
A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
“¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver unos costalillos, testigos mudos de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
‑ ¡Vienen unos perrazos!, con un alemán a caballo, debemos escapar!
‑ ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres!
A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
(Continuará)
(Continuará)






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