-¡Me gustaría soñar! –dijo Jael.
-¿Qué? -Le pregunté.
-Que estamos casados y paseamos como si tuviéramos muchísimo dinero que gastar y que la gente diga: ¡Señor, cómprele este vestido a su esposa! y que yo te tome de la mano y te diga querido
¡cómprame, cómprame!, ¡por favor! ¡por favor!
-¡Ay Jael qué cosas se, te
ocurren!- le interrumpí
-Pero… ¡déjame soñar!
-Muy bien soñaremos, repliqué y cogidos de la mano, caminamos a
través de los ambulantes, pasamos entre los mendigos, los vendedores de
estampitas y de todo el griterío de gente que deambulaba por la avenida Tacna, como
si quisiéramos olvidar nuestra agobiante realidad. No quería pensar mal de las
palabras de Jael y no quería arruinar una buena amistad, además era Jael, no….
¡no!, ¡eso es imposible!.
Era un miércoles que nos despedimos quedando en
encontrarnos al día siguiente, pero no regresé hasta la próxima semana. Durante esos días, sucedieron
hechos inimaginables. Nixon encontró a un chino desaliñado, sin afeitar
y se acercó a él.
-Hermano, le dijo y lo abrazó -Te he
buscado peor que una enamorada, ¡felicítame!
-¿Por qué?, le interrogó el chino
-¡Porque soy el hombre más feliz!,
¡lo conseguí! y tú has sido un buen amigo.
No necesitó más explicaciones, el
chino comprendió que se trataba de Jael y pensó ya está
consumado y ahora sólo queda esperar los resultados.
-A propósito amigo- agregó Nixon- necesitamos un
personero para la Base 83 y yo he
pensado en ti para ese puesto. Al ver que el chino titubeaba se
adelantó y lo abrazó. No te preocupes de nada, le dijo y caminaron por el
pasadizo de Letras.
El día que llegué a la universidad encontré a Jael sentada en unos de los bancos del patio de letras.
Estaba inquieta mirando para uno y otro lado, ojeando su reloj y zapateando
levemente el piso con el pie izquierdo. Al ver que me acercaba sonrió, pero sus
ojos languidecían de mucha tristeza.
-¿Qué pasó? -me dijo – ¡los
muertos han resucitado!
Me acerqué sin responder para
darle un beso en la mejilla y ella como si estuviera apesadumbrada inclinó su
rostro y bajó la mirada.
-Tú no sabes cuánto, pero cuánto
he necesitado de todo el grupo esta semana, me sentí sola, muy triste y
desamparada
-¡Pero Jael! –interrumpí algo
confundido - ¿Qué te ha sucedido?
Tú sabes que los amigos se
necesitan y se buscan para todo. Ni tú, ni los chicos, nadie ha venido a la
Escuela.
Me quise sentar junto a ella,
pero inmediatamente miró para todos lados. Abrió más que nunca los ojos, palideció
y se levantó. Parecía que se escondía de alguien.
-¿Esperas a alguien? -pregunté
por inercia, sin desearlo saber.
-Sí, pero no es importante,
¿vamos a caminar?
-¡Vamos! -le respondí. Quise
cogerle de la mano pero me la soltó. Algo le sucedía, no actuaba como de
costumbre y además ¿a quién esperaba?, al parecer la había dejado plantada. Sin más preguntas salimos de la ciudad universitaria y subimos al bus “el cocharcas” que nos
llevó hasta la final de la avenida Salaverry. Caminamos sin hablar y sin
tocarnos. El sol iluminaba tenuemente y avisaba la llegada de la primavera. Los
árboles frondosos e imponentes contagiaban de su frescura,las calles. Llegamos
a una plazoleta desde donde se apreciaba al inmenso mar.
-¿Sabes?, ¡me siento feliz! –Rompió
el silencio Jael, aunque, su voz se
quebrantó, miró hacia el cielo, respiró profundamente y su rostro poco a poco decayó.
-¿Ves el cielo?- exclamó resuelta
- nos dice cómo somos. Tú eres como el sol con su brillo constante, no importa
si te quieren opacar siempre encontrarás un lugar por donde iluminar. En cambio
yo soy como esa neblina frágil e inconsistente, llevada por los vientos de un
lado para el otro, sin paradero, a veces firme tratando de absorberlo todo,
pero incapaz de defenderse ante la arremetida de alguien más fuerte.
¿Sabías qué?- se le quebró la voz
otra vez, sus ojos estaban llenos de lágrimas – salí con un amigo la semana que se ausentaron, me llevó a muchos lugares y en una
de esas salidas se me declaró. Me tomó fuerte de los brazos y me besó. Yo le
dije que no podía ser, que aún no estoy preparada, pero él insistió y ahora soy
su enamorada. Hasta ahora no comprendo cómo fue que acepté. No siento nada por
él.
No supe qué decirle, sólo recuerdo
que me sentí defraudado al contemplarla
y me perturbó su debilidad e incapacidad de decir: “No”.
-¿Por qué es tan fácil que te
sometan?, le pregunté con mucho tino, mientras sus ojos se movían desorbitados,
buscando una razón.
-¿Quién es?- pregunté
-Nixon.., Nixon Nores
-¿Él?, pero ¿por qué?
¡No sé!, hay cosas en esta tierra
que no tienen sentido, mi vida misma es un ejemplo, sufro y hago sufrir.
-¿Qué clase de respuesta es esa?
– Exclamé algo ofuscado como si quisiera hacerle entrar en razón
-¡Dime!, ¿lo amas? – Busqué su mirada y me evadió- Eso es el motivo por lo que las
personas se unen.
-Te das cuenta tú sabes lo que quieres,
¡yo no! y lo que hice, lo hice y se
acabó.
-Es tu vida Jael, no la mía, ni la
del resto. Debemos por encima de todos los deseos y ambiciones de terceros,
buscar nuestra felicidad y si no lo quieres, simplemente decir, ¡no!.
- ¡Yo no puedo!- concluyó soltando
unas lágrimas.
- ¡Si!, si lo puedes ¿acaso no te quieres?- la sostuve
de sus manos y ella se soltó
-No, no voy a hablar más- levantó
sus manos alterada- pensé que me comprenderías, eres como los demás.
¡Jael! – grité, buscando que entre
en razón.
-Es mi vida y tengo que asumir mis
actos- concluyó, se dio media vuelta y se alejó.
Continuará...
Continuará...







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