/1.jp

"Cuento los hidalgos"

Cinco niños en busca de aventuras encuentran un bosque en pleno centro de Lima ....

Cuento:"El zorro, la serpiente y el caballo"

El amor más insosegable de un niño: "su mamá"

¿Se puede cambiar la voluntad de Dios?

"Una película que te motivará a orar por los tuyos".

visitanos

"unete y escribe tu propia vida"

lunes, 27 de febrero de 2017

Fito: El animoso.

Fito 
Desde que Fito llegó al salón, no hubo momentos sin hablar, lo recuerdo siempre alegre, mostrando a todos una sonrisa, de rostro apacible  y ojos vivaces,  bromeaba con cualquiera de la clase. Su aspecto macizo, algo regordete le daba un aire de muchacho bonachón, simpático, agradable, sobre todo ante las chicas. Pertenecía a una familia acomodada con la que no se llevaba  bien, muchas veces en son de broma decía.
-¡Se cansaron de mí!, me hicieron estudiar administración en la de Lima, me aburrí, me hicieron estudiar derecho en la Católica, no aguanté. Ahora estoy en periodismo por que quise y sólo me dicen:
¡Arreglatelas!, ¡ya tu ve!. No es justo compañeros, sonrie.
-¡Ay que barbaridad Fito! ¿Cuántas Universidades has pisado? – le preguntó  Annie asombrada- yo con las justas  llegué a San Marcos.
Fito la miró desconcertado y le cogió de un hombro sonriendo. Cómo que Annie no captó lo que él quería decir sobre su rebeldía contra su padre, sin embargo continuó.
-Mi papá piensa que debo estudiar leyes para ser como él, un juez  alzado y encorbatado, hermético, hosco y sin sentimientos. Yo pienso que uno debe ser lo quiere ser.
Demostrando siempre una sonrisa se lamentaba, pero a los segundos, se sobreponía  y volvía a su característico personaje: "El animoso".
-¡No se olviden muchachos, este sábado es la Huachipeada con excelente música chicha, mujeres bonitas para bailar- decía - mientras miraba a Chanel, embelesado, quien  le correspondía con una sonrisa.
El día del examen, un sábado glorioso, como así lo denominaron muchos, fue el día más esperado por todos, porque sabían que irían a Huachipa. Vincent no pudo evitar dar un comentario.
-Pobre de ustedes, si no rinden un buen examen,  la fiesta no los salvará - exclamó sonriendo -Juergueros, me resultaron.
Todo el salón festejó su ironía.
Vincent era muy astuto y elaboró un  examen de opinión, con un tema de actualidad: "opinar sobre  los medios de comunicación y la influencia  del gobierno aprista". Quería que apliquemos sus enseñanzas en el tema. Viéndolo por todos los ángulos se trataba de algo fácil de resolver, nada más teníamos que pensar como él y escribir.  Según el chino, la prueba era  una trampa. Si respondíamos de acuerdo a nuestra forma de pensar seríamos desaprobados y  si lo hacíamos de la forma sediciosa, que él quería, no seríamos consecuentes y eso sería nuestra lapidación delante de todos.
Pero el profesor no quería desacreditarlo, buscaba sacarlo de la prueba por eso desde que empezó el test, Lo provocó parándose frente a él, burlándose, pero no logró nada,  decepcionado se sentó y al final, vencido el tiempo, mandó a Máximo quien recogió todas las pruebas, sólo el Chino seguía escribiendo y esto lo animó a molestarlo,  porque le dejó la mano extendida,  solicitando la prueba. Apurandolo, evitando su concentración, al igual que Vincent.
¡Qué espeso!- pensé.  
Una vez que la recogió, observé el rostro cansado y colorado del chino, mientras que el de Máximo lucía desilusionado como que no logró su objetivo.
-¿Para que tanto esfuerzo? - le susurré, increpando su demora.
El sólo sonrió de una manera cómplice.  Supe que no había respondido como el profesor quería y desde antes de dar la prueba ya estaba jalado y como era curso esencial de  carrera  no  podía egresar como bachiller y él era el único profesor que lo dictaba. De esto se aprovechaba para zarandear a todos los alumnos que eran de oposición, a los que le parecían  sospechosos y por último a los que no le gustaban.  Por eso es que al momento de sus clases había muchos rostros desconocidos, gente de otras bases, callados y pusilánimes. No había otra salida,  este profesor se había convertido en la base fundamental de los fachos. Estratégicamente colocado manejaba a su antojo a los alumnos.

Una vez que todas las pruebas estaban en su poder, las metió en su maletín y salió susurrando una canción  “Viva el APRA camaradas……que viva la  intelectualidad.”

sábado, 11 de febrero de 2017

"El Examen" ( Novela Misión Jericó)


Chanel

Al día siguiente Vincent dio fecha para el examen, expuso los temas que iba a tomar y deseó suerte a todos, entre comillas. Con la mirada firme se levantó de su asiento y dijo:

-¡Los que han faltado no se molesten en venir, porque ya están jalados! - causando malestar en muchos que murmuraban lamentándose- ¡Ahh me olvidaba! el 50 por ciento del examen es de las clases presénciales. Así que van a necesitar mucha suerte.
Apenas se fue,  medio salón se movilizó buscando cuadernos de las clases de Vincent, algunos señalaron a los magníficos como los únicos que habían asistido, sin faltar, un solo día. Esos días, fueron el grupo más solicitado del salón, aunque después empezaron las burlas. Horacio decía que eran tan formales que escribían la hora en que empezó a hablar y la hora en la que terminó. Algunos un poco más sarcásticos decían que en uno de sus apuntes escribieron cuantas veces Vincent se bostezaba.
-Jajá. Ja, ¡oye que graciosos! – Reía Jael- su apodo "los magníficos" es como los de la televisión, pero si ellos son tan tranquilitos.
-¡Por eso mismo mujer! – gritó Horacio- ¡Eh magníficos!, préstenme sus cuadernos. Todos soltaron la risa. Hasta el mismo Máximo, que siempre lucía serio.
Fito aprovechando el jolgorio se paró encima de su carpeta.
-¡Compañeros! – Dijo – que les parece si hacemos una fiesta de Bienvenida.
¡Ya cállate, tenemos que estudiar!- gritaron todos en coro.
Fito no se amilanó.
-¡Por eso mismo compañeros!, después del examen nos tiramos un relajo con cervecita y música chicha.
-¡Siii!, pero, ¿Dónde? –preguntó Chanel, entusiasmada por la idea.
Tito la contempló de pies a cabeza embelesado. Se desconcentró por unos instantes. Quizas quiso decirle algo halagador, pero se contuvo, dudó por unos segundos. Miró al salón, respiró profundo y respondió.
-¡En mi casa!
-¡No!…no, ¡otro lugar! – gritaron los muchachos.
-¡Ya!,…ya, que sea en Huachipa y no se me acaloren
-¡Nooo!- volvieron a gritar
-No quieren un lugar tranquilo con árboles, campo abierto y sol todo el día. ¡Ah¡ me olvidaba, los que quieran ir se me apuntan con cuatro soles para comprar cerveza y preparar la comida.

Chanel inmediatamente se levantó de su sitio dejando al grupo de Máximo desconcertados, sin saber qué hacer. Sonriendo se acercó a Fito, quien celebró su participación dándole un aplauso. Ella sólo lo miró, como si intuyera la atracción que ejercía sobre él. Le coqueteó con la mirada, le dio el dinero y se dio media vuelta. Máximo, el chino Octavio y Lulú, le siguieron como corderitos, después nos inscribimos nosotros: “los Alternativos”, con Horacio a la cabeza, que no cesaba de mirar a Chanel, igualmente embelesado. Siguiendo la fila aparecieron los magníficos y el resto del salón. La propuesta de Fito tuvo acogida.  (continuará...)

jueves, 2 de febrero de 2017

CONÓCETE A TI MISMO

No sé cuándo empezó esta práctica, pero desde que conocimos al Chino nos adiestró analizando actitudes, poses, gestos, frases, conversaciones de doble sentido. Casi diariamente, sin premeditar reflexionábamos después de cada clase, cuál clase de psicoanálisis, pero Alejandro no dejaba de estar inquieto, como si el tiempo se agotara.  
-Ahora que ustedes han empezado a analizar – dijo Alejandro- que tal si aprendemos un juego: “A que animal te pareces”. Por ejemplo si yo tuviese que compararme con un animal creo que elegiría al búho, porque se piensa de él que es paciente, sensato y  analítico, pero su debilidad está en su incapacidad para defenderse. 
"Así no se vale pues chino, ese era mi animal representativo", indicó Horacio, sonriendo picarescamente.
-¡No cholo! -dijo el curita -tú eres un canito, un perrito y no puedes cambiarte a última hora. ¡No puedes abandonar  tu personalidad!
-¡Y dale con Canito!, respondió Horacio,  sonriendo.
-¡Esto es serio muchachos! – los amonestó el Chino, calmadamente -  Ustedes tienen que abstraerse completamente de sus deseos y buscar no al animal que les gusta, sino al que tiene características como las suyas, y no en lo físico- miró al curita- sino en su personalidad. 
En realidad nos hizo batallar, yo por mi parte no acerté con ningún animal, a todos los descarté. El perro era símbolo de la fidelidad, el gato de la astucia, la rata de infidelidad, el caballo… era fiel y trabajador, no...No lo creo pensé. Más puedo pensar en aves; quizás el Águila constante y acertado. Al final no pude compararme con ninguno. Aunque  después me arrepentiría de no haberlo hecho .El Chino nos observaba sonriente “ya mucho piensan”  ¿Qué animal eres tú?- le preguntó a Jael.
-Bueno Chinito, te acuerdas que conversamos sobre esto y te dije que creía que soy una liebre, temerosa por momentos, dispuesta a huir al menor peligro; alguien  que  busca siempre una madriguera, un  refugio seguro.
-¡Muy bien!, -dijo el chino- comprendiste el juego.
-¿Tú Horacio?,
-¡Yo tiro la toalla!, no he podido abstraerme, chinito.
-Te gustaría que nosotros te analicemos
-¡Bueno! – Levantó sus manos – ¡qué más da!
Todos hablamos nadie se quedó callado, Horacio sólo nos miraba riéndose de cada cosa que decíamos hasta que al final acordamos que su animal representativo era el buey, por su fortaleza y constancia pero con una debilidad, su dependencia de alguien.
El curita como siempre evadió, primero Roberto dijo por ser el más alto. Entonces el chino mirándome de frente, me dijo, yo ya tengo a tu animal. Lo miré desconcertado, porque no pidió intervenciones, más bien con su acción inhibió a todos.
-¿Qué vas a hablar Alejandro? – le pregunté sonriendo y a la vez algo preocupado.
-Mira tú para mi eres un “San Bernardo”- se rio – porque eres grande, y manso. Todos festejaron con una tremenda carcajada. No me quedó otra que seguir la broma y reír aunque por dentro me molestó tal comparación. Pensé que esa era una mala estocada del chino, pero por qué delante de todos. Él sonrió y miró a Jael y entonces creí comprender el chiste pesado.
-Pero,  ¿qué de malo tiene  buscar la paz y menospreciar a la guerra? - arremetí
El chino dejó de reír.
- No entiendes todavía – enfatizó y agravó su voz – "conócete a ti mismo" deseas que tus enemigos conozcan tus debilidades para que hagan escarnio de ti, serías una presa fácil. En cambio si los reconoces,  potenciarías tus lados débiles y serías un adversario formidable para cualquiera. 
Todos se quedaron boquiabiertos. 
-¡Entiendan, no es juego, es nuestra vida! 

domingo, 29 de enero de 2017

La Agonía: "Misión Jericó"

LA AGONÍA DE JAEL
El curita se fue y el Chino nos llevó al "Vanesa", uno de los mejores restaurantes de la Ciudad Universitaria. Allí,  había  alumnos de casi todas las facultades. Y lo mejor de todo, nadie conocía a nadie. Apenas nos acomodamos en la mesa,  reconocí la figura de Jael en la puerta. No sé por qué, pero me alegró verla. Horacio igual sonrió y esperó que se sentara para abrazarla fuertemente.

- ¿Dónde has estado mujer que te hemos echado de menos? – preguntó Horacio- o te has juergueado toda la noche, sin invitarnos?
-¡Suéltame tosco! , replicó Jael, sonriendo- lo que pasa es que yo siempre me divierto sola y tú sabes ¿No,  Horacio?- le dio unas palmaditas en el brazo – lo matada que uno amanece al día siguiente.
-¡Ya, sin indirectas mujer! – Le cortó Horacio- ¿Cuando voy a una Fiesta loca?
-¿Perdón?– interrumpió  Jael – “de locas” querrás decir.
-¡Oye mujer yo no soy fácil!, menos para ir a cualquier fiesta, y no creas que te voy a invitar, sonrió
-¡No!,..¡Por favor!, ¡por favor…¡No!
-¡Bueno, esta conversación me dio hambre! - Horacio se frotó las manos , nos miró sonriendo.
-¡Tengo hambre!,  vamos chinito a traer la comida.
Me quedé solo con Jael.
- ¿Qué te pasa? – Le pregunté – tus ojos están hinchados, parece que has llorado. Soltando una pequeña sonrisa movió las manos desordenadamente, algo nerviosa.
- ¡Ay!, ¿te parece?, no creas todo lo que ves - Volvió a sonreír, evadiendo la pregunta, mostrando una mirada tierna y fresca.
-¿Cómo está tu familia?
-¡Me parece que todos bien!
-¿No te comunicas con ellos?
-Casi no
-¿Por qué esa falta de comunicación?
-¡Mi padre! – Respondió y sus ojos se nublaron, sacó un pañuelo y secó cada una de las lágrimas que cayeron sobre su rostro. 
- ¡Ay mi papá!, él piensa que todos debemos  aprender a vivir solos para triunfar por nosotros mismos. Desde el mayor de mis hermanos hasta yo que soy la penúltima, hemos emigrado de casa con una mano adelante y la otra atrás, con una lista de consejos que lo tengo bien grabado en mi cabeza.
-¿Y tu mamá?  - interrumpí - ¿está de acuerdo?
-Ella, es una mujer noble, del tipo de mujeres obedientes al marido, de las que callan  y soportan todo sin protestar.
-¿Y tus hermanos?
-Ellos también salieron de casa a buscarlas.
-¿Pase lo que pase? - pregunté
-¡Si! – Contestó- es duro salir de casa y no conocer a nadie, porque cuando necesitas, te das cuenta que estás sola – prorrumpió en llanto.
-¿Te ha pasado algo?
-No….no, nada. Solo que aún me cuesta adaptarme a esta situación.
Mientras se secaba las lágrimas observé su rostro, delgado,  una nariz perfilada, adornada por unos ojos negros, ovalados y grandes. Un  cabello ondulado y corto cubría su frente. Su rostro  era como muchas mujeres, pero tenía un espíritu tan sencillo y tierno que guardé en mi corazón mucho aprecio hacia ella, pero supe que algo grave  sucedía y no quería contarlo.
-¡ Llegamos! -dijo Horacio- cargando una fuente de comida, detrás le seguía el Chino con otra fuente de tazas de café.
-¿Qué pasó con  Jael?- me interrogó el chino algo molesto.
-Nada le respondí- sólo conversábamos.
-Seguro que has estado haciendo tus preguntas existencialistas
-¡Ya chinito calma, calma! – me guiñó el ojo Horacio- tu sabes que las mujeres lloran por cualquier cosa.

-¡Si! , Alejandro siéntate  por favor – sonreía Jael, mientras  lo cogía de la mano obligándolo a sentarse a su lado. Un poco sonrojado se sentó y después, todos almorzamos sin más comentarios.

jueves, 12 de enero de 2017

Mía: El detonante. Novela Misión jericó

Conociendo a Mía


El chino se abocó a la tarea de acercarse a  los demás, nunca descalificaba a nadie, pensaba que todos tenían un don para explotarlo, se dedicó en reconocer a cada uno y llamarlos  por su nombre y puso su mira en el grupo de "los magníficos", como así los apodó Octavio para burlarse de ellos, porque eran los más callados. Tarea difícil, porque apenas si saludaban y no porque
eran indiferentes, sino temerosos. Siempre se sentaban juntos, salían juntos y hablaban entre ellos, tan bajito que despertaba  la curiosidad cuando uno de ellos, reía a carcajadas. Siempre pensó en cómo incluirlos en un taller de comunicación.
-"Despertarlos "-esa era su frase- la única forma de no caer en la desesperación subversiva es saber hacer algo.
Pronto apareció Mía, que  por su esbelta figura, causó suspiros, la recuerdo  caminando por los pasadizos, acercándose a todos sin temor, pecando de ingenua, cuando preguntaba algún tema que desconocía,  siempre  indagando, junto a Jael. Ella más adelante sería el detonante de una serie de eventos que se salieron  de control, afectando a todos en el salón, de tal manera que hasta el día de hoy se siente un sabor amargo.
Ese día Mía lucía radiante con una blusa manga cero y un pantalón jean ceñido, usaba unos zapatos de taco tres que le daban un aire de modelo. Su rostro ovalado, tez clara y ojos cafés, con cerquillo sobre su frente resaltaban la belleza peruana. 
-¿Por qué les dicen a ustedes los alternativos? -nos abordó acompañada de Jael, mientras  conversábamos en el pasadizo.
A mí me sorprendió, ya que no todos conversaban con nosotros y menos de esos temas. A primera vista me pareció muy ingenua, mis amigos lo tomaron como una broma y sonrieron.
-¡Ya pues, chicos no estoy bromeando!- dijo- ya averigüé que significa “facho”.
-¿Si?- respondió el chino intrigado – y ¿qué significa?
-Primero respondanme  ustedes y después yo.
-¡Pero mujer! -respondió Horacio - ¡No te das cuenta que ese es un insulto para nosotros!
-Déjame hablar, señor Canito - sonrió el curita mirando embelesado a Mia, quien además era más alta que él por unos diez centímetros.
-¡Te dije que no me digas Canito, por favor! - respondió Horacio risueño, algo acongojado más no molesto.
El curita sonreía, igual que Mía que los observaba encantada. 
- ¡Vamos a ver, señorita!, pues – se irguió, tratando de igualarla  en altura y con voz solemne, casi impostada replicó.
 – Bueno- sonrió- Los alternativos creen  que esta sociedad no debe ser cambiada radicalmente como opinan las facciones violentistas, sino que existen otras formas de concertación que pueden cambiar el sistema. ¿Entiendes o quieres que me explaye más? El chino que escuchaba atento, sólo asentaba afirmativamente con la cabeza, con una sonrisa cómplice.
-¡Por favor me acabas de dar una clase magistral! -Interrumpió Horacio - pareces un catedrático, ¡hombre!
-¡Pos hombre! ¡Que cuando uno es bueno, por todos lados lo demuestra!.
-¡Ya chicos!, mejor los dejo solos.
 Mía cogió a Jael del brazo y se retiró, contoneándose, provocando la mirada de todos los alumnos en el pasillo de comunicación.  El curita al ver que se iba, sólo susurró en voz baja :
- “¡Adiós preciosura!”.
Todos sonrieron.

El chino empezó a frotar sus lentes, mientras nos miraba uno a uno, siempre lo hacía cada vez que necesitaba concentrarse en algo.
- ¡Aja!- decía- mientras meditaba.
Sabía que algo tramaba, pero no sabía qué.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Annie: "El corazón del salón" ; de la novela "Misión Jericó"


Annie

Jael estaba en otro de los grupos, que Vincent había formado y su jefe de grupo hacía las reuniones en la casa del mismo profesor. Allí, no había disensiones, ni debates y mucho menos intercambio de opiniones, todos se limitaban a oír  y escribir. De cuando en cuando, aparecía el profesor para enfatizar más un tema, así su labor concientizadora quedaba perfecta. Su casa era como un  centro de adoctrinamiento, ubicado en una de las mejores zonas de Lima: San Borja. ¿Quién lo diría? y mucho más ¿quién podría imaginarlo? Casi todos hablaban de esas reuniones en la casa del profesor, de los cafecitos y libros; de fotografías de Cuba. Muchos se sentían no sólo alumnos, sino compañeros y aún más “camaradas”. Para ellos el profesor era un profeta, un líder indiscutible, a quien muchos preferían como amigo, antes que enemigo. El día que tomaron el decanato, él estaba allí, dando instrucciones a Orlando y a Willy. Les pedía que hagan un inventario de todos los objetos del lugar.
“¡De nada tienen que acusarnos, nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados, sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se  presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos era la meta. Eso significaba que había un plan organizado  desde antes que se iniciaran las clases y cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada  Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola,  pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.

-¡Debemos esperarla, ayudarla a subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
 Así  lo hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre, no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco  todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé  el bosque de letras, temí que nadie la ayudara y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los Hidalgos: Capítulo 2


A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
“¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver  unos costalillos,  testigos mudos  de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
‑ ¡Vienen unos perrazos!, con un  alemán a caballo, debemos escapar!
‑ ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que  miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron  que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres! 
 A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
(Continuará)