"El ZORRO, LA SERPIENTE Y EL CABALLO" Cuento.
Era Setiembre y una llovizna primaveral caía copiosamente sobre un ómnibus viejo de color azul y blanco, que limpiaba su empolvado parabrisas a duras penas, dejando en el vidrio rastros de suciedad, haciendo imposible la visibilidad. Sin embargo Desde una de las ventanas, Efraín observaba las pistas y veredas de Villa María del triunfo.
Poco a poco las calles fueron desapareciendo para convertirse en un camino enripiado con arena, rodeado de casitas de estera y techos de eternit. Conforme el carro se adentraba por el camino el paisaje cambiaba hasta convertirse en un arenal. Un cerro cubierto de verdor con flores lila, les daba la bienvenida. El rostro de Efraín se llenó de gozo al verlo, pues era lo más hermoso que había visto en ese desierto.
El carro sobreparó a duras penas y se estacionó a un lado de la carretera.
-¡Llegamos!- gritó mamá.
Efraín y su hermana María, cogieron unas bolsas y bajaron presurosos. Pisaron la arena y respiraron profundamente. Había un olor a humedad, que inundaba todo el ambiente. Los tres caminaron hasta que llegaron a una pequeña loma, desde el cual se observaba algunas casitas solitarias, de estera. La llovizna mojaba sus rostros insistentemente, imposibilitando mirar más allá. Sin embargo llegaron hasta una puerta de calamina, que estaba asegurada por un pequeño candado. Apenas mamá abrió la puerta, los tres entraron. Efraín y María miraron boquiabiertos el interior de la casita. Las paredes estaban cubiertas con papel periódico y al fondo, había una cortina de plástico que escondía dos pequeñas camas. Avanzaron unos pasos sobre la arena seca, que contrastaba con la arena húmeda de afuera.
- ¡Esta será nuestra casa! – dijo mamá, abrazando a sus dos hijos y dándoles un beso a cada uno en la mejilla.
-¿Papá vendrá?, preguntó María con sus ojos lánguidos.
- ¡Por ahora no, pero estará con nosotros muy pronto!, contestó mamá.
Esa noche el viento sopló fuerte empujando de rato en rato las paredes de esteras, moviendo las columnas de madera, hasta hacerlas crujir. Los techos de eternit soportaron firmemente la embestida. Una vela encendida los alumbraba y los niños se acurrucaron a su mamá, de temor. Ella inmediatamente los cobijó y empezó a contarles la historia mágica del caballito de los siete colores. Efraín y María apenas escucharon, se dejaron envolver por el sueño y durmieron.
Desde entonces, todas las noches su mamá volvía a contarles la misma historia, pero nunca llegaba al final, porque ellos siempre dormían.
Después de una semana de vivir en mitad del desierto, al promediar el mediodía, apareció un viento fuerte proveniente del oeste, levantó la arena e hizo que todo se viera nublado. Efraín con un plástico a modo de capa salió a combatir un remolino, que venía asolando. Corrió hacía el, con todas sus fuerzas; sosteniendo sus puños en alto, firmemente. Se paró cerca al remolino y sintió que su cuerpo era sacudido fuertemente.
¡No podrás contra mí! – gritó, mientras sus cabellos eran sacudidos fuertemente.
Sintió entonces que el viento lo quería levantar y deseo volar. Una y otra vez se dejó llevar, pero la voz de mamá, entrecortada y apocada por la fuerte ventisca, le interrumpió.
-¡Efraín, ven! – escuchó y no pudo negarse.
- ¡Ya voy mamá!- respondió
-¡Los eternits de la casa de tu tío Hugo están a punto de caerse, entra a la casa y espérame, ya vengo!
La tarde llegó y la ventisca era peor, Efraín miró por la ranura de la puerta y distinguió entre la nubosidad de la arena, la figura de su tía Olga y la de su mamá. Ambas luchaban para colocar el eternit en su lugar, pero sus fuerzas les abandonaron y decidieron dejar inconclusa la tarea para refugiarse. Esa noche, no cesó el viento y se escucharon calaminas cayendo estrepitosamente, acompañados de lamentos y llantos. Efraín y su hermana prestaban atención sólo a su mamá, a la cual observaban tenuemente ya que la vela con la que se alumbraban, apenas podía iluminar el ambiente. Vieron como mamá movía un inmenso barril de agua para sellar la entrada de la casa, para después, buscar abrigo para ella y sus hijos. Aquella noche, no hubo caballitos de los siete colores; ni deseos, pero si mucho cansancio.
Al día siguiente, como todas las mañanas los gallos cantaron, anunciando un nuevo día, el lechero tocaba con una moneda sus botellas de leche, gritando:
- ¡Leche fresca…, leche fresca!
Los patos caminaban, lanzando fuertes alaridos. Los perros ladraban y el camión repartidor de agua tocaba su bocina, llamando a todos. Los pocos vecinos, después de un caluroso saludo, se reunieron con la finalidad de hacer una faena comunal y reparar los daños que el viento había causado, en todas las casas.
Villa el Salvador, había despertado con un cerro completamente verde, anunciando una serena primavera. Mi tío Hugo había llegado, todo bonachón y sonriente, dando ánimo a sus hermanas para que no se entristezcan por la ventisca, que había dañado varias casitas.
-“Celebremos hermanas mías, pues estamos vivos y agradezcamos a Dios”- y se mataba de la risa.
Trabajó duro ese día levantando los eternits caídos y las esteras destrozadas. Casi al final de la tarde, para celebrar, todos comimos cachangas con leche Nestlé. Para mí y mi hermana estas actividades eran una fiesta. Mi tío siempre nos hacía reír. Cuando él llegaba empezaba la fiesta.
Al día siguiente, un barullo ensordecedor despertó a todos. Los animales no dejaban de gritar. Los perros ladraban insistentemente. Los patos gritaban y las gallinas asustadas corrían por todo lugar. Había tal conmoción que salí a mirar. Mis primos ya estaban allí, al igual que algunos niños, hijos de los vecinos. Todos cargaban palos y gritaban:
-¡Fuera!, ¡fuera…!
Entre dos esteras, había un animal escondido. Ningún perro se atrevía a entrar solo ladraban de lejos, hasta que llegó Tony el perro mas grande; mascota de mis primos, quien entró osadamente. Al poco rato salió gritando y todos corrimos asustados. La curiosidad me invadía y dejé de correr, me quedé parado mirando, esperando ver que era. Poco a poco salió un animal de cola bien gruesa y lanuda, parecía un perro, pero más pequeño, tenía su hocico largo y dientes bien afilados. Al verme no se inmutó, me miró fijamente y se escabulló. Por más que lo buscamos, hasta casi llegada la noche, no lo encontramos, había desaparecido. Mi tío Hugo cuando regresó de lima, lo buscó afanosamente, pues era su mascota que había fugado de su jaula. Cansado con una linterna que ya no alumbraba nada, desistió:
-“¡Pobre zorrito, seguro se escapó hacia el cerro, hasta aquí llegué, mañana seguiré buscando!, me miró y me dio una palmada en la espalda, como si comprendiese mi preocupación.
No salió mas a buscarlo, sin embargo, contemplé el cerro todos los días esperando si aparecía, pero nunca más lo vi.
La Serpiente
Los días en aquella comunidad, pasaron tranquilos, el lechero seguía tocando su botella; el panadero con su bocina y el camión del aguatero que llegaba cada semana a vender agua, despertando a todos con su acostumbrado claxon. Todos salíamos con nuestros baldes a hacer cola para el reparto del agua. Una familia, que tenía su casa detrás de la nuestra, salía en grupo a recoger el agua desde el más pequeño, hasta mi amigo, el gringo machiche, que al verme siempre decía:
- ¡Oye vamos a cazar al zorro pues! y apuntaba con una honda a su perro, un chiquitín, lanudo, de color blanco empolvado, atrevido, que le daba ánimo para salir a buscar a las fieras más terribles.
Yo le miraba, sonreía y buscaba a su pequeño perro, para hacerlo jugar hasta que se irritaba y deseaba morderme, entonces lo dejaba. Fue así que jugando con lanudo y otro perro, terminó por morderme la oreja y la sangre no paraba de fluir. Me asusté y lloré, mi mamá preocupada me asistió y me llevó al centro antirrábico. A Lanudo, también lo llevaron y estuvo en una jaula, en observación, durante 15 días. El médico aconsejó a mamá que me pongan las inyecciones contra la rabia. No se que me dolió más, si la mordida o las inyecciones en la barriga. Después de aquel incidente lanudo regresó, no tenía rabia. El gringo dejó de jugar en mi casa, aunque mucho tiempo después; olvidado el percance, regresó a jugar. Y aún más cuando se enteró que mis primos Lucho y Lenin encontraron una serpiente en el cerro. La noche que llegaron con la serpiente, de unos treinta centímetros, dentro de una botella causaron conmoción en toda la población y muchos temieron que estos animales, abunden en la zona y los muerdan. Recuerdo que me quedé mirándola impresionado, pues jamás había visto una; se movía casi retorciéndose, era de color verde y amarillo y sacaba su lengua constantemente. Parecía de plástico, muy hermosa.
Mamá enfermó

El gringo machiche estaba con la boca abierta mirando al ejemplar; hasta que Héctor, un muchacho grande, amigo de mis primos, lo asustó:
-¡Ahora te va a comer!
-¡No!… - replicó el gringo, suplicante
- ¡Si!, cogió la botella, con la serpiente dentro y lo empezó a seguir. El gringo corrió llorando y se fue. Mis primos y otros grandes soltaron una carcajada. Aunque, no dejaron de estar inquietos, pues si encontraron una, podían encontrar más.
Desde ese día, todas las noches, sacudíamos las camas de miedo a encontrarnos una serpiente y todos en la comunidad optaron por cargar un palo; para golpear en la cabeza a cualquier serpiente que quiera morderlos, aunque, ¿cómo harían de noche para verlas? No existían postes de alumbrado eléctrico, ni luz en las casas, tan solo tenían linternas o mecheros, como el de mi casa, al que le echábamos un poco de querosene y alumbraba toda la noche sin parpadear, aunque yo sabía que el Señor zorro, se encargaría de matarlas y confié en que nada pasaría
Los días transcurrieron así, apaciblemente hasta que mamá enfermó. No sabíamos lo que le pasaba, se quejaba de un dolor en el estómago y casi no comía. Su dolor iba en aumento y no cesaba. Mi tía Olga nos daba de comer, pues mi mamá no podía cocinar. Pasaron dos días y llegó mi papá, después de mucho tiempo, su rostro estaba desencajado y triste.
-Niños- nos dijo- su mamá está muy enferma y tiene que regresar a Lima junto con ustedes. Alisten sus cosas. No habló más esa tarde. El era muy parco y poco afectuoso y no le gustaba Villa el salvador, en cambio a mi si y me entristeció mucho tener que irme. Recuerdo que estaba nublado y mi papá nos llevaba de las manos, a mí y a mi hermana, con mucha pena di una última mirada al cerro y a las casitas de estera. A la distancia divisé al gringo, salió corriendo y detrás lanudo. Ambos eran libres. Unas lágrimas cayeron porque sabía que nunca más volvería. Me sequé calladamente, como siempre y vi el rostro de mi hermana asustada, boquiabierta, con ganas de llorar. Ella no entendía, era muy pequeña, tenía, apenas cuatro años. Una vez en Lima, llegamos al callejón de donde habíamos salido. No había inmensos campos para correr, ni un cerro verde que mirar, o zorros que seguir y mucho menos serpientes. Todo era reducido y lo único que veíamos eran paredes de quincha y piso de cemento. No podíamos caminar libremente por las calles porque allí era peligroso. No había gallinas, ni patos, ni fuertes vientos, que nos azoten. Aquí, los únicos que atemorizaban, eran las personas; Los rateros, pandilleros y tanta gente de mal vivir.
Mamá llegó a nuestra humilde casita en los Barrios Altos, tan sólo, para despedirse de mi hermana y al último de mí. Con el rostro desencajado nos dijo:
-“Hijitos voy a estar fuera muchos días, espero que se porten bien con papá y lo obedezcan”
-¡Mamá- le repliqué, rogando - no te vayas!
- Tengo que irme hijitos, - se quebrantó y sus ojos se llenaron de lágrimas- lo hago para sanarme y….
-¡No... Mamá! – Supliqué, otra vez - te necesitamos
-Tengo que irme - soltó unas lágrimas.
-¿Quién nos va a contar un cuento, antes de dormir?
Cogió una maleta y se despidió. Me interpuse entre ella y la puerta. Poco a poco se soltó de mí y salió. La llamé, hasta el cansancio, parado en la puerta, esperando que regresara, pero no lo hizo. Mi hermana sólo lloraba. Mi rabia se transformó en pena y en un vacío que nada, ni nadie podía llenarlo. Mis lágrimas caían incontrolablemente. Miré a mi hermana y miré la casa vacía. Nada valía la pena, era como si nos hubiesen arrancado la vida.
No sé cuánto tiempo puede un niño vivir sin su mamá. Mi hermana y yo tuvimos que aprenderlo. Ambos, lloramos mucho, durante muchas noches; Pues no estaba ella, la que nos protegía y nos acurrucaba como polluelos bajo su regazo. Todas las mañanas, despertaba esperando verla, pero el silencio era mi respuesta. Una mañana encontré la foto del caballito de varios colores y fue entonces que le pedí con todo mi corazón, que me devuelva a mi mamá. Doble la foto y la puse en el bolsillo de mi pantalón.
Una tarde, mi papá, nos llevó a un comedor popular de la plaza Manco Capac. Había mucha gente, haciendo cola, cuando entramos nos sirvieron en una fuente; sopa y segundo, con un vaso de refresco. No se cómo, pero nos contagiamos de hepatitis. No recuerdo mucho lo que pasó después. Tuve altas fiebres y una noche, aparecí en la casa de la tía Lidubina; una mujer bonachona, robusta y de mucho hablar que vivía en San Miguel, su esposo mi tío Pepe, era un torero retirado, muy alegre que ahora se dedicaba a las confecciones y no le iba tan mal.
Después de dos meses, me levanté de la cama, aunque caminaba mareado, pude distinguir a mi hermana, también convaleciente, sonrió al verme y la cogí de su mano. Lo único que alcance a escucharle fue:
-¿Dónde está mamá y papá?
Sólo, levanté los hombros, para decirle que no sabía. Caminé por toda la casa y todos celebraron al verme caminando, atisbé por la ventana y vi el ocaso del sol, era verano. El invierno se había ido. Todos eran muy amables, pero yo, extrañaba a mis padres y todas las noches lloraba; pues, quería pedirle perdón a mi mamá para que regrese. Un domingo apareció papá, llegó con víveres y nos abrazó fuertemente. El hombre duro y alejado sintió alegría al vernos. Yo le pregunté: ¿Papá cuando nos vas a llevar a casa?
-Pronto hijitos, primero, tienen que sanarse.- sus ojos le brillaban, pero él no podía hacerse cargo de nosotros y por eso nos dejó con la familia de mi mamá. Esa tarde, salimos con él y llegamos a mirar el mar, desde una loma acantilada de San Miguel. Allí encontramos, un Cristo crucificado de yeso, mirando hacia el mar, lo vi tan abandonado y sucio y que sentí pena por Él. Todos nos compadecimos, limpiamos su rostro y papá empezó a hablar con su voz entrecortada:
“Cuando niño, mi padre hizo lo mismo que hago con ustedes, traerlos ante Dios y dejarle a Él nuestras cargas -se arrodilló y tocando con su frente el suelo suplicó - Así como tú estás tan solito y abandonado, así me siento yo y mis hijos señor” - su voz se quebró y lloró.
“devuélvemela, por favor, que voy a hacer con dos niños tan pequeños. Acaso no ves que no puedo, que ya se enfermaron. Calma tu ira contra mí y perdóname”- tanto clamaba sollozando que mi hermana y yo derramamos lágrimas incontrolablemente, mientras la imagen quieta y reposada no nos respondía. Sin embargo, algo pasó, un viento suave y fresco acarició suavemente nuestros cabellos y entonces levanté mi mirada al cielo y vi el atardecer sereno, las nubes moviéndose aceleradamente hasta tapar el sol y sentí como si hubiésemos entrado a otro lugar. Las aves volaban a nuestro alrededor y nos miraban. Los árboles se movían y sus hojas susurraban voces inaudibles. Todas las cosas parecían vivas, hasta el ambiente tibio parecía abrazarnos. Nunca antes había sentido esa paz y confianza. Podía escuchar hasta la caminata de las hormigas y el aleteo de las mariposas. "Este lugar es santo. Es un lugar de Dios"-pensé- ya no sentí pena y supe en mi corazón que algo pasaría. Ni papá, ni mi hermana repararon en lo que estaba pasando. Sólo sentí un jalón que me sacó de aquel lugar.
-¡Efraín vamos!- me dijo mi hermana, sosteniendo mi mano. Todo había vuelto a la normalidad, volví a escuchar los ruidos normales del ambiente y ya nada se movía. En casa cogí la foto del caballito de siete colores y lo tiré. Era mentira.
El reencuentro

La semana pasó rápido y mi tío Hugo apareció en la casa de la tía Lidubina, con su clásica sonrisa, bonachona que encandilaba fácilmente a todos y pidió autorización para sacarnos a pasear. La tía dejó que nos llevara. Mi hermanita y yo no sabíamos a donde iríamos. Subimos a un ómnibus que nos llevó a una calle muy grande, era la avenida Alfonso Ugarte. Cruzamos y caminamos hasta un hospital.
-“Este es el Hospital Loayza, aquí está tu mamá”- nos dijo sonriendo- “Quédense en esta sala de espera, unos minutos”. Salió afuera y después de unos minutos, regresó apresurado.
-“Escucha, Efraín ¿quieres ver a mamá?”
¡Si!, le respondí, mientras mi corazón, palpitaba a cien por hora.
-Sólo, les pido que hagan, lo que les diga.
- ¡Si! – le dije, mientras unas lágrimas se caían.
- “Voy a subirlos por encima de la pared del hospital y cuando te diga que corras lo haces y cuando te diga que te detengas, también, lo haces. ¿Entendiste?”.
“Si, si si…”- le contesté, mientras mis piernas y manos temblaban; pues sabía, que detrás de esos muros, estaba mamá.
Nos llevó a ambos de las manos y nos hizo subir y bajar el muro. Una vez dentro, corrimos para que los vigilantes, no nos vieran, pues a los niños no se les permitía entrar. Escondidos, detrás de una pared, mi tío gritó: “¡Corran!”.
(Continuará...)







0 comentarios:
Publicar un comentario