Cuentos: "Los Hidalgos"

LOS HIDALGOS

Eran las cuatro de la tarde, el sol calentaba más que otros días en las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Pasaron por  el callejón de los gatos negros, temido lugar porque allí vivían gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Dieron la vuelta  por el jirón Junín y se persignaron ante la iglesia del Carmen,  siguieron hasta que se detuvieron al pie de una enorme reja de fierro.  Miraron temerosos y entraron.
-¡La quinta Heeren!- susurró Beto animando a los demás con gestos a entrar.
Mientras caminaban por una pista asfaltada,  Enrique observaba aquel lugar detenido en el tiempo con casas que seguían igual que en la época colonial española, con puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Su caminata terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.

-Allí tenemos que entrar -señaló Beto-  allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, sacaron sus  hondas sigilosamente, temerosos de encontrar perros o vecinos del lugar, que siempre los echaban, evitándoles entrar.
 ¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían  deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta,  llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante.


A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron sonriendo y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero menos una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver  unos costalillos,  testigos mudos  de un lugar abandonado.
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
 ¡Vienen unos perrazos!, con un  alemán a caballo, debemos escapar!
 ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo que  miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron  que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, que era el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres! 
 A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
A Enrique, Tampoco lo castigaron, porque sus padres siempre lo encargaban con el emolientero, porque ellos trabajaban todo el día y sólo en las noches, los veía. En muchas oportunidades cuando no dormía, los escuchaba llegar, sentía las caricias de su madre y una frase que siempre calaría su mente: “tienes que aprender a cuidarte”
Beto en cambio, no hacía caso a nadie, si le castigaban aguantaba el llanto y empezaba a gritar dando puñetes y patadas. Su mamá tenía cincuenta  años y estaba harta de su rebeldía, muchas veces terminaba llorando y maldiciendo la hora en que nació su hijo. Pero, como era el último, sus hermanos mayores y hasta ella, le consentían en todo y cuando le negaban salir, simplemente se escapaba. Le gustaba ser libre al igual que su pandilla de amigos.
Ninguno pudo conciliar el sueño esa noche, pensando en el bosque de la quinta Heeren y a la mañana siguiente salieron con la finalidad de volver al cuartel y protegerlo. Iban armados con palos y piedras. Como era de costumbre, entraron sigilosamente hasta que llegaron al cuartel. Todos permanecieron callados, esperando a los perros para darles su merecido, hasta que se aburrieron de esperar y decidieron hurgar más por aquel misterioso bosque. Una densa humareda despertó su interés y encontraron un gallinazo muerto.
-i Es enorme! ‑ grito Iban, que sólo tenía siete años, y no era muy alto para los de su edad.
-Ni tanto, contestó Roberto, su hermano mayor quien, ayudado por un palo lo levantó en el aire.
 ‑ ¡Oh!, ¡si es enorme! ‑ gritaron todos asustados.
-¿Será de mal augurio? ‑ preguntó, temeroso Jimmy
Nadie le respondió, aunque muchos tuvieron miedo, pero prefirieron no comentar ni una sola palabra.
‑ ¡Seguro los perros lo han estado comiendo!‑ murmuró Roberto, mientras escarbaba su piel con un palo.
 “¡Sigamos caminando!”‑ grito Beto, quien envalentonado con su honda y un palo que  sujetó a su cintura, no quería dejar de andar.
Mientras caminaban, sintieron que los follajes de los arbustos  se movían como si alguien los observara. Poco a poco los sonidos se hicieron más evidentes y los niños se asustaron y empezaron a correr. Beto llamó a todos para que se unan y formen una barricada en círculo. Todos regresaron, menos Jimmy que había escapado. Eran ahora cuatro. Unos ocho niños con sus ropas andrajosas y sus rostros llenos de cicatrices comenzaron a salir lentamente de entre las ramas: eran una pandilla de forajidos, de esos que roban carteras y huelen terocal para drogarse, ahora los habían seguido y  los tenían rodeados. Beto, ni se movió pero alcanzó a susurrar, pidiéndole a todos que caminen en hilera hacía la salida, sin correr. Uno a uno así lo hicieron y caminaron lentamente. Enrique que era el portavoz de Beto se acercó a cada
uno para decirles, que llegando a la puerta correrían, pero un fuerte golpe por la espalda, lo hizo rodar por los suelos. Uno de los forajidos le había propinado una patada, como si fuese un karateka. Desconcertado y mareado buscó a sus amigos, pero sólo vio sombras forcejeando, dando alaridos de guerra. Uno de los rapiñas había saltado en su encima y lo golpeó sin compasión. Se cubrió el rostro con sus brazos, pero no pudo esquivar la andanada de golpes. De impotencia empezó a llorar. A los pocos segundos apareció un muchacho fornido de cabellera rapada quien se interpuso y jaló de los hombros al agresor, haciéndolo caer sorprendido.

 ¡Basta!, ya tuvieron suficiente ‑ gritó eufórico.
Los demás secuaces, se acobardaron y retrocedieron. Beto, totalmente acalorado, aún seguía atrapado y se defendía con un palo estirando y golpeando al vacío, mientras que los forajidos lo evitaban, hasta que al grito del  muchacho rapado, todos optaron por retirarse.
próximo capitulo: " ¿Quién es Renzo? "



Renzo
 "empezó a reventarse los nudillos de las manos, lanzando una mirada fiera"
Unos galopes de caballo, aproximándose hicieron que los forajidos desaparezcan, así como habían llegado. Los niños completamente asustados y magullados, intuyeron también el peligro y salieron corriendo. A la salida encontraron a Jimmy quien avergonzado abrió la reja. Nadie le recriminó su cobardía, pues todos sentían en su corazón, que habían perdido la guerra y salieron apenados sin hondas y sin palos. El territorio había sido perdido, a causa de los forajidos. Ahora sí, era difícil volver al bosque y tomar posesión de él.
Callejón de lima.
Los demás días Beto y sus amigos permanecieron rodeando el lugar, anhelando entrar al bosque, que desde lejos se veía imponente con sus copas verdosas. A pesar de su peligrosidad, despertaba cierto encanto que hacía que los niños intentaran entrar una y otra vez.
Un buen día, apareció el muchacho del pelo rapado, aparentemente el líder de los forajidos, en la puerta de la quinta donde ellos vivían. Estaba sentado, llorando quietamente. Se limpiaba sus lágrimas con el dorso de su mano. Los niños lo reconocieron y le tuvieron miedo, pero al verlo lastimado se acercaron.
-“Te conozco ‑ le dijo Roberto, suelto de huesos‑ tú vives en la quinta del costado”.
El muchacho sólo asintió con la cabeza. No quería hablar con nadie. Sus brazos, llenos de cicatrices, mostraban a un pendenciero, uno de esos que se cortaban la piel con una hoja de afeitar para demostrar que no tenían dolor, ni miedo a lastimarse, ganando psicológicamente las peleas ante sus adversarios.
Se secó las lágrimas y se incorporó, suspiró profundo y empezó a reventarse los nudillos de las manos, lanzando una mirada fiera.
-¿Ustedes son los niñitos de papá, a quienes les dieron una paliza? ‑Los miró despectivamente.
Robos todos los días en Barrios altos
-¡Tu gente lo hizo!‑ respondió Enrique.
-Mi gente ‑ empezó a reírse‑ Esos vagos, fumones, más bien diría, rapiñas

 ¿Acaso tu papá no es el policía del costado?‑ le sorprendió, Roberto con su pregunta y este se enfureció. Con el dedo índice le toco el pecho, obligándolo a retroceder. 
-Ese dice que es mi papá,  pero me pega y me bota a la calle. No tengo padre, no tengo a nadie. ¡Yo valgo por mí mismo!,  se golpeó el pecho.
Su rostro cambió al mirar el reloj de fantasía de Enrique y de un zarpazo como un felino le quitó el reloj del brazo y se lo puso en su muñeca, ante la sorpresa de los demás.
-¿Es de oro?‑ preguntó
-¡No!‑ le dijo Enrique – devuélvemelo por favor.
Portones de callejones.
Todos estaban asustados y más aún, por la sagacidad de quitar las cosas. Le dio otra ojeada al reloj de fantasía y se lo devolvió. Miró a todos desafiante y se abrió paso por en medio de ellos sin decir nada. Desde entonces, se volvió frecuente verlo, aunque no todos apostaron por él, porque sabían que era un ladrón, y forajido. Sin embargo Enrique, sintiéndose en deuda, porque le había ayudado cuando le pegaban, le prestó su bicicleta vieja con frenos de pedal. La única que había en el barrio, con la que aprendió a manejar sin manos. Eso le gustó a Renzo, que demostró que era hábil parándola incluso de cabeza. Fue la sensación verlo maniobrar y retar a todos a que hagan lo mismo que él. A menudo solicitaba la bicicleta, para salir de la quinta y cruzar las peligrosas calles de Barrios altos, sin temor a los autos o avezados del lugar. Enrique por su parte temía no volver a ver jamás a su bicicleta, pero él siempre la devolvía. Así fue que, poco a poco se ganó el apelativo de: "un buen amigo".
La Pelea
Por esos días, se estrenó la película "Cinco dedos de furia" y todos los niños se fueron al cine Continental, famoso por que los más pendencieros lo visitaban. Su ubicación era estratégica para unir a todos los barrios más maleados de la zona. Por el este, junto al río Rímac se levantaba las carrozas", mentado lugar de ladrones carteristas. Por el sur el callejón del diablo, donde había un cojo, líder de ladrones avezados, que era capaz de enterrarte una navaja, sin conmiseración, sólo porque no le caíste bien. Más al sur la temida huerta perdida, albergue de familias dedicadas al robo, lugar de muchas entradas donde la vida no valía nada. De estos barrios temidos salieron las pandillas rumbo al cine, porque nadie podía perderse las peleas de Bruce Lee, el ídolo indiscutible de los pendencieros y avezados.
Antes de la película, llovieron escupitajos desde la platea, restos de comida y hasta zapatos que le quitaban a algún desprevenido. Todo era un caos, hasta los baños estaban sucios, con inodoros llenos de restos fecales y orina, regada por el piso. El portero, antes que empiece la película, subió enojado y con un látigo castigó a los más  testarudos que sólo molestaban. Alborotando peor la sala. Aunque, su presencia no fue necesaria a la hora que empezó la  película de Bruce, pues se produjo un mutis sepulcral.
A la hora de salida, el portero se paró junto a la puerta esperando que todos bajen por las escaleras. Al primero que hizo alboroto, le dio de latigazos. Ese momento, se armó tal trifulca, que más que asustados, todos parecían disfrutarlo. Se burlaban del anciano. Algunos se empujaban entre sí, hacía el látigo y otros salían corriendo, esquivándolo para después volver a entrar y provocarlo. El portero enardecido golpeó a todos los que pudo. Todos disfrutaban lo sucedido, incluso el  mismo portero, pues sonreía. Renzo se gozó al igual que muchos provocando y escapando del portero.
Después de unos minutos Enrique, Renzo y algunos amigos llegaron a casa, comentando más del portero, que de la película. Aunque, un bando de muchachos aguerridos de la "monasí" unos negros altos que siempre causaban problemas, llegaron gritando al barrio. Ellos a veces peleaban por cosas insignificantes, ya sea porque uno lo miró mal, o porque le rozó el hombro al caminar. Así se armaban las broncas. Esta vez aparecieron gritando desaforados, moviéndose como Bruce Lee y Enrique temió lo peor al verlos, tan eufóricos.
 ¡Seguro van a buscar pelea! ‑ exclamó, asustado Enrique.
Renzo volteo a mirarlos, desafiante. Y dijo:
 ‑ ¡Si me prestas la bicicleta, yo les hago el pare y les quito lo machitos!, exclamó airado,  mientras miraba a los facinerosos que venían corriendo profiriendo insultos y lanzando patadas y puñetes al aire.
-“Está bien”‑ dijo Enrique, quien lucía atemorizado
Renzo salió disparado hacia ellos, como si fuese impulsado por una catapulta y dio dos volantines seguidos en el aire, cayendo de pie delante de ellos, quienes sorprendidos por su asombrosa agilidad, pararon abruptamente.
-“¡Uno por uno!” ‑ les dijo ‑ parándose en posición de pelea y llamándolos con la mano, al estilo de Bruce lee. Todos se amilanaron, bajaron la cabeza y caminaron tranquilos, esbozando sonrisas forzadas y hasta nerviosas.

Renzo siguió mirándolos desafiante, hasta que todos se dispersaron y se fueron. Enrique se quedó pasmado,  jamás hubiese imaginado lo que veía. Esos morenos que le sobrepasaban por medio metro de altura, se amilanaron. ¿Quién es este? se preguntó, a quien respetan tanto. Le admiró la capacidad de este muchacho, de desafiar a tantos y que ni uno solo, haya tenido el valor de retarlo, ni siquiera con la mirada, aun conociendo que los morenos de la monasí, eran rudos y busca líos. Renzo sonriendo complacido, cogió la bicicleta, miro a Enrique que no salía de su sombro, esbozo una sonrisa y salió con ella a toda prisa. Las temidas calles de Barrios Altos, no eran un lugar peligroso para él, sino que al contrario, era su casa, su reino.
A los pocos días, apareció la pandilla de Renzo, y él desapareció con ellos. No se supo después, nada de él. Muchas veces Enrique y otros amigos lo vieron en el jirón Lucanas en una de las quintas más paupérrimas del lugar, reunido con los forajidos, pero él al verlos esquivaba la mirada  como si tratase de pedirles que se vayan, pues no los podía defender. Pasaron muchas semanas, hasta que, poco a poco desapareció.
La Decisión
Beto y sus amigos, decidieron entonces visitar la quinta heeren, ahora que conocían a Renzo, su pandilla no los atacaría y entraron hacia las profundidades del bosque, hasta que llegaron a una pared inmensa como de unos  seis metros de altura.
-Aquí es el límite ‑ sentenció Beto‑ Aunque no sabemos lo que hay por el otro camino y no sabemos a dónde nos conduce.
Había un camino, que se abría paso por medio del bosque, pero nunca se atrevieron a entrar por miedo a chocarse con personas que los ahuyentaran. Muchas veces encontraron huellas de herraduras de caballos y todos pensaron en el  alemán, que lastimaba a los niños, sin embargo esta vez decidieron conocer todo el bosque y siguieron el camino. Después de media hora, descubrieron que el límite final del bosque era una caballeriza, con un guardián de rostro poco amigable, que les llevaba pasto a los animales. Los niños miraban asombrados, hasta que apareció cabalgando en un hermoso caballo de pelaje brioso, acaramelado, el alemán, quien tenía unas enormes botas negras y una vara larga con la que castigaba al caballo. Todos los niños temblaron, y temerosos salieron de allí, hasta que sintieron detrás el galope del caballo.

(Continuará...)

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