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Los cuatro caminamos abrazados
por el pasadizo de letras, tambaleándonos, riéndonos de cualquier cosa, con rumbo a la puerta principal de venezuela. Al caminar frente a la facultad de economía percibí que la
ciudad universitaria estaba completamente vacía. Eran cerca de las doce de la noche y todos
los pabellones lucían oscuros y silenciosos. Una densa neblina se apoderó poco a poco de los alicaídos postes de luz amarillenta. Solo nuestros gritos
resonaban en la ciudad.
- ¡Oye! -dijo Horacio- ¿Vieron esa película la jaula de las locas? ¡Es la muerte!
-Ya cállate -le cortó Jael- no
quiero saber nada de tus congéneres.
“Ja, ja, ja” todos rieron.
- ¡Congéneres! – repetía
constantemente Horacio, mientras reía.
Al día siguiente, llegué tarde a
las clases de Vincent, temeroso de ser amonestado frente a todos, empujé
la puerta lo más suave que pude y de soslayo vi los rostros ojerosos de mis
amigos bostezando y quise reírme pero me aguanté, al escuchar los gritos de Vincent, que amenazaba a un alumno. Aproveché el desconcierto,
entré y me senté. El alumno tenía sus
ojos inyectados y movía sus manos exageradamente.
- ¡Pero profesor, lo único que le
objeto es que de acuerdo a las informaciones actuales, casi todos los países
sudamericanos están optando por el sistema democrático, lo que significa que el
modelo!.
¡Ya sé a dónde vas! - interrumpió Vincent
-modelo cubano, pero para eso necesitas no sólo haber vivido en Cuba, sino
también comprender cómo es que ese modelo permite que todos reciban educación
-Está bien -le respondió- no
habré vivido en Cuba, pero si hablamos de índices de pobreza por individuo ese
país tiene el primer lugar.
-Eso se debe a la política
intervencionista de Estados Unidos -interrumpió el profesor.
-Bueno no voy a hablar de Estados
Unidos, sino de lo que la gente quiere y muchos no quieren vivir en Cuba.
Porque la gente aspira a gobiernos
democráticos.
- ¿Sabes qué? -respondió- ¡A mí me importa un bledo lo que
piense la masa, a mí me importa lo que piensan gente como tú, intelectuales que
van a dirigir este país!
-Pero profesor, es la masa la que
decide lo que quiere.
-No lo creo, la masa es
indefensa, sin educación, sin proyectos, yo soy un Dios para ella.
Ja, ja, ja- todo el salón se carcajeó, mientras Vincent con los brazos en alto, aparentando ser el todopoderoso sonrió complaciente.
¡Si!- dijo con sorna- yo los seduzco, los
manipulo y los obligo a hacer lo que yo quiero.
-Profesor -interrumpió – ese
pensamiento es caudillista y caduco
-¡No es caduco y no me interrumpa
más, para mi esta conversación terminó!.
-Pero…- dijo el alumno defraudado
por la abrupta irrupción.
- Si no le gusta puede retirarse
de la clase
Polo inmediatamente se puso en pie
¡Si se retira le aconsejo que
ya no regrese!- Polo dudó - ¡Y si regresas atente a las consecuencias!
Polo como así se llamaba este
alumno sólo sonrió y se sentó, suspiró y calló, aunque no dejó de
menear negativamente la cabeza.
Me causó simpatía y a la hora de
salida me acerqué y detrás me siguió todo el grupo. Era un alumno a quien de
tiempo en tiempo se lo veía en el salón.
¡Ese Vincent es un tirano!– dijo
mientras guardaba sus cuadernos y libros en un portafolio de cuero negro, de
esos que usan los altos ejecutivos.
-Es un problema ser profesor y
estar encerrado en la universidad, sin salir e investigar lo que sucede afuera –
sonrió Polo, cogió fuertemente su
maleta y empezó a caminar.
¡Bueno muchachos les invito a tomar un café para conocernos!
Cuando salimos por la puerta de letras, a la derecha había un pasaje lleno de restaurantes, levantados con triplay y listones de madera,
el único que parecía apropiado, de
material noble y piso de cemento era “El Vanessa”. Polo iba algo apurado contándonos
sus anécdotas.
Cuando trabajé en el canal nueve
fui director de prensa, ¡una chambasa! que no duró mucho tiempo. Ya ven ahora
estoy de vuelta por la Universidad. Me
separé de mi señora y me quedé en el aire. Mientras él hablaba noté su rostro duro,
casi no sonreía y si lo hacía era para burlarse de alguien. No era tan alto, pero si en el promedio de todos los peruanos. Usaba chompa, pantalón
y zapatos de vestir, no como el resto de Sanmarquinos, que andábamos en
zapatillas y jeans. Su conversación era muy nostálgica, anhelaba mucho progresar. Se ufanaba de
trabajos bien remunerados y de altas jerarquías, aunque ahora estaba desempleado.
Al despedirse dejó entrever que lograría lo que tanto anhelaba, caiga quien
caiga. El chino que estaba atento a su conversación, lo miraba analizando como siempre si había un doble
mensaje. Tan popular se hizo esa actitud cuestionadora de Alejandro que siempre
recurríamos a él para que nos explique determinadas conversaciones y discursos de profesores. ¿Hasta qué punto parecían subjetividades? No lo sé, pero sabía que eran muy
convincentes, tanto así, que a veces no podíamos contradecirlo en determinados
temas. Alejandro no lo permitía, él no era muy dotado físicamente, usaba lentes gruesos y su fisonomía no era atlética, más bien era
bajito y regordete pero su talento de líder
era único.







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