domingo, 29 de enero de 2017

La Agonía: "Misión Jericó"

LA AGONÍA DE JAEL
El curita se fue y el Chino nos llevó al "Vanesa", uno de los mejores restaurantes de la Ciudad Universitaria. Allí,  había  alumnos de casi todas las facultades. Y lo mejor de todo, nadie conocía a nadie. Apenas nos acomodamos en la mesa,  reconocí la figura de Jael en la puerta. No sé por qué, pero me alegró verla. Horacio igual sonrió y esperó que se sentara para abrazarla fuertemente.

- ¿Dónde has estado mujer que te hemos echado de menos? – preguntó Horacio- o te has juergueado toda la noche, sin invitarnos?
-¡Suéltame tosco! , replicó Jael, sonriendo- lo que pasa es que yo siempre me divierto sola y tú sabes ¿No,  Horacio?- le dio unas palmaditas en el brazo – lo matada que uno amanece al día siguiente.
-¡Ya, sin indirectas mujer! – Le cortó Horacio- ¿Cuando voy a una Fiesta loca?
-¿Perdón?– interrumpió  Jael – “de locas” querrás decir.
-¡Oye mujer yo no soy fácil!, menos para ir a cualquier fiesta, y no creas que te voy a invitar, sonrió
-¡No!,..¡Por favor!, ¡por favor…¡No!
-¡Bueno, esta conversación me dio hambre! - Horacio se frotó las manos , nos miró sonriendo.
-¡Tengo hambre!,  vamos chinito a traer la comida.
Me quedé solo con Jael.
- ¿Qué te pasa? – Le pregunté – tus ojos están hinchados, parece que has llorado. Soltando una pequeña sonrisa movió las manos desordenadamente, algo nerviosa.
- ¡Ay!, ¿te parece?, no creas todo lo que ves - Volvió a sonreír, evadiendo la pregunta, mostrando una mirada tierna y fresca.
-¿Cómo está tu familia?
-¡Me parece que todos bien!
-¿No te comunicas con ellos?
-Casi no
-¿Por qué esa falta de comunicación?
-¡Mi padre! – Respondió y sus ojos se nublaron, sacó un pañuelo y secó cada una de las lágrimas que cayeron sobre su rostro. 
- ¡Ay mi papá!, él piensa que todos debemos  aprender a vivir solos para triunfar por nosotros mismos. Desde el mayor de mis hermanos hasta yo que soy la penúltima, hemos emigrado de casa con una mano adelante y la otra atrás, con una lista de consejos que lo tengo bien grabado en mi cabeza.
-¿Y tu mamá?  - interrumpí - ¿está de acuerdo?
-Ella, es una mujer noble, del tipo de mujeres obedientes al marido, de las que callan  y soportan todo sin protestar.
-¿Y tus hermanos?
-Ellos también salieron de casa a buscarlas.
-¿Pase lo que pase? - pregunté
-¡Si! – Contestó- es duro salir de casa y no conocer a nadie, porque cuando necesitas, te das cuenta que estás sola – prorrumpió en llanto.
-¿Te ha pasado algo?
-No….no, nada. Solo que aún me cuesta adaptarme a esta situación.
Mientras se secaba las lágrimas observé su rostro, delgado,  una nariz perfilada, adornada por unos ojos negros, ovalados y grandes. Un  cabello ondulado y corto cubría su frente. Su rostro  era como muchas mujeres, pero tenía un espíritu tan sencillo y tierno que guardé en mi corazón mucho aprecio hacia ella, pero supe que algo grave  sucedía y no quería contarlo.
-¡ Llegamos! -dijo Horacio- cargando una fuente de comida, detrás le seguía el Chino con otra fuente de tazas de café.
-¿Qué pasó con  Jael?- me interrogó el chino algo molesto.
-Nada le respondí- sólo conversábamos.
-Seguro que has estado haciendo tus preguntas existencialistas
-¡Ya chinito calma, calma! – me guiñó el ojo Horacio- tu sabes que las mujeres lloran por cualquier cosa.

-¡Si! , Alejandro siéntate  por favor – sonreía Jael, mientras  lo cogía de la mano obligándolo a sentarse a su lado. Un poco sonrojado se sentó y después, todos almorzamos sin más comentarios.

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