¡EL GRUPO LOS ALTERNATIVOS!
-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé. ¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas. Luchaba solo y no tenía amigos.
-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé. ¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas. Luchaba solo y no tenía amigos.
El curso de teoría de la
comunicación se volvió en un “tira y jale” donde el profesor sólo atinaba en
criticar y mofarse lanzando estocadas
verbales, que dañaran a su enemigo, buscando la arremetida fatal. El fin era
destruir cada uno de sus argumentos, ridiculizándolo ante el salón, pero por el
contrario, levantó la imagen del chino más y más cada día. Su juego destructivo
realzó la presencia de Alejandro en el
salón. En realidad, desde que llegaron Alejandro y el curita las clases se
volvieron interesantes y realmente se aprendía. Había una lucha de conceptos e
ideas que no sólo se producía en el salón, sino al parecer en todas las aulas
de la Escuela o quizás en toda la
Universidad, pero al parecer iba más allá posiblemente en todo el país y es que ante la escalada
terrorista que atacaba en las provincias y zonas muy alejadas de las ciudades,
se levantaba una propuesta diferente de cambio del sistema, sin usar la
violencia radical.
En las horas libres mientras
leía, se acercó a mi carpeta una chica de buen parecer, pero de mirada triste.
- Oye compañero – dijo ella -
¿Estás al día en teoría?
-Si – le respondí
-Préstame, no seas malito, ¡por
favor! , ¡por favor!, ¿sí?
-¡Ya está bien! no seas impaciente–
me agradó su espontaneidad para pedir
Horacio que estaba atento a sus
suplicas expresó en voz alta
-¡Carambas está mujer sí que
tiene prisa!
-¡No!, no vayas a pensar mal, he
faltado tanto que temo repetir este curso ¿comprendes no? Sonrió, mostrando una
sonrisa diáfana y dulce.
-Me llamo Jael y ¿Ustedes?
Yo soy Starsky -dijo Horacio, y
él señalándome- es Hutch.
Todos sonreímos
-Como los de la serie policial- dijo
Jael- mientras sonreía.
Desde aquel día, ella se sentó
junto a nosotros, por momentos volteaba y me encontraba con su mirada, sus
ojeras le daban un aire melancólico, casi podría decir desencajado. Como si
estuviera enferma o tuviera una profunda tristeza.
-¡Oye, tú te jaraneas de noche y
descansas en clase! - reía Horacio, mientras que yo sólo atinaba en recordar
que esa misma mirada lánguida la había visto en Toña, una minusválida del salón
que a duras penas se sostenía en sus dos muletas. Lo había visto también en
muchos alumnos que deambulaban por la universidad, meditabundos, aislados, como
si fueran prisioneros de sus pensamientos, muchos de ellos cargaban libros
viejos, de bibliotecas caducas de la época del 50, que fueron retenidos en San
Marcos.
Recuerdo las mañanas
frías con lloviznas copiosas que mojaban mi rostro, mientras caminaba
por el bosque de letras. San Marcos había despertado como un gigante empapado. Aquella mañana me sentí libre, alce
mi rostro hacia el cielo y sentí una a una
las gotas. Respiré profundamente y un fuerte olor a humedad llenó por completo
mis pulmones. Estaba vivo, sentí un gozo tan profundo , aunque por unos minutos fue suficiente medicina para
subir las escaleras hacia la Escuela de comunicación, sin sentirme deprimido.
Una de las puertas del salón estaba abierta y desde allí observé a mis compañeros completamente silenciosos. Vincent
había llegado. Busqué la puerta trasera y empuje lo más suave que pude para no
hacer ruido, pero el profesor me vio, levanté mis cejas y susurré un: buenos días casi silencioso para no
incomodar a nadie, pero él no respondió. Sin tomarme en cuenta prosiguió
hablando. Busqué un lugar en los asientos de atrás y me senté.
-Muy bien – dijo, en tono ceremonial – de ahora en
adelante sólo les voy a dar temas para que ustedes los analicen, los
desarrollen profundamente y critiquen. No hay prórroga para la presentación de
los trabajos. Los temas son los siguientes. Mientras él dictaba varios títulos,
aproveché para acercarme a Horacio y preguntarle.
-¿Qué pasa?
-¡Tenemos que buscar un grupo,
Cholo!- me respondió alzando y moviendo sus manos desesperado – y debemos ser
sólo cinco.
Ese instante no vacilé, como un
relámpago busqué con la mirada al curita, al chino Alejandro y a Mirna y le propuse a Horacio convocarlos al grupo.
Desde mi asiento observé cuando se acercó a Alejandro y como trataba de
convencerlo, moviendo sus manos y sonriendo constantemente, mientras que este, impávido sólo escuchaba. De Mirna y
Alejandro me encargué yo, ellos sin pensarlo dos veces, aceptaron. Después de unos minutos Horacio
regresó.
-¡Ese chino sí que me ha hecho
sufrir, pero al final cayó! aunque no debiste escoger a Mirna, no te das cuenta
que cae quaker, se cree la muy intelectual por uno cuantos libros que leyó
-Puede ser -le dije dudando de mi
selección – pero ella sabe sobre marxismo y además estudia derecho en otra
universidad.
-¡Peor pues, no va a tener tiempo
para las reuniones!- interrumpió Horacio.
-Ella me dijo que si podía, Hay
que darle una oportunidad.-le respondí
Levantó los hombros y alzó las
manos, conformándose.







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