Conociendo a Mía
El chino se abocó a la tarea de acercarse a los demás, nunca descalificaba a nadie, pensaba que todos tenían un don para explotarlo, se dedicó en reconocer a cada uno y llamarlos por su nombre y puso su mira en el grupo de "los magníficos", como
así los apodó Octavio para burlarse de ellos, porque eran los más callados. Tarea difícil, porque apenas si saludaban y no porque
eran indiferentes, sino temerosos. Siempre se sentaban juntos, salían juntos y hablaban entre ellos, tan bajito que despertaba la curiosidad cuando uno de ellos, reía a carcajadas. Siempre pensó en cómo incluirlos en un taller de comunicación.
El chino se abocó a la tarea de acercarse a los demás, nunca descalificaba a nadie, pensaba que todos tenían un don para explotarlo, se dedicó en reconocer a cada uno y llamarlos por su nombre y puso su mira en el grupo de "los magníficos", como
así los apodó Octavio para burlarse de ellos, porque eran los más callados. Tarea difícil, porque apenas si saludaban y no porque eran indiferentes, sino temerosos. Siempre se sentaban juntos, salían juntos y hablaban entre ellos, tan bajito que despertaba la curiosidad cuando uno de ellos, reía a carcajadas. Siempre pensó en cómo incluirlos en un taller de comunicación.
-"Despertarlos "-esa era su frase- la única forma de no caer en la desesperación subversiva es saber hacer algo.
Pronto apareció Mía, que por su esbelta
figura, causó suspiros, la recuerdo caminando por los pasadizos, acercándose a
todos sin temor, pecando de ingenua, cuando preguntaba algún tema que desconocía, siempre indagando, junto a Jael. Ella más adelante sería el detonante de una serie de eventos que se salieron de control, afectando a todos en el salón, de tal manera que hasta el día de hoy se siente un sabor amargo.
Ese día Mía lucía radiante con una blusa manga cero y un pantalón jean ceñido, usaba unos zapatos de taco tres que le daban un aire de modelo. Su rostro ovalado, tez clara y ojos cafés, con cerquillo sobre su frente resaltaban la belleza peruana.
-¿Por qué les dicen a ustedes los
alternativos? -nos abordó acompañada de Jael, mientras conversábamos en el pasadizo.
A mí me sorprendió, ya que no
todos conversaban con nosotros y menos de esos temas. A primera vista me
pareció muy ingenua, mis amigos lo tomaron como una broma y sonrieron.
-¡Ya pues, chicos no estoy bromeando!-
dijo- ya averigüé que significa “facho”.
-¿Si?- respondió el chino intrigado
– y ¿qué significa?
-Primero respondanme ustedes y después yo.
-¡Pero mujer! -respondió Horacio - ¡No
te das cuenta que ese es un insulto para nosotros!
-Déjame hablar, señor Canito
- sonrió el curita mirando embelesado a Mia, quien además era más alta que él por unos
diez centímetros.
-¡Te dije que no me digas Canito,
por favor! - respondió Horacio risueño, algo acongojado más no molesto.
El curita sonreía, igual que Mía que los observaba encantada.
- ¡Vamos a ver, señorita!, pues – se irguió, tratando de igualarla en altura y con voz solemne, casi impostada replicó.
– Bueno- sonrió- Los alternativos creen que
esta sociedad no debe ser cambiada radicalmente como opinan las facciones
violentistas, sino que existen otras formas de concertación que pueden cambiar
el sistema. ¿Entiendes o quieres que me explaye más? El chino que escuchaba
atento, sólo asentaba afirmativamente con la cabeza, con una sonrisa cómplice.
-¡Por favor me acabas de dar una
clase magistral! -Interrumpió Horacio - pareces un catedrático, ¡hombre!
-¡Pos hombre! ¡Que cuando uno es
bueno, por todos lados lo demuestra!.
-¡Ya chicos!, mejor los dejo solos.
Mía cogió a Jael del brazo y se retiró,
contoneándose, provocando la mirada de todos los alumnos en el pasillo de comunicación. El curita al ver que
se iba, sólo susurró en voz baja :
- “¡Adiós preciosura!”.
Todos sonrieron.
El chino empezó a frotar sus lentes, mientras nos miraba uno a uno, siempre lo hacía cada vez que necesitaba concentrarse en algo.
- ¡Aja!- decía- mientras meditaba.
Sabía que algo tramaba, pero no sabía qué.






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