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| UNIVERSIDAD CATÓLICA |
Después de clase, el chino
Alejandro propuso una reunión con el nuevo
grupo que se había formado. Todos se reunieron en el patio de Letras.
Alejandro, el curita contó un chiste de
curas y todos rieron, había rotó el
hielo. Después las bromas iban de aquí para allá. Mirna como única mujer del
grupo se sonrojaba.
-Chicos ya basta, hablemos sobre
la reunión - dijo algo incomoda.
-Reunión ¿cuál reunión?, -
bromeó Horacio – nosotros nos vamos de
juerga
Todos celebraron la broma. Mirna
frunció las cejas y torció su boca.
Pues yo
me tengo que ir- agregó enfadada.
Iba a apaciguar, pero lo más
prudente fue cambiar la conversación.
-¿Alejandro qué hacemos? -le
dije.
El chino que se había mantenido
callado, dijo: ¡Vamos a almorzar!
Ninguno esperaba comer en la
calle, muchos estábamos esperanzados en llegar a casa con la familia. Además
como estudiantes no teníamos dinero suficiente para un menú. El curita propuso
el comedor universitario. Allí la comida era gratis pero no daba confianza, muchos le decían “la muerte lenta”.
Horacio que ya había entablado confianza lo miró asombrado.
-No te pases pues cholo, no
quiero morir ¡me necesito!
El curita sonrió: ¡Nos
necesitamos!- le recalcó y ambos rieron.
Después de esperar las propuestas
-¿Qué les parece la Universidad
Católica?- sugirió Alejandro- Allí
también sirven comida cómoda.
Todos aceptamos y entre broma y
broma nos dirigimos por la avenida universitaria hasta que llegamos a la
universidad Católica. Era diferente a la nuestra, sin pintas, ni banderas,
cubierta de árboles y de mucha tranquilidad. Desde que entramos percibimos una fragancia distinta y un viento
fresco que se arremolinaba sobre nuestras cabelleras. Aquel lugar nos embriagó.
Los muros y pisos lucían limpios con una tibieza y suavidad, como si aún nadie
las hubiese tocado. Los estudiantes se confundían con el lugar como si fueran
parte del panorama. Sentí mucho placer, me gustaba el verdor de los pastos y
sus plantas bien cuidadas. Las muchachas
eran lindas y se sentía un ambiente de mucha tranquilidad.
¡Aquí imperan los fascistas!- desperté de mi meditación y
busqué a Mirna quien, tapándose la boca, sonrió. Pensé que sólo a mí me había molestado
sus palabras, pero fue a todos. Ella sólo atinó en justificarse.
-Vincent lo dijo así, aquí sólo
hay gente blanquita y de plata.
Acaso Vincent no es también un
blanquito, pensé.
-Pero, mujer ¿qué te han hecho
los blanquitos, u odias a la lejía?, -sonrió Arturo, que a pesar de su tez
blanca no se sintió aludido.
-Ay, mujeres para que las quiero-
exclamó Horacio, moviendo su cabeza negativamente, mirándome y diciéndome entre
señas: “¡Te lo dije!”.
El chino sólo observaba, por su
mirada y su risa sarcástica, noté que
había desaprobado la opinión de Mirna.
Yo en cambio sentí en ella un
resentimiento, que acertadamente nuestro profesor de teoría había despertado y
tuve miedo de pensar que él no era sólo
un loco visionario, sino alguien que incidía de forma real y lo que nos
decía diariamente tal cual un disco
rayado, había calado nuestra conciencia. Sentí miedo por primera vez de mis pensamientos,
porque también culpaba a esa clase blanca retrograda, dueños del Perú, clasista
y racista.







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