A la mañana siguiente Jael llegó
completamente desconocida a clases. Parecía una mujer, bueno era mujer pero otra, muy
atractiva. En casa había dejado sus jeans y zapatillas para cambiarlos por
falda y zapatos de taco. Desde el momento que entró no cesaron los silbidos. La
miré de pies a cabeza, no parecía nuestra amiga Jael.
-¡Oye!- me codeó Horacio- ¡que buenas
piernas tenía la flaca!
El curita embelesado se puso en
pie y dijo galantemente: “Pues hombre que si así me la mostráis, yo tiro la
sotana”
-Ya siéntate chato – le jaló del
brazo, Horacio y ambos se sentaron celebrando sus ocurrencias.
El chino, no acostumbrado a los
galanteos, se sacó sus anteojos, los limpió, se los volvió
a poner y mirando fijamente a Jael, la cogió de los hombros. Ella lo miró
sorprendida y él le dijo: ¡Estas muy
bonita! Y la soltó abruptamente.
El curita que estaba detrás,
observando todo atentamente, se le acercó al oído.
-Mujer estás matadora, ¡Olee! –
exclamó sonriente.
Jael rompió en risa – ¡Calma,
calma muchachos no se me desesperen!
Esa misma mañana en el
intercambio de horas se presentó un personaje que quedaría grabado en la
memoria, no sólo del salón, sino de toda la escuela de Comunicación. Era Nixon...
Nixon Noris, el estudiante más conocido y mentado en toda la escuela. Su nombre
vejado y vapuleado, aparecía en todos los periódicos murales, en la pintas de
la paredes de la escuela y fuera de ella, y hasta en los baños. Muchos lo
criticaban, pocos se abstenían. “Muerte al traidor de Nixon Noris” decían unas
pintas en la entrada de la Escuela
de Comunicación. Sin haberlo visto, ya lo conocía, bueno sólo las críticas de
él.
Un escándalo ensordecedor de mucha gente, que gritaba en el pasillo, nos alertó de un evento inusual en la escuela, era el famoso
Nixon, estaba en la puerta tratando de entrar, contendiendo con algunos fachos
apostados allí. Todos los alumnos del salón fuimos testigos de cómo a empellones, obstaculizaban que él entre. Máximo
como un gallito de pelea lo empujaba hacia fuera y Nixon con sus manos en alto,
demostraba que él no era ningún agresor.
-¡Compañero creo que si creemos
en la democracia debemos dejar que el salón decida si debemos o no entrar! -
decía Nixon, mientras aguantaba pacientemente los empujones.
-¡Te he dicho, que no!, ¿no
entiendes?- decía Máximo atribuyéndose potestades que el salón no le había otorgado.
El chino alertado, corrió y se
parapetó delante de toda la clase levantando en alto sus brazos, captando nuestra atención.
-¡El es miembro del Tercio
estudiantil! – dijo, casi suplicante - y es un
representante de la Facultad, ¿creo que debemos decidir si queremos escuchar o no a nuestros representantes?
Todos asentaron sus cabezas
afirmativamente, menos Octavio y su
grupo. Eso impulsó para que el chino llamara a Máximo.
- ¡Oye delegado! -gritó – ¡el
salón quiere votar!
Máximo, trastabilló desconcertado,
volvió la mirada hacia el salón y observó al chino enfadado. No podía hacer
nada. Era muy evidente que él estaba tomando decisiones propias, a nombre del
salón. Se paró delante de todos con los ojos inyectados y los brazos cruzados, mirando
con su rostro desencajado. No dijo nada, sólo respiró profundamente, había
perdido piso.
- ¡Los que quieran que no entre
el estudiante, que alcen la mano! - dijo y abruptamente levantó la suya,
esperando quizás que con su actitud resuelta, el salón le siga, pero se
equivocó, todos le dieron la espalda, esta vez, porque votaron para que entre, ni siquiera los
tres votos de sus amigos hicieron algún efecto, Al contrario al verse
derrotados bajaron sus manos abochornados. Máximo desapareció, ante el júbilo
de una veintena de alumnos que entraron, junto con Nixon. Habían rostros distintos, sonrientes, eran la gente de izquierda unida, acompañando a su líder, que entró solemne sin
sonreír, no llevaba ningún papel, ni apuntes, o consejeros que le indiquen sus
temas a tratar. Respiró profundo, saludó
a todos y dio las gracias. Su rostro lucía sudoso y cansado. Le calculé unos 25 años. No era muy alto,
estaba casi al promedio de todos los estudiantes. Con su contextura delgada no
aparentaba ser el “matón avezado” del que todos hablaban, al contrario, cuando
empezó a hablar, uno de los alumnos levantó la mano.
-Disculpa compañero sin ánimo de
ofender –dijo resueltamente- te diré que
hablas tan rápido que pareces una locomotora desbocada, y no entiendo nada.
Todos rieron y Nixon aceptó la
broma sonriendo. Esa actitud ganó al salón, rompió el hielo, retomó su discurso otra vez y poco
a poco empezó a correr de nuevo. Habló sobre las necesidades de la Escuela y
los esfuerzos denodados en cubrirlos. No presentó ninguna bandera política, no
satanizó a los fachos, por el contrario sólo dio un informe muy técnico de su
trabajo como tercio Estudiantil.
- Pensé que se mandaría un rollo-
me dijo Horacio sorprendido.
Recordé como el chino loaba la
capacidad de hablar, conceptualizando ideas, de manera rápida, combinando conceptos y palabras al mismo tiempo,
sin pausas, como una computadora con mucha información. Arturo, era para él un vivo ejemplo, pero al verlo a Nixon seguro que
se quedaría sorprendido porque la capacidad de él era impresionante. Lo busqué, quería ver su expresión. Estaba adelante,
sentado atendiendo, boquiabierto. Presentí que ya lo conocía, la forma tan intrépida de
actuar, desafiando al delegado y provocando una reacción del salón, no podía
ser espontánea, tenía que existir algo
más, quizás la visita al salón había sido prevista, así como la estrategia para vencer al delegado, usando al salón
-Nixon actuó sabiamente -me dijo
después el chino- no se dejó provocar por el facho de Máximo, ni siquiera respondió sus empujones. Ese fue un punto a su
favor para que el salón se compadeciera y le permita entrar. Ahora ya entramos
en campaña y estableció claramente que el pertenece a un grupo que trabaja y no a uno bullicioso e infantil como los Fachos. Mis suposiciones fueron confirmadas, Todo había sido planificado con la ayuda de el chino.
Era cierto las elecciones habían
llegado a la Escuela y el chino poco a
poco se descubrió como un miembro de una facción política de la universidad, aunque en un principio no sabía a cual, pero ahora sí lo sabía. Muchas veces, después de esa mañana lo
vi dialogando con Nixon, en el patio de Letras y Jael siempre los acompañaba, algo tramaban.
(continuará...)







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