Continua... (de capt 1 Quién es Vincent?)
Estas
situaciones me producían incertidumbre. Por momentos sentía que mis
sueños de destacar como estudiante se desvanecían en las paredes de la
Universidad, acompañado de gente
indiferente como los que me enseñaban, salvo Vincent, que parecía
distinto.
Las clases
continuaban y muchos profesores entraban y salían de las aulas. Existía un
curso de Materialismo dialéctico que mantenía a todos silenciosos, más que en
las clases de Vincent. Sin hacer ningún ruido todos copiaban lo que el profesor
dictaba. Las bancas del fondo increíblemente estaban vacías. Hasta los más
dormilones permanecían atentos. Había llegado tarde, pero eso no le importaba
al profesor, ni siquiera respondió mi saludo. Me acerqué a Horacio, que copiaba
afanosamente.
Cállate cholo,
no ves que no se le escucha nada- recitó. Me causó risa su ansiedad por copiar.
Al poco rato, el profesor sacó un pañuelo para atenuar un estornudo. Eso me dio
tiempo y le pregunté.
-¿Por qué habla
tan bajito?
-Es la técnica
de si quieres atiendes o si no te vas al ¡carajuu...! Sonreí, la expresión de su rostro y la frase
esforzada, prorrumpieron en una carcajada suave, sin poder evitarlo. Todos en
el salón repararon en nosotros. Sentí como que amonestaban todo expresión de
alegría. Octavio, un nisei nos miraba como compadeciéndonos, como si diría “maduren muchachos”. El Sobón de Máximo
movía su cabeza censurándonos cruzando miradas cómplices con el nisei. Ambos
eran los “ayayeros” de Vincent, los que atendían cualquier pedido del profesor
y se desesperaban para que esté cómodo en la clase. Pero no sólo era con Vincent,
sino con todos aquellos profesores que estaban dentro de la línea de denuncia y
de tratar a los Medios desde un punto de vista marxista. Demás está decir, que
también eran amigos de Vincent. En ese entonces me parecían triviales sus
afrentas, y no los tomaba en cuenta. Horacio se había vuelto un buen amigo,
quizás el único con el que se podía conversar sin tener que discutir sobre el
marxismo o la situación crítica de País,
tampoco mediamos verborrea para ver quién de los dos era más intelectual
que el otro. Hablábamos de todo y sobre todo de chicas, aunque no todas las
chicas de la Universidad eran atractivas, muchas eran de corte intelectual, ustedes ya saben; con
lentes, y una verborrea aplastante de biblioteca. Horacio usaba siempre jeans, polos de colores y un collar alrededor
del cuello, así como brazaletes de tela con
motivos incaicos.
Su cabello arreglado todo para atrás, estaba de acuerdo
con la moda de los ochenta, como John Travolta de la película “Saturday nigth fever”. Era raro verlo
con la misma ropa al día siguiente. Cuidaba mucho su apariencia personal. Era
algo fornido y de estatura mediana, algo como un metro sesenta y cinco. El así
como Celine sufrían mucho a la hora que los profesores hablaban de la alienación y de la seducción de la
publicidad en los jóvenes. Aunque Celine
a pesar de ser una pituquita de la Molina,
a desventaja de Horacio, estaba en el grupo de Vincent. Después de cada
clase el profesor conversaba con Máximo a quien lo habían nombrado delegado del
salón. Junto a ellos estaba el chino Octavio, Betty y Celine, quien con su sola
sonrisa atraía a todos en la Escuela. Allí estaban ellos dialogando, Vincent era
el centro de atención por su altura, era más fácil de distinguirlo, además que
era el que más gesticulaba cuando hablaba.
Sus reuniones se
volvieron muy frecuentes y se rumoreaba que el profesor había creado un taller
de estudio con un grupo muy selecto del salón y que las sesiones eran en su casa.
Debido a eso, el grupo de Máximo era el único que participaba, mientras que el
resto sólo escuchaba. Ese grupo parecía una réplica del profesor de teoría,
ninguno objetaba, por el contrario afirmaban y consolidaban sus palabras. Máximo
parecía un remedo, hablaba igual que él, movía las manos y gesticulaba como él,
incluso miraba al resto despectivamente como si conociera más que todos.
-“Compañeros”
–decía Máximo- tenemos ante nosotros un profesor que se ha quemado las pestañas
para ayudarnos a descubrir la verdad.
Vincent
contemplaba silencioso, mientras que Máximo embelesado en su retórica observaba
a un salón que asentaba con la cabeza todas las arengas, en señal de aprobación.
Vincent llegó a
ser tan selectivo en el aula que no hablaba con nadie, salvo que sea su grupo,
había creado una elite en el salón que a muchos les causó cierto descontento,
incluso a mí que en un principio me entusiasmó la idea de pertenecer a ese
grupo. Sin premeditarlo habíamos caído en la miel que él profesor había creado.
Sus alumnos preferidos obtenían las más altas notas en participación y
exámenes. Eran muy conocidos porque participaban con aulas antiguas y es que Vincent había creado
otros talleres similares y elitistas, donde sus alumnos antiguos intercambiaban
momentos con los alumnos nuevos. Supe que estaban invitando a más alumnos a
asistir a su casa, pero las invitaciones eran de amigo a amigo y en forma
selecta. Ninguno del grupo del profesor era amigo de Horacio, ni mío, tan sólo
por el saludo. No se habían dado las circunstancias para conocernos, pero sí se
estaban creando abismos entre todos.







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