran
nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro
cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.
A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
“¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver unos costalillos, testigos mudos de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
‑¡Vienen unos perrazos!, con un alemán a caballo, debemos escapar!
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres!
A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado. (Continuará)
Eran las cuatro de la tarde y el sol calentaba más que otros días las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Llegaron hasta el callejón de los gatos negros, conocido porque habitaban gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Pasaron por la iglesia del Carmen, algunos de ellos se persignaron y doblaron por el jirón Junín, rumbo a la quinta Heeren, un lugar detenido en el tiempo pues las casas seguían igual que en la época de la colonia española, con sus puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Siguieron por una pista asfaltada que terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.
-Allí tenemos que entrar -señaló Beto- allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, armados con hondas apuntaban sigilosamente, temerosos de posibles perros o de vecinos del lugar, que siempre los echaban, sin lograr entrar.
‑¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta, llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante. (continuará...)
Después de varios días sin
reuniones, Charito convocó al grupo, a través de Mirna , quién a la hora indicada nos animó a entrar en un salón de la Facultad, donde ella nos
esperaba. Estaba sentada en un pupitre, pausada, con su mirada lánguida, casi
entristecida, todos nos miramos las caras, sólo Mirna estaba de aquí para allá,
como si fuese una secretaria atolondrada por servir bien a su jefe. No tardó
mucho en dirigirnos la palabra. Balbuceo al empezar, parecía asustada, se sobrepuso, junto sus manos y a manera de rogativa dijo en tono pausado.
-Sé que no estoy preparada como
ustedes, en algunos temas, quizás deba prepararme más. Pero creo que nuestros
debates deben partir del libro de Vincent y evitar libros que en vez de crear
polémica, nos lleven a acuerdos.
Alejandro empezó a sonreír sarcásticamente y Rosita levantó la mano, solicitando le dejen concluir y continuó.
-¿Qué les parece si volvemos a
fojas cero, nos hacemos más amigos y nos ceñimos sólo al libro del profesor?
A mí me pareció sincera su
invitación y casi ingenua y ya estaba a punto de acceder a lo que ella pedía, cuando Alejandro habló. Primero soltó su acostumbrada sonrisa nerviosa.
¡No
puede ser que nos pidas eso, que quieras recortar nuestra visión, limitándonos
a conocer un solo libro! y ¿Qué hay de la
investigación y la comparación de ideas?. ¡Eso según tú es malo!
- ¡Alejandro!
- gritó Mirna, hastiada- no digas eso, porfavor.
Trataba de disculparlo delante de Charo.
-Si Alejandro -recalcó Charito,
más resuelta - no digas palabras que no he mencionado ¡Por favor! , Enfatizó.
-¿Pero acaso no es así? -respondió-
según tú discutir las teorías de Vincent nos traen polémicas y discusiones, pero
sabes cómo se llama a eso: ¡Sectarismo!
-¡Alejandro!, ¡Alejandro! –
Interrumpió nuevamente Mirna con la mano levantada – ¡Charo está pidiendo que evitemos las
discusiones y seamos más amigos!, ¿no te das cuenta?
-¡No te pases! – respondió enojado- esa
invitación a ser amigos es sólo un chantaje, ¡no se dan cuenta somos amigos, si
no contradecimos y si decimos amén a cada texto subversivo de ese libro!
-No, no estoy diciendo nada de lo que
tú ya sabes.
¿Ya sé? – Charo titubeo
desconcertada ¿Qué se supone que debo
saber?
-¡No me hagas hablar!- dijo Alejandro,
mientras se apretaba las manos de nervios.
-¡Además!- interrumpió Horacio - ¡Aquí la única que hace problemas eres tú y sabemos que eres la que mete cuento
en contra de nosotros!.
-¡No!.. ¡Yo no he hablado mal!…
-¡Sí!, y muchos ahora piensan que
nosotros somos los malos de la película
-¡Pero yo!,… yo no
-¡Si tú!, a nuestro propio salón ha
llegado tu veneno, porque nos miran mal y tú eres la única que pudo haber
metido ponzoña. A tal grado que Vincent nos mira con desprecio.
-No, no ¡por favor, es mentira,
son calumnias!- sin más que argumentar, nos miró a cada uno, balbuceando
palabras ilegibles, tartamudeo, sus ojos se enrojecieron. Parecía suplicar.
Viéndose acosada por las miradas recriminatorias, sólo atinó a taparse el rostro y rompió en llanto. Estaba
acorralada y no podía hacer nada, quise consolarla, acercarme, pero como
ocultar que sentía debilidad por ella.
Me puse de pie muy resuelto, pero en ese segundo de espera, el curita y Mirna se
adelantaron.
¡Ya Charito, cálmate! -le asieron
de los brazos y la llevaron al baño. ¡Cuánto lamenté no haber sido yo el que la
consolaba!. Sólo la vi pasar. Solté un
leve suspiro. Me sobrepuse y me dirigí a Horacio que se quedó mudo
-¿Y ahora qué? - le dije.
Horacio encogió los hombros: ¡No me hagas sentir culpable!
-¡No! - dijo el chino, alzando la voz – ¿Por Qué vamos a sentirnos
culpables?, no creo en sus lágrimas, esas son estrategias. ¿No se dan cuenta que
ella quiere dominarnos?
¡Chino! - le dije, molesto con el ceño fruncido, desconcertado
por su sangre fría – ¡ya basta!
-¿No te das cuenta?- me miró
enojado- mira a al curita cómo ha reaccionado, un poco más y se le tira al suelo. Eso
significa que si tenemos votación para
decidir el futuro de Charo, ya no contamos ni con su voto, ni con su aprobación.
Ahora sólo falta saber a quien más convenció, ¿Quizás a ti Roberto?
Retrocedí, avergonzado, como si
hubiese leído mis pensamientos.
¡Pero Chino! - le cortó Horacio algo apesadumbrado- Ya hemos llegado al límite
-¡Aquí no hay límites! -respondió
Alejandro, sobresaltado- Este tipo de gente no mide sus acciones con tal de dominarte.
¡Entiendan!
Horacio calló y bajó la cabeza.
Yo también callé y no respondí, sólo lo miré
atónito. El chino se mostró más resuelto y violento y tuve miedo porque él sabía más cosas de Charo y sus amigos que Horacio, Jael, el curita y yo. Pero por qué no se sinceró ¿Quién era en realidad el Chino y porque le acusaba a Charo de sediciosa?. Yo dudaba de las aseveraciones del chino, no podía creer que detrás de ese rostro ingenuo de Charo, se ocultaba algo tan malévolo como el terrorismo.
Aquella tarde de altercados, Charito no volvió,
tan sólo quedó en mi mente las palabras tan duras de Alejandro.
Los cuatro caminamos abrazados
por el pasadizo de letras, tambaleándonos, riéndonos de cualquier cosa, con rumbo a la puerta principal de venezuela. Al caminar frente a la facultad de economía percibí que la
ciudad universitaria estaba completamente vacía. Eran cerca de las doce de la noche y todos
los pabellones lucían oscuros y silenciosos. Una densa neblina se apoderó poco a poco de los alicaídos postes de luz amarillenta. Solo nuestros gritos
resonaban en la ciudad.
- ¡Oye! -dijo Horacio- ¿Vieron esa película la jaula de las locas? ¡Es la muerte!
-Ya cállate -le cortó Jael- no
quiero saber nada de tus congéneres.
“Ja, ja, ja” todos rieron.
- ¡Congéneres! – repetía
constantemente Horacio, mientras reía.
Al día siguiente, llegué tarde a
las clases de Vincent, temeroso de ser amonestado frente a todos, empujé
la puerta lo más suave que pude y de soslayo vi los rostros ojerosos de mis
amigos bostezando y quise reírme pero me aguanté, al escuchar los gritos de Vincent, que amenazaba a un alumno. Aproveché el desconcierto,
entré y me senté. El alumno tenía sus
ojos inyectados y movía sus manos exageradamente.
- ¡Pero profesor, lo único que le
objeto es que de acuerdo a las informaciones actuales, casi todos los países
sudamericanos están optando por el sistema democrático, lo que significa que el
modelo!.
¡Ya sé a dónde vas! - interrumpió Vincent
-modelo cubano, pero para eso necesitas no sólo haber vivido en Cuba, sino
también comprender cómo es que ese modelo permite que todos reciban educación
-Está bien -le respondió- no
habré vivido en Cuba, pero si hablamos de índices de pobreza por individuo ese
país tiene el primer lugar.
-Eso se debe a la política
intervencionista de Estados Unidos -interrumpió el profesor.
-Bueno no voy a hablar de Estados
Unidos, sino de lo que la gente quiere y muchos no quieren vivir en Cuba.
Porque la gente aspira a gobiernos
democráticos.
- ¿Sabes qué? -respondió- ¡A mí me importa un bledo lo que
piense la masa, a mí me importa lo que piensan gente como tú, intelectuales que
van a dirigir este país!
-Pero profesor, es la masa la que
decide lo que quiere.
-No lo creo, la masa es
indefensa, sin educación, sin proyectos, yo soy un Dios para ella.
Ja, ja, ja- todo el salón se carcajeó, mientras Vincent con los brazos en alto, aparentando ser el todopoderoso sonrió complaciente.
¡Si!- dijo con sorna- yo los seduzco, los
manipulo y los obligo a hacer lo que yo quiero.
-Profesor -interrumpió – ese
pensamiento es caudillista y caduco
-¡No es caduco y no me interrumpa
más, para mi esta conversación terminó!.
-Pero…- dijo el alumno defraudado
por la abrupta irrupción.
- Si no le gusta puede retirarse
de la clase
Polo inmediatamente se puso en pie
¡Si se retira le aconsejo que
ya no regrese!- Polo dudó - ¡Y si regresas atente a las consecuencias!
Polo como así se llamaba este
alumno sólo sonrió y se sentó, suspiró y calló, aunque no dejó de
menear negativamente la cabeza.
Me causó simpatía y a la hora de
salida me acerqué y detrás me siguió todo el grupo. Era un alumno a quien de
tiempo en tiempo se lo veía en el salón.
¡Ese Vincent es un tirano!– dijo
mientras guardaba sus cuadernos y libros en un portafolio de cuero negro, de
esos que usan los altos ejecutivos.
-Es un problema ser profesor y
estar encerrado en la universidad, sin salir e investigar lo que sucede afuera –
sonrió Polo, cogió fuertemente su
maleta y empezó a caminar.
¡Bueno muchachos les invito a tomar un café para conocernos!
Cuando salimos por la puerta de letras, a la derecha había un pasaje lleno de restaurantes, levantados con triplay y listones de madera,
el único que parecía apropiado, de
material noble y piso de cemento era “El Vanessa”. Polo iba algo apurado contándonos
sus anécdotas.
Cuando trabajé en el canal nueve
fui director de prensa, ¡una chambasa! que no duró mucho tiempo. Ya ven ahora
estoy de vuelta por la Universidad. Me
separé de mi señora y me quedé en el aire. Mientras él hablaba noté su rostro duro,
casi no sonreía y si lo hacía era para burlarse de alguien. No era tan alto, pero si en el promedio de todos los peruanos. Usaba chompa, pantalón
y zapatos de vestir, no como el resto de Sanmarquinos, que andábamos en
zapatillas y jeans. Su conversación era muy nostálgica, anhelaba mucho progresar. Se ufanaba de
trabajos bien remunerados y de altas jerarquías, aunque ahora estaba desempleado.
Al despedirse dejó entrever que lograría lo que tanto anhelaba, caiga quien
caiga. El chino que estaba atento a su conversación, lo miraba analizando como siempre si había un doble
mensaje. Tan popular se hizo esa actitud cuestionadora de Alejandro que siempre
recurríamos a él para que nos explique determinadas conversaciones y discursos de profesores. ¿Hasta qué punto parecían subjetividades? No lo sé, pero sabía que eran muy
convincentes, tanto así, que a veces no podíamos contradecirlo en determinados
temas. Alejandro no lo permitía, él no era muy dotado físicamente, usaba lentes gruesos y su fisonomía no era atlética, más bien era
bajito y regordete pero su talento de líder
El sol se ocultaba y una
languideciente luz caía sobre el piso .A la distancia observaba de rato en rato
el horizonte, los rayos del sol
palidecían, ensombrecidos por una capa gruesa de neblina y un fuerte
viento del
oeste sacudía todas las banderolas de la ciudad universitaria . Quién lo diría, allí estábamos
discutiendo, sobre Cortázar, Unamuno, María Arguedas, y tantos escritores,
delirando sobre la vida, conceptualizando nuestra sociedad, deseando escribir
sin haber vivido. Que entretenidas eran esas charlas, me sentía realizado, hablando sobre ellos. Mi búsqueda de la sabiduría quedaba satisfecha en esas
conversaciones. Tanto así, que leí muchas obras con la única finalidad de
discutirlas después. No sé cuánto tiempo, creo que fueron meses, que todas las propinas se invirtieron en novelas. Así conocí a muchos novelistas
y me convertí en un lector fanático que no deseaba ver televisión, sino sólo leer.
Las
noches frías en la ciudad universitaria nos obligó a refugiarnos en los cafetines. Nuestro favorito era “Vanesa”, un
snack bar situado a la salida de la facultad. Una de esas noches frías Alejandro
invitó los cafés, Horacio mientras se sentaba dijo: Entonces yo los pago. Sacó
su billetera, la abrió, miró y la volvió a embolsillar.
-¡Mejor paga la cuenta
Alejandrito!- dijo sonrojado – tu sabes que los chinitos tienen plata, levantó
las manos disculpándose, mientras me miraba y se acomodaba el cabello, hacia atrás. Todos
soltamos una carcajada.
Desde aquella noche tomar un
cafecito caliente se volvió una costumbre, Alejandro poco a poco dejó de ser el
muchacho serio y poco comunicativo. Siempre empezábamos hablando sobre mi tema
favorito:"escritores y novelas" y terminábamos hablando de Vincent, de quien el chino
expresaba abiertamente su desacuerdo.
El piensa que ha descubierto la
pólvora, esa mentira es más ingenua, si
desde la década del sesenta se habla de manipulación e imperialismo ¿Qué es lo
novedoso? Son ideas obsoletas y sediciosas.
-¡Shhh, Chino no alces la voz!- le dije.
-¡No
seas miedoso! -replicó- ¡no te das cuenta
que Vincent le hace el juego a Sendero, basta que adoctrine con esas ideas a
los cachimbos para crear terroristas potenciales!
Jael que ya se había unido al
grupo soltó una sonrisa.
-Por favor chinito, chinito -se acercó y lo
abrazó, tus ves demasiadas películas de espías. Alejandro desconcertado, no
sabía si zafarse de ella o dejarse
apabullar por el abrazo. Optó por sonreír y callar.
Yo sólo lo miré, no atiné en
decir palabra, estaba ofendido. No era un miedoso, creo, sí, muy precavido
o era que él había tocado justo en una llaga, que nadie quería curar, un miedo conveniente que envolvió a alumnos y catedráticos, respetados por siglos, que aceptaron y callaron, involucrándose en mafias, corrupción, violencia y terrorismo. Un pozo sin salida, sin esperanza.
En las siguientes reuniones las
discusiones con Charo se volvieron más candentes. Parecía un interrogatorio
donde ella era la acusada. No tenía ningún argumento ante las arremetidas de
Alejandro, quien no dejaba de cuestionarla. Esto dio pie para que los
discípulos de Vincent empezaran a hablar mal, no sólo de Alejandro, sino de
todo el grupo apodándonos los
alternativos. El salón completo tildó a Charito de víctima y a los
alternativos de agresores. No tardó mucho en pronunciarse el profesor, una
mañana de mucha llovizna tocó el tema, pero sin ser muy evidente.
- A propósito de ideas
alternativas, en mi clase no enseño esas
cosas y aquí sólo aprueban los que dominan mis enseñanzas. El chino y todos los
del grupo nos miramos. Ese momento me ofusqué, me causó tanta rabia y
peor aún, nadie protestó por el amordazamiento todos estaban de acuerdo. Tenían
una complicidad casi suicida. Sin embargo reparé que hasta hace un mes atrás,
tampoco hubiera dicho nada y que todo lo hubiese aceptado sumisamente. ¿Qué me
estaba pasando? ¿Acaso las continuas polémicas de clase y fuera de clase me
estaban abriendo los ojos, hasta ver las cosas como en realidad eran?.
Cuando salí de clases caminé
mucho, pues eso me gustaba hacer cada vez que estaba preocupado. Llegué al estadio y subí hasta la parte más alta, a la torre. Divisé todas las facultades
de la ciudad universitaria y como las luces se apagaban una a una, hasta quedar en oscuridad. No
recuerdo cuanto tiempo pasó, pero eran más de las once de la noche y cuando me retiraba, escuché que me llamaban desde unos asientos de la tribuna. Eran los alternativos no sé cómo
me vieron, me alegró verlos. Tenían un jarrón de damajuana, una
botella de coca cola y unos vasos descartables, al parecer llevaban ya mucho
rato bebiendo.
-¡Para salir del frío! – dijo
Horacio, mientras me servía un vaso del combinado.
Allí también estaba Jael
sonriendo de todo, bien abrazada del chino Alejandro.
-¡De todas las cosas locas que
hago, esta es la peor, venir a tomar con unos pollos! -dijo, mirando a Horacio.
El inmediatamente le respondió.
-¿Qué tienes mujer? , si quieres
hacemos un mano a mano a ver quién cae
-¡No!, gracias para mi es suficiente
-¡Ya ves cómo te chupas!.
-¡Ay por
favor!, a ver chinito, chinito, defiéndemepor favor
Acurrucándose y abrazando al
chino este le miró.
-Bueno yo -sonrió. La tomó de los
hombros y mirándola fijamente le dijo- ¡Defiéndete sola!. Todos festejamos la
ocurrente salida del chino.
-¡Ay no por favor, por favor, no
seas malito! -replicó Jael y se acurrucó más a él.
El chino miró su reloj y
sorprendido dijo
-¡Uy carambas!, es tarde en mi
casa ya me habrán trancado la puerta.
Horacio viéndome parado,
tiritando de frío me dijo
-Toma pues cholo para que entres
en calor y nos vamos.
-¡Claro! -le respondí - pero que
te parece si lo voy tomando en el camino
y ¡Vámonos! , ¡ya es tarde!.
La siguiente reunión empezó con los ánimos más calmados y todos dialogaron sobre las críticas de Vincent a
los teóricos norteamericanos. Charito se acomodó al grupo y empezó a llamar a
cada uno por su nombre, lo que le sumó unos puntos a su favor, ya que se sintió
un ambiente de cordialidad. Sólo Alejandro estuvo descontento y cuestionó todo
los fundamentos del libro.
-Hasta el momento sólo he
escuchado puros adjetivos, que los funcionalistas son imperialistas, servidores
de los capitalistas, manipuladores de
personas, etcétera, etcétera. Es que eso nada más va a ser nuestro
análisis, y no vamos a leer nada de los funcionalistas y estructuralistas,
para poder sacar nuestras propias conclusiones.
Charo se quedó perpleja, pero no
tardó en replicar.
-A mi parecer el profesor quiere decir que entendamos ¿Por qué ellos son imperialistas? y ¿Cómo manipulan al
pueblo?
-¡No te pases! – Contestó
Alejandro- Me parece de mucha
ingenuidad, creer que analizamos a los estructuralistas y funcionalistas cuando
no leemos nada acerca de ellos.
Charo movía su cabeza con sus
cejas fruncidas y buscó la mirada de los demás, tratando de que alguien le
explicara lo que “el Chino” quería decir. Estaba algo aturdida sostenía
con una mano el libro y con la otra hacía
señas de desconcierto. Mirna, como empujada
por un resorte, trató de ayudar a Charo,
se levantó de su asiento y en tono solemne dijo que no podíamos descartar los análisis del Profesor, porque para llegar a esas conclusiones ha tenido que
investigar muchos años, utilizando métodos muy rigurosos.
-¡Que va ser!- respondió airado,
Alejandro- ¡A ver!, ¿A qué corriente pertenece Merton, Marcuse, Adorno y Habermas? y ¿Qué puedes decirme sobre ellos?
-¡Bueno, yo...!- Mirna se sonrojó,
no sabía qué contestar. Alejandro no le quitaba la vista, a la espera de su
respuesta.
-¡Te das cuenta! – Le dijo – Así
como tú, estamos todos, ni siquiera conocemos de qué hablan y los criticamos.
Mirna se sentó avergonzada, soltó
una sonrisa nerviosa y miró a Charo, quién movía la cabeza tratando de calmarla.
Alejandro demostrando un tic nervioso tocaba sus lentes con el pulgar de rato
en rato. Al ver que todos estaban callados, Charo rompió el silencio,
demostrando mucha cautela dijo que ella reconocía que había temas que aún
desconocía pero que haría lo imposible por darles más información. Después de la reunión el curita y
Mirna se acercaron a Charo. Yo no sabía a donde dirigirme, pero al ver a
Alejandro sólo opté por irme con él. Horacio nos siguió.
-Esa Mirna, te dije no la metas al grupo, es una franela.
-Calma –le dije – tú sabes, entre
mujeres se defienden.
-Creo que es peligrosa – dijo
Alejandro, rompiendo su silencio.
-¡Ya ves! –dijo Horacio– yo no me
equivoco cholo.
-y el curita se deja llevar por las olas
–interrumpió el chino.
-¿Qué quieres decir? - le interrogué
-No se dan cuenta –dijo el chino
arreglándose los lentes –es tan templado, que todo lo que ella diga, lo va
hacer.
Conforme salíamos de la Ciudad
Universitaria divisé a Mirna tratando de tomar un microbús. Estaba ofuscada,
sudorosa y el viento permitía que su cerquillo le cayera por la frente. Su
pequeña estatura era una ayuda para ella, pues se infiltraba por entre la gente
rápidamente. Desde que pisamos la Universidad, no dejó de usar su clásica
chompa roja. Parecía de condición muy humilde y eso era notorio pues su vestimenta
era sencilla y cuando se pedía colaboración para alguna actividad de grupo
era la que más regateaba. Paso mucho tiempo para que ella se sincerara no sólo
conmigo, sino con todo el grupo de que su papá había fallecido dejándole a ella
casi toda la responsabilidad de la familia.
- Mi papá no era cualquiera - nos
dijo casi sollozando- en vida fue un
dirigente muy conocido en Canto grande y la gente lo quería. Antes no sentía su
presencia, pero ahora nos hace tanta falta. A veces no tenemos ni para comer y
para mis pasajes tengo que prestarme de donde sea. Dejé la universidad San
Martín, él quería que sea abogada pero el destino no lo quiso así. Ahora tengo
que trabajar para alimentar a mi familia. Desde ese día nuestro grupo la consideró, a pesar de sus tremendos
desatinos.
El curita se retiró presuroso, según Horacio a una
cita con una monjita que quería retirar los votos. El Chino más
calmado, sonreía de todas las bromas. Era el único que no salía apurado, muy por
el contrario hacía tiempo, conversando, sentado en las antiguas bancas de
madera del patio de letras. Junto a él, estábamos Horacio y yo, mientras
sentíamos la tibieza de la tarde.
La clase siguiente Vincent dejó
sus acostumbradas charlas y con mucha seriedad, casi solemnidad, indicó que
había nombrado coordinadores para cada grupo; Mencionó varios nombres pero,
sólo uno despertó mi interés era: “Charo” a la que vi muchas veces con el grupo
de Rolando y recordé sus ojos tibios y serenos. Reviví esa misma sensación que
tuve al verla por primera vez, que me causó atracción y desconcierto y que me
empujó a pararme en un estrado sin saber
nada. Era de una base más antigua. Pensé que para ser una coordinadora de
Vincent, tenía que ser muy capaz, quizás una chica inalcanzable,
posiblemente de esas aprendices de
intelectual como las que había en San Marcos, sin sentimientos pegadas a la
letra, pero Charo no parecía. Lo único que me molestaba era que la había visto abrazada con un muchacho de una base más antigua, un viejo, que a todas luces era su enamorado, además que estaba en el
grupo de Orlando , a quien le tuve animadversión por lo sucedido en el patio de
letras. ¡Charo, no! me decía a mí mismo, ella es especial como una flor en
medio de la mala hierba. Aquella mañana el destino lo quiso así, ella era la
coordinadora de nuestro grupo y tuve que aceptarlo.
La siguiente mañana se presentó
ante el grupo. Entró con una sonrisa contagiante su pelo castaño y tez blanca rosácea que combinaba con el vestido rojo que lucía, ceñido al cuerpo, cubriéndole hasta
las rodillas. Todos se deslumbraron al verla, su figura bien delineada
combinaba con sus pantorrillas hasta los pies de forma perfecta. Estaba
encantadora.
-Charito- dijo el curita, casi
susurrando – no te vistas así, que despiertas al toro.
Todos rompieron el hielo con una
sonrisa. Por fortuna no escuchó, desconcertada, atinó también a sonreír,
levantó las manos en señal de desconcierto y buscó un asiento junto a la única
mujer que había en el grupo: Mirna.
-Bueno chicos - dijo ella- ya
saben que nuestro tema es sobre corrientes estructuralistas y funcionalistas,
¿alguien de ustedes ha leído algo sobre ellos?
Ninguno del grupo pudo
responderle, nos quedamos sorprendidos, al menos yo pensaba que nos daría una
charla preliminar sobre el tema. La observé detenidamente para saber si
recordaba o no mi rostro, pero no me miró en ningún momento.
El Curita mientras tanto, se puso de pie. Desde que entró Charo, lo noté bastante inquieto y aprovechó la
oportunidad para darse a conocer ante ella.
-Mire señorita, me disculpas, no
se tu nombre - sonrió, causando hilaridad en el grupo. Volteó hacia nosotros
levantando los hombros como si nos explicara que realmente no lo sabía.
-¡Charo! - interrumpió ella esbozando una sonrisa.
Bueno Charito – lo dijo tan suave
y pícaramente que nos hizo reír- aquí nadie se ha preparado para disertar, muy
por el contrario, esperábamos que seas tú quien nos ilumines con tus
conocimientos, porque se supone que esa es tu responsabilidad.
Poco a poco su rostro se desencajó
y enrojeció. Estaba incomoda.
Miren chicos –dijo
diplomáticamente – todo lo que ustedes lean, lo vamos a discutir aquí y todo su
aprendizaje yo lo evaluaré, así que la próxima reunión quiero que todos lean
sobre las teorías norteamericanas del libro del profesor Vincent. Nadie
protestó, ni hicieron bromas, porque notaron cierto enfado en sus palabras ya
no tan suaves, sino más bien, diría, con autoridad.
Después de clase, el chino
Alejandro propuso una reunión con el nuevo
grupo que se había formado. Todos se reunieron en el patio de Letras.
Alejandro, el curita contó un chiste de
curas y todos rieron, había rotó el
hielo. Después las bromas iban de aquí para allá. Mirna como única mujer del
grupo se sonrojaba.
-Chicos ya basta, hablemos sobre
la reunión - dijo algo incomoda.
-Reunión ¿cuál reunión?, -
bromeó Horacio – nosotros nos vamos de
juerga
Todos celebraron la broma. Mirna
frunció las cejas y torció su boca.
Pues yo
me tengo que ir- agregó enfadada.
Iba a apaciguar, pero lo más
prudente fue cambiar la conversación.
-¿Alejandro qué hacemos? -le
dije.
El chino que se había mantenido
callado, dijo: ¡Vamos a almorzar!
Ninguno esperaba comer en la
calle, muchos estábamos esperanzados en llegar a casa con la familia. Además
como estudiantes no teníamos dinero suficiente para un menú. El curita propuso
el comedor universitario. Allí la comida era gratis pero no daba confianza, muchos le decían “la muerte lenta”.
Horacio que ya había entablado confianza lo miró asombrado.
-No te pases pues cholo, no
quiero morir ¡me necesito!
El curita sonrió: ¡Nos
necesitamos!- le recalcó y ambos rieron.
Después de esperar las propuestas
-¿Qué les parece la Universidad
Católica?- sugirió Alejandro- Allí
también sirven comida cómoda.
Todos aceptamos y entre broma y
broma nos dirigimos por la avenida universitaria hasta que llegamos a la
universidad Católica. Era diferente a la nuestra, sin pintas, ni banderas,
cubierta de árboles y de mucha tranquilidad. Desde que entramos percibimos una fragancia distinta y un viento
fresco que se arremolinaba sobre nuestras cabelleras. Aquel lugar nos embriagó.
Los muros y pisos lucían limpios con una tibieza y suavidad, como si aún nadie
las hubiese tocado. Los estudiantes se confundían con el lugar como si fueran
parte del panorama. Sentí mucho placer, me gustaba el verdor de los pastos y
sus plantas bien cuidadas. Las muchachas
eran lindas y se sentía un ambiente de mucha tranquilidad.
¡Aquí imperan los fascistas!- desperté de mi meditación y
busqué a Mirna quien, tapándose la boca, sonrió. Pensé que sólo a mí me había molestado
sus palabras, pero fue a todos. Ella sólo atinó en justificarse.
-Vincent lo dijo así, aquí sólo
hay gente blanquita y de plata.
Acaso Vincent no es también un
blanquito, pensé.
-Pero, mujer ¿qué te han hecho
los blanquitos, u odias a la lejía?, -sonrió Arturo, que a pesar de su tez
blanca no se sintió aludido.
-Ay, mujeres para que las quiero-
exclamó Horacio, moviendo su cabeza negativamente, mirándome y diciéndome entre
señas: “¡Te lo dije!”.
El chino sólo observaba, por su
mirada y su risa sarcástica, noté que
había desaprobado la opinión de Mirna.
Yo en cambio sentí en ella un
resentimiento, que acertadamente nuestro profesor de teoría había despertado y
tuve miedo de pensar que él no era sólo
un loco visionario, sino alguien que incidía de forma real y lo que nos
decía diariamente tal cual un disco
rayado, había calado nuestra conciencia. Sentí miedo por primera vez de mis pensamientos,
porque también culpaba a esa clase blanca retrograda, dueños del Perú, clasista
y racista.
-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé.
¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió
esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por
ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en
contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada
clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él
se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas.
Luchaba solo y no tenía amigos.
El curso de teoría de la
comunicación se volvió en un “tira y jale” donde el profesor sólo atinaba en
criticar y mofarse lanzando estocadas
verbales, que dañaran a su enemigo, buscando la arremetida fatal. El fin era
destruir cada uno de sus argumentos, ridiculizándolo ante el salón, pero por el
contrario, levantó la imagen del chino más y más cada día. Su juego destructivo
realzó la presencia de Alejandro en el
salón. En realidad, desde que llegaron Alejandro y el curita las clases se
volvieron interesantes y realmente se aprendía. Había una lucha de conceptos e
ideas que no sólo se producía en el salón, sino al parecer en todas las aulas
de la Escuela o quizás en toda la
Universidad, pero al parecer iba más allá posiblemente en todo el país y es que ante la escalada
terrorista que atacaba en las provincias y zonas muy alejadas de las ciudades,
se levantaba una propuesta diferente de cambio del sistema, sin usar la
violencia radical.
En las horas libres mientras
leía, se acercó a mi carpeta una chica de buen parecer, pero de mirada triste.
- Oye compañero – dijo ella -
¿Estás al día en teoría?
-Si – le respondí
-Préstame, no seas malito, ¡por
favor! , ¡por favor!, ¿sí?
-¡Ya está bien! no seas impaciente–
me agradó su espontaneidad para pedir
Horacio que estaba atento a sus
suplicas expresó en voz alta
-¡Carambas está mujer sí que
tiene prisa!
-¡No!, no vayas a pensar mal, he
faltado tanto que temo repetir este curso ¿comprendes no? Sonrió, mostrando una
sonrisa diáfana y dulce.
-Me llamo Jael y ¿Ustedes?
Yo soy Starsky -dijo Horacio, y
él señalándome- es Hutch.
Todos sonreímos
-Como los de la serie policial- dijo
Jael- mientras sonreía.
Desde aquel día, ella se sentó
junto a nosotros, por momentos volteaba y me encontraba con su mirada, sus
ojeras le daban un aire melancólico, casi podría decir desencajado. Como si
estuviera enferma o tuviera una profunda tristeza.
-¡Oye, tú te jaraneas de noche y
descansas en clase! - reía Horacio, mientras que yo sólo atinaba en recordar
que esa misma mirada lánguida la había visto en Toña, una minusválida del salón
que a duras penas se sostenía en sus dos muletas. Lo había visto también en
muchos alumnos que deambulaban por la universidad, meditabundos, aislados, como
si fueran prisioneros de sus pensamientos, muchos de ellos cargaban libros
viejos, de bibliotecas caducas de la época del 50, que fueron retenidos en San
Marcos.
Recuerdo las mañanas
frías con lloviznas copiosas que mojaban mi rostro, mientras caminaba
por el bosque de letras. San Marcos había despertado como un gigante empapado. Aquella mañana me sentí libre, alce
mi rostro hacia el cielo y sentí una a una
las gotas. Respiré profundamente y un fuerte olor a humedad llenó por completo
mis pulmones. Estaba vivo, sentí un gozo tan profundo , aunque por unos minutos fue suficiente medicina para
subir las escaleras hacia la Escuela de comunicación, sin sentirme deprimido.
Una de las puertas del salón estaba abierta y desde allí observé a mis compañeros completamente silenciosos. Vincent
había llegado. Busqué la puerta trasera y empuje lo más suave que pude para no
hacer ruido, pero el profesor me vio, levanté mis cejas y susurré un: buenos días casi silencioso para no
incomodar a nadie, pero él no respondió. Sin tomarme en cuenta prosiguió
hablando. Busqué un lugar en los asientos de atrás y me senté.
-Muy bien – dijo, en tono ceremonial – de ahora en
adelante sólo les voy a dar temas para que ustedes los analicen, los
desarrollen profundamente y critiquen. No hay prórroga para la presentación de
los trabajos. Los temas son los siguientes. Mientras él dictaba varios títulos,
aproveché para acercarme a Horacio y preguntarle.
-¿Qué pasa?
-¡Tenemos que buscar un grupo,
Cholo!- me respondió alzando y moviendo sus manos desesperado – y debemos ser
sólo cinco.
Ese instante no vacilé, como un
relámpago busqué con la mirada al curita, al chino Alejandro y a Mirna y le propuse a Horacio convocarlos al grupo.
Desde mi asiento observé cuando se acercó a Alejandro y como trataba de
convencerlo, moviendo sus manos y sonriendo constantemente, mientras que este, impávido sólo escuchaba. De Mirna y
Alejandro me encargué yo, ellos sin pensarlo dos veces, aceptaron. Después de unos minutos Horacio
regresó.
-¡Ese chino sí que me ha hecho
sufrir, pero al final cayó! aunque no debiste escoger a Mirna, no te das cuenta
que cae quaker, se cree la muy intelectual por uno cuantos libros que leyó
-Puede ser -le dije dudando de mi
selección – pero ella sabe sobre marxismo y además estudia derecho en otra
universidad.
-¡Peor pues, no va a tener tiempo
para las reuniones!- interrumpió Horacio.
-Ella me dijo que si podía, Hay
que darle una oportunidad.-le respondí
Levantó los hombros y alzó las
manos, conformándose.
- No creo que se
deba cambiar el sistema, ¿sabe?, creo que existen medios alternativos que
pueden transformar nuestra sociedad sin llegar a la violencia, porque allá
desde los arenales hay gente que está
trabajando día a día para cambiar su realidad, esforzándose, agrupándose y formando
centros comunales, comedores,... – mientras él hablaba, el profesor se acercó a
su carpeta con su rostro burlón y después optó por una mirada sarcástica y
despectiva. Vincent astutamente miraba a cada uno de los amigos de Máximo y
movía negativamente su cabeza, buscando que ellos desaprobarán el comentario. El nisei se dio
cuenta pero no dejó de hablar, su rostro por el contrario se enrojeció por
completo como un tomate a punto de reventar. Sus manos empezaron a temblar igual que sus labios, pero aun así el continuaba impávido.
-¿Usted no cree
en la sabiduría del pueblo? -Preguntó el nisei, al profesor obligándolo a que
preste atención a lo que manifestaba - o
piensa que ¿sólo una élite debe dominar
el sistema? Y si así fuera, como lo imagino, usted es de los que piensan que la gente es incapaz de
resolver sus problemas y auto gobernarse. ¿No le gustaría por lo menos
interesarse en lo que ellos quieren?
Porque aunque usted no lo crea, si se puede.
-“¡Ya
basta!”, replicó el profesor – ya sé lo
que tú eres, un populachero alternativo que piensa en educar al pueblo. Eso es
ser necio y yo creo que usted no lo es, sino estaría fuera de mi clase -Corrió
hacia la puerta y la abrió con fuerza- Todos callaron, el salón entero enmudeció de miedo.
-¿Por qué? – preguntó
Alejandro, porque discrepo de sus ideas.
-¡Acaso no es
necesario que todos entiendan que hay otras alternativas!
-¡No!, -gritó,
reparó por unos segundos, se controló y habló despacio- alumno.
Bajo su tono de
voz, ante la mirada asombrada del salón.
-¡Ya entiendo,
porque has venido! - sonrió lo miró fijamente a los ojos amenazadoramente. El
chino trató de argumentar pero él le interrumpió, levantó sus manos en alto y tocó
su cabeza, retrocedió lentamente hasta que llegó a su pupitre.
-¡Calma Alumno!, no te incomodes,
tendrás más tiempo para seguir argumentando. Por hoy mi clase acabó- bajó el
tono de voz, cogió su maletín y desatendiendo toda réplica de Alejandro, se
acercó a Máximo y su grupo y los miró, inmediatamente ellos intervinieron, como si estuviesen
preparados para salvar inconvenientes, cínicamente le suplicaron al chino a que
no insista.
Aquella mañana, después del
altercado, simpaticé con el nisei igual que con el curita,
veía en ellos tanta firmeza en sus opiniones, que me animaron a defender mis
criterios a capa y espada, aunque siempre terminaba cediendo. Pero la mayor
parte de la clase llegó a admirar sus intervenciones, su posición no violenta,
sino persuasiva de pactos y
conciliaciones, que marcaron en las mentes de todos en el salón una
posición aun no conocida: “La Alternativa”,
como así denominó despectivamente
Vincent a Alejandro. Y no sólo él, sino que todos los pupilos del profesor,
dirigidos por Máximo, que lo miraban con
desprecio, desde ese día. Sentados siempre en las primeras carpetas, ni
siquiera se comunicaban con el resto del salón, habían formado un grupo tan
cerrado, desde donde mandaban indirectas o se burlaban de aquellos a
quienes el profesor les hacía mofa. Eran
los adulones, los que estaban dispuestos para servir. Los que se sacaban
“20” en los exámenes, la más alta
calificación.
Así siguieron
las clases, preparándonos como aprendices de intelectuales revolucionarios,
futuros asqueados del sistema imperialista, como diría Máximo, sólo que en mi
producía lo contrario. Sentía melancolía, anhelaba otras cosas, quería
ser un profesional de éxito, con un trabajo bien remunerado, una esposa linda y
amorosa, una casa propia, hijos que me abrazaran al llegar del trabajo. Todos esos
sueños se bloquearon ante la realidad de la universidad, llena de pintas en las
paredes con frases refritas que llamaban a la violencia y el deseo de destruir.
Allí la muerte era más preciada que la propia vida.
“Muerte a los
traidores”, “Viva Gonzalo”, “Con las armas al poder”
Aquí nadie
defendía a nadie, no había familia, ni policías, por último ni el
gobierno, sólo tú y tu deseo de
sobrevivir.
Habían llegado a
tal punto los dogmas en las clases que nadie se atrevía en contradecir a los
profesores. Todos hacían un voto de silencio hasta que un comentario, quizás no previsto, atacó a la
iglesia.
-Marx lo dice
aquí la iglesia es el opio del pueblo y escuchen con mucha atención compañeros
– se acercó lentamente al pupitre del chino Octavio, y respirando hondo habló,
como si se tratara de un secreto.
“Y esto no es de
investigaciones concienzudas, sino de observar la realidad, pero desde que
existe la religión lo único que ha creado es conformismo y pobreza”.
-¡Que rayado!, ¿Cómo puede decir tantas estupideces?- escuché tras de mí. Lo que me dejó
perplejo, había alguien que no pensaba igual e inmediatamente miré hacia atras y vi a un nisei. No era
Octavio. Era diferente, usaba lentes gruesos y era algo regordete, de pequeña
estatura; Parecía de más edad que el resto de los alumnos del salón. Pensé que
si protestaba levantaría su mano para refutar, aunque, ¿Habría uno capaz de
hacer eso? El grosor de sus lentes me hizo compararlo con un ratón de
biblioteca y supuse que era muy inteligente, pero hasta donde llegaría su
audacia para contradecir a Vincent. En ese momento otra voz despertó mi
interés, era un alumno a quien tampoco, había percibido antes, y es que faltaba
mucho a las clases. Tenía la mano levantada y por la firmeza con la que
sostenía el brazo, me dio la impresión que tenía mucha seguridad en lo que iba
a hablar. Apenas el profesor le cedió la
palabra, Alberto como así se llama, dijo con un acento españolizado: “Sepa
Usted profesor que la Iglesia Católica mantiene en sus bases un movimiento
progresista, laico que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados, pero
no desde un punto de vista asistencialista, sino desde una labor
concientizadora que desarrolla la reflexión de su propia praxis y otra vez la
reflexión, ¿entiende? Tratamos de transformar para vivir mejor”. En el salón se
sintió un remezón de murmullos y cuchicheos. Nadie había refutado a Vincent,
mucho menos en sus aseveraciones sobre
Marx. El profesor escuchó boquiabierto y es que en realidad Alberto parecía un
alumno de los últimos ciclos. Ante la defensa tan bien presentada, sólo atinó
en loar su intervención, pero recalcó
- “Muchos grupos
católicos tienen buenas ideas, pero no
se olviden que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”. Salió
airoso con un chiste y afortunado porque el salón celebró sus palabras y su
imagen no se dañó, al parecer se fortaleció. Aunque Máximo no salió tan bien,
con la mano levantada y el rostro fiero, casi agresivo, se paró de un salto y
dijo en tono rabioso.
- ¡Compañeros!,
la Iglesia no es por nada que la llaman el opio del pueblo, porque es una
plataforma que los poderosos usan para adormecer al pueblo y contentarlo con la pobreza. Es una institución servil de los imperialistas y por lo tanto un
enemigo del pueblo.
Miró a todos
enojado, buscando la aprobación, las venas de su rostro sobresalían cuando a pedido del profesor, quien
le cortó, tuvo que sentarse.
-No levantemos
más polvo con la iglesia- le susurró al oído y le dio unas palmadas en la
espalda.
-¡Por fin se
calló ese perro rabioso!- escuché un cuchicheo y burlas. Máximo que había
escuchado, respondió con una mirada amenazante, pero como no sabía de donde
provenían las mofas, dejo de buscar.
Esa mañana, después de mucho tiempo percibí unos minutos de libertad en la clase y amé la
sabiduría y la locuacidad. Me admiró esos conocimientos que manejaban algunos
muchachos. Eran temas que muchos de ellos lo vivían en carne propia y que de alguna manera lo
habían conceptualizado hasta hacerlo casi una teoría, bien fundamentada. Alberto
se ganó el apelativo del “curita”, por su tono españolizado, su intervención animó
a otros a participar. Vincent, desconfiado miraba y provocaba al nisei
regordete de lentes gruesos, que aparentaba más edad que el resto de la clase,
presentía o sabía algo de él que el resto del salón no lo sabía y quería
exponerlo en la clase como hacía con todos los que le parecían espías. Lo
invitaba a discutir con la mirada y con sus gestos, hasta que un día el nisei
habló. (Continuará...)
Estas
situaciones me producían incertidumbre. Por momentos sentía que mis
sueños de destacar como estudiante se desvanecían en las paredes de la
Universidad, acompañado de gente
indiferente como los que me enseñaban, salvo Vincent, que parecía
distinto.
Las clases
continuaban y muchos profesores entraban y salían de las aulas. Existía un
curso de Materialismo dialéctico que mantenía a todos silenciosos, más que en
las clases de Vincent. Sin hacer ningún ruido todos copiaban lo que el profesor
dictaba. Las bancas del fondo increíblemente estaban vacías. Hasta los más
dormilones permanecían atentos. Había llegado tarde, pero eso no le importaba
al profesor, ni siquiera respondió mi saludo. Me acerqué a Horacio, que copiaba
afanosamente.
Cállate cholo,
no ves que no se le escucha nada- recitó. Me causó risa su ansiedad por copiar.
Al poco rato, el profesor sacó un pañuelo para atenuar un estornudo. Eso me dio
tiempo y le pregunté.
-¿Por qué habla
tan bajito?
-Es la técnica
de si quieres atiendes o si no te vas al ¡carajuu...! Sonreí, la expresión de su rostro y la frase
esforzada, prorrumpieron en una carcajada suave, sin poder evitarlo. Todos en
el salón repararon en nosotros. Sentí como que amonestaban todo expresión de
alegría. Octavio, un nisei nos miraba como compadeciéndonos, como si diría “maduren muchachos”. El Sobón de Máximo
movía su cabeza censurándonos cruzando miradas cómplices con el nisei. Ambos
eran los “ayayeros” de Vincent, los que atendían cualquier pedido del profesor
y se desesperaban para que esté cómodo en la clase. Pero no sólo era con Vincent,
sino con todos aquellos profesores que estaban dentro de la línea de denuncia y
de tratar a los Medios desde un punto de vista marxista. Demás está decir, que
también eran amigos de Vincent. En ese entonces me parecían triviales sus
afrentas, y no los tomaba en cuenta. Horacio se había vuelto un buen amigo,
quizás el único con el que se podía conversar sin tener que discutir sobre el
marxismo o la situación crítica de País,
tampoco mediamos verborrea para ver quién de los dos era más intelectual
que el otro. Hablábamos de todo y sobre todo de chicas, aunque no todas las
chicas de la Universidad eran atractivas, muchas eran de corte intelectual, ustedes ya saben; con
lentes, y una verborrea aplastante de biblioteca. Horacio usaba siempre jeans, polos de colores y un collar alrededor
del cuello, así como brazaletes de tela con
motivos incaicos.
Su cabello arreglado todo para atrás, estaba de acuerdo
con la moda de los ochenta, como John Travolta de la película “Saturday nigth fever”. Era raro verlo
con la misma ropa al día siguiente. Cuidaba mucho su apariencia personal. Era
algo fornido y de estatura mediana, algo como un metro sesenta y cinco. El así
como Celine sufrían mucho a la hora que los profesores hablaban de la alienación y de la seducción de la
publicidad en los jóvenes. Aunque Celine
a pesar de ser una pituquita de la Molina,
a desventaja de Horacio, estaba en el grupo de Vincent. Después de cada
clase el profesor conversaba con Máximo a quien lo habían nombrado delegado del
salón. Junto a ellos estaba el chino Octavio, Betty y Celine, quien con su sola
sonrisa atraía a todos en la Escuela. Allí estaban ellos dialogando, Vincent era
el centro de atención por su altura, era más fácil de distinguirlo, además que
era el que más gesticulaba cuando hablaba.
Sus reuniones se
volvieron muy frecuentes y se rumoreaba que el profesor había creado un taller
de estudio con un grupo muy selecto del salón y que las sesiones eran en su casa.
Debido a eso, el grupo de Máximo era el único que participaba, mientras que el
resto sólo escuchaba. Ese grupo parecía una réplica del profesor de teoría,
ninguno objetaba, por el contrario afirmaban y consolidaban sus palabras. Máximo
parecía un remedo, hablaba igual que él, movía las manos y gesticulaba como él,
incluso miraba al resto despectivamente como si conociera más que todos.
-“Compañeros”
–decía Máximo- tenemos ante nosotros un profesor que se ha quemado las pestañas
para ayudarnos a descubrir la verdad.
Vincent
contemplaba silencioso, mientras que Máximo embelesado en su retórica observaba
a un salón que asentaba con la cabeza todas las arengas, en señal de aprobación.
Vincent llegó a
ser tan selectivo en el aula que no hablaba con nadie, salvo que sea su grupo,
había creado una elite en el salón que a muchos les causó cierto descontento,
incluso a mí que en un principio me entusiasmó la idea de pertenecer a ese
grupo. Sin premeditarlo habíamos caído en la miel que él profesor había creado.
Sus alumnos preferidos obtenían las más altas notas en participación y
exámenes. Eran muy conocidos porque participaban con aulas antiguas y es que Vincent había creado
otros talleres similares y elitistas, donde sus alumnos antiguos intercambiaban
momentos con los alumnos nuevos. Supe que estaban invitando a más alumnos a
asistir a su casa, pero las invitaciones eran de amigo a amigo y en forma
selecta. Ninguno del grupo del profesor era amigo de Horacio, ni mío, tan sólo
por el saludo. No se habían dado las circunstancias para conocernos, pero sí se
estaban creando abismos entre todos.
Como Ustedes saben estoy publicando los primeros capítulos de la novela "Misión Jericó" y voy a dedicar todas las entradas a la novela.
NOTAS:
Antes de empezar esta segunda publicación quiero mostrarles un video de lo que sucedía en la Universidad San Marcos, después que muchos de mi promoción abandonamos esta casa de estudios.
Misión Jericó es una novela
inconclusa o quizás terminada, usted posiblemente halle la respuesta y
despierte a esos espíritus insatisfechos que viven en la novela. No se trata de
acertijos, sino de seguir lo que te dicta tu conciencia y sólo así encontrará esa satisfacción a las interrogantes,
a las desesperanzas y a las posibles salidas. Misión Jericó trata sobre el despertar de unos jóvenes
universitarios en una universidad plagada de conflictos e intereses personales
que mantienen los profesores, las autoridades universitarias y los alumnos. La
universidad como dirían algunos es una pequeña muestra de lo que sucede en el
país. La lucha por el poder desconoce personas y las utiliza. No importa quién
eres, lo que representas, no importan tus sueños, sólo los intereses de unos
cuantos que se creen los iluminados, llamados entre comillas los caudillos.
Esta novela representa a aquellos que lidiaron
contra estas manifestaciones, deseando impregnar no lo que la mayoría
deseaba, sino lo que el espíritu de libertad anhelaba, rompiendo esquemas, que
lo hacían verdaderamente peligroso para los fines de dominación. Los lectores quizás encuentren circunstancias
reales o irreales eso se lo dejo a su imaginación, porque muchas veces la
verdad pura es sólo la que queremos ver.
CAPITULO I Un estúpido cachimbo
Recuerdo el primer día que llegué
a la Universidad un humo denso, inundaba
el bosque de letras, llevando vestigios de
olor a bomba lacrimógena, irritando mis ojos, obligándome a huir
presuroso. Muchos alumnos corrían de un lado para otro, evitando que el humo
los envuelva. Yo también lo hice hasta que llegué al patio de la Facultad y una
columna de banderas se abrió paso ante mí. Las paredes parecían murales,
cubiertas por pintas que daban vivas a diferentes partidos. Muchos Pizarrones, también
interrumpían el paso, invitando a votar. No había gente, todos habían huido, la fiesta electoral terminó abruptamente, por una feroz intervención policial.
Subí unas escaleras hasta el tercer
piso, todo estaba en calma, no había ruidos. Sólo algunas carpetas malogradas
estorbando el paso. Pasé por una gran reja, semiabierta, caminé hacia el fondo,
hasta que llegué a una puerta que tenía
un cartelito: “Centro de Estudiantes de
la Escuela de Comunicación Social”. Atisbé por la ranura de unas bisagras y
salió un muchacho fornido como de unos 30 años, quien al verme se inquietó,
pero no se amilanó.
¿Si? - preguntó algo inquieto- ¿Qué deseas?
Lo miré y me presenté como
ingresante e inmediatamente su rostro cambió, esbozando una suave sonrisa.
¡Ah, ya veo!- me dijo- Yo soy Willy,
secretario del Centro de Estudiantes de Comunicación Social o CECOS y estrechó
mi mano.
-¿Quisiera saber cuándo empiezan
las clases para los ingresantes?- le pregunté.
- ¡Conque cachimbo!- sonrió
forzadamente- Era más amable. Fue el
primero que me dio la bienvenida. No habló mucho, casi solemne, con su rostro
parco, alcanzó a decirme que los de mi base se iban a reunir y que era
imprescindible que estuviera presente. Inmediatamente pensé en una fiesta de
bienvenida de cachimbos. Me alegró la iniciativa, entusiasmado busqué en los
periódicos murales, buscaba algún cartel de bienvenida, pero no encontré ni una nota de
convocatoria a reunión, ni referencia alguna.
-¿Qué pasa con mi base? - me pregunté,
porque no hay un solo mensaje que cite a reunión. Posiblemente pensaron que
todos acudirían al centro de estudiantes y que cualquier representante nos
informaría de sus actividades.
Al día siguiente, casi al atardecer
llegué a la universidad y reconocí a Willy, estaba entre un grupo de alumnos, me
acerqué y le saludé dándole la mano, pero ahora algo esquivo no me dio tiempo
de conversar sólo gritaba ansioso.
-¡Los de tu base van a marchar,
acompáñalos! – Me dijo – ellos son, alcánzalos. Señaló a un pequeño grupo que
subía por la rampa del patio de letras, cargando unas banderolas.
¿Qué? ¿A dónde van?- pregunté confundido
-Están protestando porque les
quieren quitar cursos imprescindibles para tu carrera- me recalcó, algo
huidizo.
-¡Orlando!, ¡ven! – Llamó a otro
que estaba en el grupo - explícale lo que vamos a hacer. Él se acercó,
aparentaba más edad que Willy, tenía un bigote al estilo mejicano, patillas
largas y un cabello greñudo y largo.
Apenas llegó comenzó a hacerme
preguntas.
-¿Con que eres cachimbo?, me
preguntó sonriendo irónicamente, observé su rostro grasoso, y el
cuello de su camisa completamente empapado de sudor. No me extendió la mano
como Willy, al contrario buscaba con la mirada a otras personas.
Su desdén, cambió cuando me
preguntó si ya había estudiado en otra universidad y le respondí que venía de
otra facultad de comunicación. Sus ojos le brillaron complacido. “Pues tú
sabes, viejo - me felicitó, dándome una palmada en la espalda, pero sin quitar
su sonrisa burlona.
- ¿No crees que el curso de Medios
de comunicación es importante, tú lo debes conocer?
-¡Pues!, - dudé – Sí, si
–enfaticé, no lo había llevado en la otra universidad, pero por el título
entendí que si era importante.
-¡Vamos! sigue a tus amigos y
ayúdalos a no perder ese curso.
Me sentí comprometido, no sabía cómo decirle que
no. Sin embargo acepté y caminé junto al grupo, aunque detrás, esperando
escapar cuando no se dieran cuenta. Sin embargo Orlando me observaba: “¡Arenga con tus manos
compañero!, ¡levántalas!”- me decía y así lo hice. Me sentí tan tonto de caminar
arengando y protestando por algo que desconocía, que me dio vergüenza. Sentí
las miradas de muchos alumnos que estaban a nuestro alrededor. No duró mucho mi
caminata y cuando finalizó, nos llevaron
a unas oficinas que algunos decían que lo habían tomado, era nada menos que la
sala del Decanato. Cuando entré, vi unos colchones tirados en el suelo con
frazadas desordenadas y restos de comida. Todos se saludaron, al parecer ya
se conocían, y hablaban de hacer un
inventario con todas las cosas del Decanato. Mientras dialogaban, miré a una
chica de unos 19 a 20 años aproximadamente, de rostro dulce, ovalado, ojos
redondos de color canela y cabello castaño. La observé hablando con todos, como
una líder, al parecer estuvo también en la marcha y por un momento pensé que
sería de mi salón, aunque lucía muy desenvuelta para ser una cachimba, porque
saludaba a todos. La seguí contemplando para descubrir si realmente era cierto
aquel adagio que dice: “tanto miras a
alguien, que termina mirándote” y así fue, hasta que cruzamos nuestras
miradas. Sentí que se inquietó, y de rato en rato me buscaba. De pronto Orlando
interrumpió abruptamente ese intercambio de miradas, me tomó del brazo y me jaló.
-Vamos a iniciar un debate en el
patio de letras - dijo- Ven y representa a tu base y di que esos cursos no
deberían anularse.
-¡Pero yo…no sé nada! ¿Qué digo?
-¡Sólo eso y ya!
Ese momento, sentí todas las
miradas en mí, hasta la de aquella muchacha de rostro ovalado, que ahora sí me
miraba insistentemente y entonces no pude negarme. Me sentí extraño dentro de
aquel ambiente. ¿Qué hacía yo allí?
Nunca había hecho algo parecido. Siempre me gustó mantenerme en el
anonimato y en un instante me convertí en el centro de atención. Fui llevado
por un grupo de muchachos hacia el centro del patio y me hicieron subir a un
pequeño tabladillo que habían instalado. Por un momento dudé y quise bajarme, y
escapar, pero al verme arriba delante de todos, sólo respiré profundamente.
-Aquí está un ingresante que
tiene algo que decirnos – dijo un muchacho que servía como moderador- tiene la
palabra compañero.
A mi alrededor había como unos
cincuenta estudiantes que me miraban y no parecían amistosos
-¡Bueno yo!... –titubeé por un
momento, sentí que mis piernas
flaqueaban, y no podía pasar la saliva. Mi pulso estaba acelerado y mis
labios temblaban.
-Vengo de otra universidad de
comunicación y… sé que estos cursos son importantes.
-¡calla!, ¡calla la boca!-escuché entre el gentío - Este no sabe nada de nuestra realidad, su opinión no vale en
este debate. Un muchacho salió al frente agitando sus brazos con mucha
vehemencia, señalándome y descalificándome.
- ¿Cómo traen a un cachimbo a
disertar, se están burlando de nosotros?-gritó dirigiéndose a todos y una parte del grupo empezó a
protestar levantando sus manos, vociferando:
- ¡No tienen argumentos, pues
usan a los cachimbos... son unos manipuladores!
De un jalón, estuve abajo, Willy me había sacado antes de que me linchen. Su
actitud estratégica, para mí fue compasiva y acertada, a pesar de Orlando que mostró su desacuerdo, cuando salía de entre el grupo.
Esa noche siempre recordaré los rostros enardecidos y los gritos
desesperados de gente que no conocía. Supe entonces, que había entrado por la
puerta falsa, dejándome llevar como un corderito, hasta hacer el más completo
ridículo. Me alejé de todos y caminé por los pasadizos de la Facultad que lucía vacía. Pero aún escuchaba las
voces.
Me senté
en las escaleras de la Puerta de letras. No había nadie y me abandoné
por unos minutos, apoyé mis codos en mis piernas y con las palmas de mis manos
sostuve mi rostro. Parecía una pesadilla.
¿Qué hago aquí?- me pregunté y recordé a mi familia, los amigos de la iglesia y sus esperanzas en mí. Todos
me felicitaban. Había ingresado a la universidad y gracias a la promesa que le hice a Dios, de servirle por un tiempo. Después de tres
años de incertidumbres y derrotas, vi la luz en medio de la oscuridad, mi nombre estaba escrito en la relación de ingresantes y supe que tenía una deuda. La tarde
y el viento frío, me hizo temblar. Me levanté pesadamente y sacudí mi pantalón
por detrás. Parecía embriagado mi cabeza la sentía adormecida de tanto pensar.
Era hora de marcharme.