Así siguieron las clases, preparándonos como aprendices de intelectuales revolucionarios, futuros asqueados del sistema imperialista, como diría Máximo, sólo que en mi producía lo contrario. Sentía melancolía, anhelaba otras cosas, quería ser un profesional de éxito, con un trabajo bien remunerado, una esposa linda y amorosa, una casa propia, hijos que me abrazaran al llegar del trabajo. Todos esos sueños se bloquearon ante la realidad de la universidad, llena de pintas en las paredes con frases refritas que llamaban a la violencia y el deseo de destruir. Allí la muerte era más preciada que la propia vida.
“Muerte a los
traidores”, “Viva Gonzalo”, “Con las armas al poder”
Aquí nadie
defendía a nadie, no había familia, ni policías, por último ni el
gobierno, sólo tú y tu deseo de
sobrevivir.
Habían llegado a
tal punto los dogmas en las clases que nadie se atrevía en contradecir a los
profesores. Todos hacían un voto de silencio hasta que un comentario, quizás no previsto, atacó a la
iglesia.
-Marx lo dice
aquí la iglesia es el opio del pueblo y escuchen con mucha atención compañeros
– se acercó lentamente al pupitre del chino Octavio, y respirando hondo habló,
como si se tratara de un secreto.
“Y esto no es de
investigaciones concienzudas, sino de observar la realidad, pero desde que
existe la religión lo único que ha creado es conformismo y pobreza”.
-¡Que rayado!, ¿Cómo puede decir tantas estupideces?- escuché tras de mí. Lo que me dejó
perplejo, había alguien que no pensaba igual e inmediatamente miré hacia atras y vi a un nisei. No era
Octavio. Era diferente, usaba lentes gruesos y era algo regordete, de pequeña
estatura; Parecía de más edad que el resto de los alumnos del salón. Pensé que
si protestaba levantaría su mano para refutar, aunque, ¿Habría uno capaz de
hacer eso? El grosor de sus lentes me hizo compararlo con un ratón de
biblioteca y supuse que era muy inteligente, pero hasta donde llegaría su
audacia para contradecir a Vincent. En ese momento otra voz despertó mi
interés, era un alumno a quien tampoco, había percibido antes, y es que faltaba
mucho a las clases. Tenía la mano levantada y por la firmeza con la que
sostenía el brazo, me dio la impresión que tenía mucha seguridad en lo que iba
a hablar. Apenas el profesor le cedió la
palabra, Alberto como así se llama, dijo con un acento españolizado: “Sepa
Usted profesor que la Iglesia Católica mantiene en sus bases un movimiento
progresista, laico que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados, pero
no desde un punto de vista asistencialista, sino desde una labor
concientizadora que desarrolla la reflexión de su propia praxis y otra vez la
reflexión, ¿entiende? Tratamos de transformar para vivir mejor”. En el salón se
sintió un remezón de murmullos y cuchicheos. Nadie había refutado a Vincent,
mucho menos en sus aseveraciones sobre
Marx. El profesor escuchó boquiabierto y es que en realidad Alberto parecía un
alumno de los últimos ciclos. Ante la defensa tan bien presentada, sólo atinó
en loar su intervención, pero recalcó
- “Muchos grupos
católicos tienen buenas ideas, pero no
se olviden que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”. Salió
airoso con un chiste y afortunado porque el salón celebró sus palabras y su
imagen no se dañó, al parecer se fortaleció. Aunque Máximo no salió tan bien,
con la mano levantada y el rostro fiero, casi agresivo, se paró de un salto y
dijo en tono rabioso.
- ¡Compañeros!,
la Iglesia no es por nada que la llaman el opio del pueblo, porque es una
plataforma que los poderosos usan para adormecer al pueblo y contentarlo con la pobreza. Es una institución servil de los imperialistas y por lo tanto un
enemigo del pueblo.
Miró a todos
enojado, buscando la aprobación, las venas de su rostro sobresalían cuando a pedido del profesor, quien
le cortó, tuvo que sentarse.
-No levantemos
más polvo con la iglesia- le susurró al oído y le dio unas palmadas en la
espalda.
-¡Por fin se
calló ese perro rabioso!- escuché un cuchicheo y burlas. Máximo que había
escuchado, respondió con una mirada amenazante, pero como no sabía de donde
provenían las mofas, dejo de buscar.
Esa mañana, después de mucho tiempo percibí unos minutos de libertad en la clase y amé la
sabiduría y la locuacidad. Me admiró esos conocimientos que manejaban algunos
muchachos. Eran temas que muchos de ellos lo vivían en carne propia y que de alguna manera lo
habían conceptualizado hasta hacerlo casi una teoría, bien fundamentada. Alberto
se ganó el apelativo del “curita”, por su tono españolizado, su intervención animó
a otros a participar. Vincent, desconfiado miraba y provocaba al nisei
regordete de lentes gruesos, que aparentaba más edad que el resto de la clase,
presentía o sabía algo de él que el resto del salón no lo sabía y quería
exponerlo en la clase como hacía con todos los que le parecían espías. Lo
invitaba a discutir con la mirada y con sus gestos, hasta que un día el nisei
habló. (Continuará...)







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