sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS HIDALGOS: CAPÍTULO I

LOS HIDALGOS

Eran las cuatro de la tarde y el sol calentaba más que otros días las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Llegaron hasta el callejón de los gatos negros, conocido porque habitaban gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Pasaron por la iglesia del Carmen, algunos de ellos se persignaron y doblaron por el jirón Junín, rumbo a la quinta Heeren, un lugar detenido en el tiempo  pues las casas seguían igual que en la época de la colonia española, con sus puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Siguieron por una pista asfaltada que terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.

-Allí tenemos que entrar -señaló Beto-  allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, armados con  hondas apuntaban sigilosamente, temerosos de posibles perros o de vecinos del lugar, que siempre los echaban, sin lograr entrar.
 ¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían  deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta,  llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante.
(continuará...)

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