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viernes, 26 de octubre de 2018

CAPITULO I "Un estúpido cachimbo"


Recuerdo el primer día que llegué a la universidad un  humo denso, inundaba el bosque de letras, arrastrando vestigios de gas  lacrimógeno, irritando mis ojos, obligándome a huir presuroso. Muchos alumnos corrían de un lado para otro, evitándolo. Yo también lo hice, hasta que llegué al patio de la Facultad, allí una columna de banderas me estorbó el paso y me detuve a observar las paredes, parecían murales, llenas de letras que daban vivas a diferentes  partidos. Crucé  Pizarrones, que invitaban a votar, pero el lugar estaba vacío,  no había gente, habían huido,  la fiesta electoral terminó abruptamente, por una feroz intervención policial.
Subí unas escaleras hasta el tercer piso, todo estaba en calma, no había ruidos. Sólo algunas carpetas malogradas estorbando el paso. Pasé por una gran reja, semiabierta, caminé hacia el fondo, hasta que llegué a una puerta que  tenía un cartelito: “Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social”. Miré por la ranura de unas bisagras y salió un muchacho fornido como de unos 30 años, quien al verme se inquietó, pero no se amilanó.
¿Si? - preguntó  algo inquieto- ¿Qué deseas?
Lo miré y me presenté como ingresante e inmediatamente su rostro cambió, esbozando una suave sonrisa.
¡Ah, ya veo!- me dijo- Yo soy Willy, secretario del Centro de Estudiantes de Comunicación Social o CECOS.
Se acercó y estrechó mi mano.
-¿Quisiera saber cuándo empiezan las clases para los ingresantes?- le pregunté. 
- ¡Conque cachimbo!- sonrió forzadamente- ¡felicitaciones!.
Fue el primero que me dio la bienvenida. No habló mucho, casi solemne, con su rostro parco, alcanzó a decirme que los de mi base se iban a reunir y que era imprescindible que estuviera presente. Inmediatamente pensé en una fiesta de bienvenida de cachimbos y me alegró la iniciativa. Entusiasmado hurgué entre los periódicos murales, buscaba algún cartel de bienvenida, pero nada, ni una  nota de convocatoria a reunión.
-¿Qué raro? - pensé- porqué no hay un solo mensaje que cite a reunión. 
Al día siguiente, casi al atardecer retorné a la universidad y reconocí a Willy, estaba entre un grupo de alumnos, me acerqué y le saludé dándole la mano, pero ahora él estaba algo esquivo, no me dio tiempo de conversar y sólo gritaba ansioso.
-¡Los de tu base van a marchar, acompáñalos! – Me dijo – ellos son, alcánzalos. Señaló a un pequeño grupo que subía por la rampa del patio de letras, cargando unas banderolas.
-¿Qué?,  ¿A dónde van?- pregunté confundido.
-Protestan porque les quieren quitar cursos imprescindibles para la carrera- me recalcó, algo huidizo.
-¡Orlando, ven! – Llamó a otro que estaba en el grupo - explícale lo que vamos a hacer. Él se acercó, aparentaba más edad que Willy, tenía un bigote al estilo mejicano, patillas largas y un cabello  greñudo y largo. Apenas llegó, comenzó a hacerme preguntas.
-¿Con que eres cachimbo? -me preguntó  sonriendo irónicamente.
Observé su rostro grasoso, y el cuello de su camisa completamente empapado de sudor. No me
extendió la mano como Willy, y no miraba de frente.
Su desdén, cambió cuando me preguntó si ya había estudiado en otra universidad y le respondí que venía de otra facultad de comunicación. Sus ojos le brillaron complacido.
-Pues tú sabes, viejo - me felicitó, dándome una palmada en la espalda, pero sin quitar su sonrisa burlona.
- ¿No crees que el curso de Medios de comunicación es importante, tú lo debes conocer?
-¡Pues!...sí, si –enfaticé dudoso, no lo había llevado en la otra universidad, pero por el título entendí que podría ser importante.
-¡Vamos! sigue a tus amigos y ayúdalos a no perder ese curso.
Me sentí comprometido, no quería hacerlo, no sabía cómo decirle que no. Sin embargo me llevó hasta el grupo.
Él es de su salón- gritó a un muchacho- colócate detrás de ellos. Al ver que todos me miraban, acepté y caminé junto a ellos, quise escapar, pero detrás, Orlando me observaba
-¡Arenga con tus manos compañero!, ¡levántalas!”- me decía y así lo hice. 
Me sentí tan tonto de caminar arengando y protestando por algo que desconocía, que me dio vergüenza y repudié a Orlando. No duró mucho mi caminata y cuando finalizó,  suspiré de alivio.  Nos llevaron a unas oficinas que habían sido tomadas, era nada menos que las salas del Decanato de la facultad de letras. Cuando entré, vi unos colchones tirados en el suelo con frazadas desordenadas y restos de comida. Todos se saludaron, al parecer ya se conocían,  y hablaban de hacer un inventario con todas las cosas del Decanato. Mientras dialogaban, miré a una chica de unos 19 a 20 años
(continuará...) 

martes, 23 de mayo de 2017

El Noviazgo

Después de todos los exámenes la carga de trabajo disminuyó y la rutina diaria se desvaneció con la semana, previa a las elecciones. ¡La universidad estaba de fiesta!, Todos nos dispersamos, regresamos a casa, pero el chino, velaba, ya que por consejo de Nixon debíamos presentar no sólo un trabajo, sino una tesis bien argumentada a la que nadie pueda refutar, material que serviría, en caso de ser desaprobado para denunciar y abrir un juicio administrativo a Vincent.  Horacio y el curita se ausentaron y sólo quedamos Jael y yo,  desocupados, lo cual aprovechamos para caminar a donde se pueda. Le tenía tanta confianza, como si se tratara de un amigo varón con el que no ocurriría nada de malos entendidos. Charlabamos de todo y caminabamos abrazados hasta que una tarde.
-¡Me gustaría soñar! –dijo Jael.
-¿Qué? -Le pregunté.
-Que estamos casados y  paseamos como si tuviéramos muchísimo dinero que gastar y que la gente diga: ¡Señor, cómprele este vestido a su esposa! y que yo te tome de la mano y te diga querido ¡cómprame, cómprame!, ¡por favor! ¡por favor!
-¡Ay Jael qué cosas se, te ocurren!- le interrumpí
-Pero… ¡déjame soñar!
-Muy bien soñaremos, repliqué y cogidos de la mano, caminamos  a través de los ambulantes, pasamos entre los mendigos, los vendedores de estampitas y de todo el griterío de gente que deambulaba por la avenida Tacna, como si quisiéramos olvidar nuestra agobiante realidad. No quería pensar mal de las palabras de Jael y no quería arruinar una buena amistad, además era Jael, no…. ¡no!, ¡eso es imposible!.
Era un miércoles que nos despedimos quedando en encontrarnos al día siguiente, pero no regresé hasta la próxima semana. Durante esos días, sucedieron hechos inimaginables. Nixon encontró a un chino desaliñado, sin afeitar y se acercó a él.
-Hermano, le dijo y lo abrazó -Te he buscado peor que una enamorada, ¡felicítame!
-¿Por qué?,  le interrogó el chino
-¡Porque soy el hombre más feliz!, ¡lo conseguí! y tú has sido un buen amigo.
No necesitó más explicaciones, el chino comprendió que se trataba de Jael y pensó ya está consumado y ahora sólo queda esperar los resultados.
-A propósito amigo- agregó Nixon-  necesitamos un personero para la Base  83 y yo he pensado en ti para ese puesto. Al ver que el chino titubeaba se adelantó y lo abrazó. No te preocupes de nada, le dijo y caminaron por el pasadizo de Letras.
El día que llegué a la universidad encontré a Jael sentada en unos de los bancos del patio de letras. Estaba inquieta mirando para uno y otro lado, ojeando su reloj y zapateando levemente el piso con el pie izquierdo. Al ver que me acercaba sonrió, pero sus ojos languidecían de mucha tristeza.
-¿Qué pasó? -me dijo – ¡los muertos han resucitado!
Me acerqué sin responder para darle un beso en la mejilla y ella como si estuviera apesadumbrada inclinó su rostro y bajó la mirada.
-Tú no sabes cuánto, pero cuánto he necesitado de todo el grupo esta semana, me sentí sola, muy triste y desamparada
-¡Pero Jael! –interrumpí algo confundido - ¿Qué te ha sucedido?
Tú sabes que los amigos se necesitan y se buscan para todo. Ni tú, ni los chicos, nadie ha venido a la Escuela.
Me quise sentar junto a ella, pero inmediatamente miró para todos lados. Abrió más que nunca los ojos, palideció y se levantó. Parecía que se escondía de alguien.
-¿Esperas a alguien? -pregunté por inercia, sin desearlo saber.
-Sí, pero no es importante, ¿vamos a caminar?
-¡Vamos! -le respondí. Quise cogerle de la mano pero me la soltó. Algo le sucedía, no actuaba como de costumbre y además ¿a quién esperaba?,  al parecer la había dejado plantada. Sin más preguntas salimos de la ciudad  universitaria y subimos al bus “el cocharcas” que nos llevó hasta la final de la avenida Salaverry. Caminamos sin hablar y sin tocarnos. El sol iluminaba tenuemente y avisaba la llegada de la primavera. Los árboles frondosos e imponentes contagiaban de su frescura,las calles. Llegamos a una plazoleta desde donde se apreciaba al inmenso mar.
-¿Sabes?, ¡me siento feliz! –Rompió el silencio Jael, aunque, su voz se quebrantó, miró hacia el cielo, respiró profundamente y su rostro poco a poco decayó.
-¿Ves el cielo?- exclamó resuelta - nos dice cómo somos. Tú eres como el sol con su brillo constante, no importa si te quieren opacar siempre encontrarás un lugar por donde iluminar. En cambio yo soy como esa neblina frágil e inconsistente, llevada por los vientos de un lado para el otro, sin paradero, a veces firme tratando de absorberlo todo, pero incapaz de defenderse ante la arremetida de alguien más fuerte.
¿Sabías qué?- se le quebró la voz otra vez, sus ojos estaban llenos de lágrimas –  salí con un amigo la semana que se  ausentaron, me llevó a muchos lugares y en una de esas salidas se me declaró. Me tomó fuerte de los brazos y me besó. Yo le dije que no podía ser, que aún no estoy preparada, pero él insistió y ahora soy su enamorada. Hasta ahora no comprendo cómo fue que acepté. No siento nada por él.
No supe qué decirle, sólo recuerdo que  me sentí defraudado al contemplarla y me perturbó su debilidad e incapacidad de decir: “No”.
-¿Por qué es tan fácil que te sometan?, le pregunté con mucho tino, mientras sus ojos se movían desorbitados, buscando una razón.
-¿Quién es?- pregunté
-Nixon.., Nixon Nores
-¿Él?, pero ¿por qué?
¡No sé!, hay cosas en esta tierra que no tienen sentido, mi vida misma es un ejemplo, sufro y hago sufrir.
-¿Qué clase de respuesta es esa? – Exclamé algo ofuscado como si quisiera hacerle entrar en razón
-¡Dime!, ¿lo amas? – Busqué  su mirada y me evadió- Eso es el motivo por lo que las personas se unen.
-Te das cuenta tú sabes lo que quieres, ¡yo no! y  lo que hice, lo hice y se acabó.
-Es tu vida Jael, no la mía, ni la del resto. Debemos por encima de todos los deseos y ambiciones de terceros, buscar nuestra felicidad y si no lo quieres, simplemente decir,  ¡no!.
- ¡Yo no puedo!- concluyó soltando unas lágrimas.
- ¡Si!,  si lo puedes ¿acaso no te quieres?- la sostuve de sus manos y ella se soltó
-No, no voy a hablar más- levantó sus manos alterada- pensé que me comprenderías, eres como los demás.
¡Jael! – grité, buscando que entre en razón.
-Es mi vida y tengo que asumir mis actos- concluyó, se dio media vuelta y se alejó.

Continuará...


martes, 11 de abril de 2017

EL N.N. DE LA ESCUELA

Nixon Nores

A la mañana siguiente Jael llegó completamente desconocida a clases. Parecía una mujer, bueno era mujer pero otra, muy atractiva. En casa había dejado sus jeans y zapatillas para cambiarlos por falda y zapatos de taco. Desde el momento que entró no cesaron los silbidos. La miré de pies a cabeza, no parecía nuestra amiga Jael. 
-¡Oye!- me codeó Horacio- ¡que buenas piernas tenía la flaca!
El curita embelesado se puso en pie y dijo galantemente: “Pues hombre que si así me la mostráis, yo tiro la sotana”
-Ya siéntate chato – le jaló del brazo, Horacio y ambos se sentaron celebrando sus ocurrencias.
El chino, no acostumbrado a los galanteos,  se  sacó sus anteojos, los limpió, se los volvió a poner y mirando fijamente a Jael, la cogió de los hombros. Ella lo miró sorprendida  y él le dijo: ¡Estas muy bonita! Y la soltó abruptamente.
El curita que estaba detrás, observando todo atentamente, se le acercó al oído.
-Mujer estás matadora, ¡Olee! – exclamó sonriente.
Jael rompió en risa – ¡Calma, calma muchachos no se me desesperen!
Esa misma mañana en el intercambio de horas se presentó un personaje que quedaría grabado en la memoria, no sólo del salón, sino de toda la escuela de Comunicación. Era Nixon... Nixon Noris, el estudiante más conocido y mentado en toda la escuela. Su nombre vejado y vapuleado, aparecía en todos los periódicos murales, en la pintas de la paredes de la escuela y fuera de ella, y hasta en los baños. Muchos lo criticaban, pocos se abstenían. “Muerte al traidor de Nixon Noris” decían unas pintas en la entrada de la Escuela de Comunicación. Sin haberlo visto, ya lo conocía, bueno sólo las críticas de él.
Un escándalo ensordecedor de mucha gente, que gritaba en el pasillo, nos alertó de un evento inusual en la escuela,  era el famoso Nixon, estaba en la puerta tratando de entrar, contendiendo con algunos fachos apostados allí.  Todos los alumnos del salón fuimos testigos de cómo a empellones, obstaculizaban que él entre. Máximo como un gallito de pelea lo empujaba hacia fuera y Nixon con sus manos en alto, demostraba que él no era ningún agresor.
-¡Compañero creo que si creemos en la democracia debemos dejar que el salón decida si debemos o no entrar! - decía Nixon, mientras aguantaba pacientemente los empujones. 
-¡Te he dicho, que no!, ¿no entiendes?- decía Máximo atribuyéndose potestades que el salón no le había otorgado.
El chino alertado, corrió y se parapetó delante de toda la clase levantando en alto sus brazos, captando nuestra atención.
-¡El es miembro del Tercio estudiantil! – dijo, casi suplicante - y es un representante de la Facultad, ¿creo que debemos decidir si queremos escuchar o no a nuestros representantes?
Todos asentaron sus cabezas afirmativamente, menos Octavio y su  grupo. Eso impulsó para que el chino llamara a Máximo.
- ¡Oye delegado! -gritó – ¡el salón quiere votar!
Máximo, trastabilló desconcertado, volvió la mirada hacia el salón y observó al chino enfadado. No podía hacer nada. Era muy evidente que él estaba tomando decisiones propias, a nombre del salón. Se paró delante de todos con los ojos inyectados y los brazos cruzados, mirando con su rostro desencajado. No dijo nada, sólo respiró profundamente, había perdido piso.
- ¡Los que quieran que no entre el estudiante, que alcen la mano! - dijo y abruptamente levantó la suya, esperando quizás que con su actitud resuelta, el salón le siga, pero se equivocó, todos le dieron la espalda, esta vez,  porque votaron para que entre, ni siquiera los tres votos de sus amigos hicieron algún efecto, Al contrario al verse derrotados bajaron sus manos abochornados. Máximo desapareció, ante el júbilo de una veintena de alumnos que entraron, junto con Nixon. Habían rostros distintos, sonrientes, eran la gente de izquierda unida,  acompañando a su líder, que entró solemne sin sonreír, no llevaba ningún papel, ni apuntes, o consejeros que le indiquen sus temas a tratar.  Respiró profundo, saludó a todos y dio las gracias. Su rostro lucía sudoso y cansado.  Le calculé unos 25 años. No era muy alto, estaba casi al promedio de todos los estudiantes. Con su contextura delgada no aparentaba ser el “matón avezado” del que todos hablaban, al contrario, cuando empezó a hablar, uno de los alumnos levantó la mano.
-Disculpa compañero sin ánimo de ofender –dijo resueltamente-  te diré que hablas tan rápido que pareces una locomotora desbocada, y no entiendo nada.
Todos rieron y Nixon aceptó la broma sonriendo. Esa actitud ganó al salón, rompió el hielo, retomó su discurso otra vez y poco a poco empezó a correr de nuevo. Habló sobre las necesidades de la Escuela y los esfuerzos denodados en cubrirlos. No presentó ninguna bandera política, no satanizó a los fachos, por el contrario sólo dio un informe muy técnico de su trabajo como tercio Estudiantil.
- Pensé que se mandaría un rollo- me dijo Horacio sorprendido.
Recordé como el chino  loaba la capacidad de hablar, conceptualizando ideas, de manera rápida,  combinando conceptos y palabras al mismo tiempo, sin pausas, como una computadora con mucha información. Arturo, era para él  un vivo ejemplo, pero al verlo a Nixon seguro que se quedaría sorprendido porque la  capacidad de él  era impresionante. Lo busqué, quería ver su expresión. Estaba adelante, sentado atendiendo, boquiabierto. Presentí que ya lo conocía, la forma tan intrépida de actuar, desafiando al delegado y provocando una reacción del salón, no podía ser  espontánea, tenía que existir algo más, quizás la visita al salón había sido prevista, así como la  estrategia para vencer al delegado, usando al salón
-Nixon actuó sabiamente -me dijo después el chino- no se dejó provocar por el facho de Máximo, ni siquiera  respondió sus empujones. Ese fue un punto a su favor para que el salón se compadeciera y le permita entrar. Ahora ya entramos en campaña y estableció  claramente que el pertenece a un grupo  que trabaja y no  a uno bullicioso e infantil como los Fachos. Mis suposiciones fueron confirmadas, Todo había sido planificado con la ayuda de el chino.

Era cierto las elecciones habían llegado a  la Escuela y el chino poco a poco se descubrió como un miembro de una facción política de la universidad,  aunque en un principio no sabía a cual, pero ahora sí lo sabía. Muchas veces, después de esa mañana lo vi dialogando con Nixon, en el patio de Letras y Jael siempre  los acompañaba, algo tramaban.
(continuará...)