¡La alternativa!
- No creo que se deba cambiar el sistema, ¿sabe?, creo que existen medios alternativos que pueden transformar nuestra sociedad sin llegar a la violencia, porque allá desde los arenales hay gente que está trabajando día a día para cambiar su realidad, esforzándose, agrupándose y formando centros comunales, comedores,... – mientras él hablaba, el profesor se acercó a su carpeta con su rostro burlón y después optó por una mirada sarcástica y despectiva. Vincent astutamente miraba a cada uno de los amigos de Máximo y movía negativamente su cabeza, buscando que ellos desaprobarán el comentario. El nisei se dio cuenta pero no dejó de hablar, su rostro por el contrario se enrojeció por completo como un tomate a punto de reventar. Sus manos empezaron a temblar igual que sus labios, pero aun así el continuaba impávido.
-¿Usted no cree
en la sabiduría del pueblo? -Preguntó el nisei, al profesor obligándolo a que
preste atención a lo que manifestaba - o
piensa que ¿sólo una élite debe dominar
el sistema? Y si así fuera, como lo imagino, usted es de los que piensan que la gente es incapaz de
resolver sus problemas y auto gobernarse. ¿No le gustaría por lo menos
interesarse en lo que ellos quieren?
Porque aunque usted no lo crea, si se puede.
-“¡Ya
basta!”, replicó el profesor – ya sé lo
que tú eres, un populachero alternativo que piensa en educar al pueblo. Eso es
ser necio y yo creo que usted no lo es, sino estaría fuera de mi clase -Corrió
hacia la puerta y la abrió con fuerza- Todos callaron, el salón entero enmudeció de miedo.
-¿Por qué? – preguntó
Alejandro, porque discrepo de sus ideas.
-¡Acaso no es
necesario que todos entiendan que hay otras alternativas!
-¡No!, -gritó,
reparó por unos segundos, se controló y habló despacio- alumno.
Bajo su tono de
voz, ante la mirada asombrada del salón.
-¡Ya entiendo,
porque has venido! - sonrió lo miró fijamente a los ojos amenazadoramente. El
chino trató de argumentar pero él le interrumpió, levantó sus manos en alto y tocó
su cabeza, retrocedió lentamente hasta que llegó a su pupitre.
-¡Calma Alumno!, no te incomodes,
tendrás más tiempo para seguir argumentando. Por hoy mi clase acabó- bajó el
tono de voz, cogió su maletín y desatendiendo toda réplica de Alejandro, se
acercó a Máximo y su grupo y los miró, inmediatamente ellos intervinieron, como si estuviesen
preparados para salvar inconvenientes, cínicamente le suplicaron al chino a que
no insista.
Aquella mañana, después del
altercado, simpaticé con el nisei igual que con el curita,
veía en ellos tanta firmeza en sus opiniones, que me animaron a defender mis
criterios a capa y espada, aunque siempre terminaba cediendo. Pero la mayor
parte de la clase llegó a admirar sus intervenciones, su posición no violenta,
sino persuasiva de pactos y
conciliaciones, que marcaron en las mentes de todos en el salón una
posición aun no conocida: “La Alternativa”,
como así denominó despectivamente
Vincent a Alejandro. Y no sólo él, sino que todos los pupilos del profesor,
dirigidos por Máximo, que lo miraban con
desprecio, desde ese día. Sentados siempre en las primeras carpetas, ni
siquiera se comunicaban con el resto del salón, habían formado un grupo tan
cerrado, desde donde mandaban indirectas o se burlaban de aquellos a
quienes el profesor les hacía mofa. Eran
los adulones, los que estaban dispuestos para servir. Los que se sacaban
“20” en los exámenes, la más alta
calificación.







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