Después de clase, el chino
Alejandro propuso una reunión con el nuevo
grupo que se había formado. Todos se reunieron en el patio de Letras.
Alejandro, el curita contó un chiste de
curas y todos rieron, había rotó el
hielo. Después las bromas iban de aquí para allá. Mirna como única mujer del
grupo se sonrojaba.
-Chicos ya basta, hablemos sobre
la reunión - dijo algo incomoda.
-Reunión ¿cuál reunión?, -
bromeó Horacio – nosotros nos vamos de
juerga
Todos celebraron la broma. Mirna
frunció las cejas y torció su boca.
Pues yo
me tengo que ir- agregó enfadada.
Iba a apaciguar, pero lo más
prudente fue cambiar la conversación.
-¿Alejandro qué hacemos? -le
dije.
El chino que se había mantenido
callado, dijo: ¡Vamos a almorzar!
Ninguno esperaba comer en la
calle, muchos estábamos esperanzados en llegar a casa con la familia. Además
como estudiantes no teníamos dinero suficiente para un menú. El curita propuso
el comedor universitario. Allí la comida era gratis pero no daba confianza, muchos le decían “la muerte lenta”.
Horacio que ya había entablado confianza lo miró asombrado.
-No te pases pues cholo, no
quiero morir ¡me necesito!
El curita sonrió: ¡Nos
necesitamos!- le recalcó y ambos rieron.
Después de esperar las propuestas
-¿Qué les parece la Universidad
Católica?- sugirió Alejandro- Allí
también sirven comida cómoda.
Todos aceptamos y entre broma y
broma nos dirigimos por la avenida universitaria hasta que llegamos a la
universidad Católica. Era diferente a la nuestra, sin pintas, ni banderas,
cubierta de árboles y de mucha tranquilidad. Desde que entramos percibimos una fragancia distinta y un viento
fresco que se arremolinaba sobre nuestras cabelleras. Aquel lugar nos embriagó.
Los muros y pisos lucían limpios con una tibieza y suavidad, como si aún nadie
las hubiese tocado. Los estudiantes se confundían con el lugar como si fueran
parte del panorama. Sentí mucho placer, me gustaba el verdor de los pastos y
sus plantas bien cuidadas. Las muchachas
eran lindas y se sentía un ambiente de mucha tranquilidad.
¡Aquí imperan los fascistas!- desperté de mi meditación y
busqué a Mirna quien, tapándose la boca, sonrió. Pensé que sólo a mí me había molestado
sus palabras, pero fue a todos. Ella sólo atinó en justificarse.
-Vincent lo dijo así, aquí sólo
hay gente blanquita y de plata.
Acaso Vincent no es también un
blanquito, pensé.
-Pero, mujer ¿qué te han hecho
los blanquitos, u odias a la lejía?, -sonrió Arturo, que a pesar de su tez
blanca no se sintió aludido.
-Ay, mujeres para que las quiero-
exclamó Horacio, moviendo su cabeza negativamente, mirándome y diciéndome entre
señas: “¡Te lo dije!”.
El chino sólo observaba, por su
mirada y su risa sarcástica, noté que
había desaprobado la opinión de Mirna.
Yo en cambio sentí en ella un
resentimiento, que acertadamente nuestro profesor de teoría había despertado y
tuve miedo de pensar que él no era sólo
un loco visionario, sino alguien que incidía de forma real y lo que nos
decía diariamente tal cual un disco
rayado, había calado nuestra conciencia. Sentí miedo por primera vez de mis pensamientos,
porque también culpaba a esa clase blanca retrograda, dueños del Perú, clasista
y racista.
-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé.
¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió
esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por
ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en
contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada
clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él
se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas.
Luchaba solo y no tenía amigos.
El curso de teoría de la
comunicación se volvió en un “tira y jale” donde el profesor sólo atinaba en
criticar y mofarse lanzando estocadas
verbales, que dañaran a su enemigo, buscando la arremetida fatal. El fin era
destruir cada uno de sus argumentos, ridiculizándolo ante el salón, pero por el
contrario, levantó la imagen del chino más y más cada día. Su juego destructivo
realzó la presencia de Alejandro en el
salón. En realidad, desde que llegaron Alejandro y el curita las clases se
volvieron interesantes y realmente se aprendía. Había una lucha de conceptos e
ideas que no sólo se producía en el salón, sino al parecer en todas las aulas
de la Escuela o quizás en toda la
Universidad, pero al parecer iba más allá posiblemente en todo el país y es que ante la escalada
terrorista que atacaba en las provincias y zonas muy alejadas de las ciudades,
se levantaba una propuesta diferente de cambio del sistema, sin usar la
violencia radical.
En las horas libres mientras
leía, se acercó a mi carpeta una chica de buen parecer, pero de mirada triste.
- Oye compañero – dijo ella -
¿Estás al día en teoría?
-Si – le respondí
-Préstame, no seas malito, ¡por
favor! , ¡por favor!, ¿sí?
-¡Ya está bien! no seas impaciente–
me agradó su espontaneidad para pedir
Horacio que estaba atento a sus
suplicas expresó en voz alta
-¡Carambas está mujer sí que
tiene prisa!
-¡No!, no vayas a pensar mal, he
faltado tanto que temo repetir este curso ¿comprendes no? Sonrió, mostrando una
sonrisa diáfana y dulce.
-Me llamo Jael y ¿Ustedes?
Yo soy Starsky -dijo Horacio, y
él señalándome- es Hutch.
Todos sonreímos
-Como los de la serie policial- dijo
Jael- mientras sonreía.
Desde aquel día, ella se sentó
junto a nosotros, por momentos volteaba y me encontraba con su mirada, sus
ojeras le daban un aire melancólico, casi podría decir desencajado. Como si
estuviera enferma o tuviera una profunda tristeza.
-¡Oye, tú te jaraneas de noche y
descansas en clase! - reía Horacio, mientras que yo sólo atinaba en recordar
que esa misma mirada lánguida la había visto en Toña, una minusválida del salón
que a duras penas se sostenía en sus dos muletas. Lo había visto también en
muchos alumnos que deambulaban por la universidad, meditabundos, aislados, como
si fueran prisioneros de sus pensamientos, muchos de ellos cargaban libros
viejos, de bibliotecas caducas de la época del 50, que fueron retenidos en San
Marcos.
Recuerdo las mañanas
frías con lloviznas copiosas que mojaban mi rostro, mientras caminaba
por el bosque de letras. San Marcos había despertado como un gigante empapado. Aquella mañana me sentí libre, alce
mi rostro hacia el cielo y sentí una a una
las gotas. Respiré profundamente y un fuerte olor a humedad llenó por completo
mis pulmones. Estaba vivo, sentí un gozo tan profundo , aunque por unos minutos fue suficiente medicina para
subir las escaleras hacia la Escuela de comunicación, sin sentirme deprimido.
Una de las puertas del salón estaba abierta y desde allí observé a mis compañeros completamente silenciosos. Vincent
había llegado. Busqué la puerta trasera y empuje lo más suave que pude para no
hacer ruido, pero el profesor me vio, levanté mis cejas y susurré un: buenos días casi silencioso para no
incomodar a nadie, pero él no respondió. Sin tomarme en cuenta prosiguió
hablando. Busqué un lugar en los asientos de atrás y me senté.
-Muy bien – dijo, en tono ceremonial – de ahora en
adelante sólo les voy a dar temas para que ustedes los analicen, los
desarrollen profundamente y critiquen. No hay prórroga para la presentación de
los trabajos. Los temas son los siguientes. Mientras él dictaba varios títulos,
aproveché para acercarme a Horacio y preguntarle.
-¿Qué pasa?
-¡Tenemos que buscar un grupo,
Cholo!- me respondió alzando y moviendo sus manos desesperado – y debemos ser
sólo cinco.
Ese instante no vacilé, como un
relámpago busqué con la mirada al curita, al chino Alejandro y a Mirna y le propuse a Horacio convocarlos al grupo.
Desde mi asiento observé cuando se acercó a Alejandro y como trataba de
convencerlo, moviendo sus manos y sonriendo constantemente, mientras que este, impávido sólo escuchaba. De Mirna y
Alejandro me encargué yo, ellos sin pensarlo dos veces, aceptaron. Después de unos minutos Horacio
regresó.
-¡Ese chino sí que me ha hecho
sufrir, pero al final cayó! aunque no debiste escoger a Mirna, no te das cuenta
que cae quaker, se cree la muy intelectual por uno cuantos libros que leyó
-Puede ser -le dije dudando de mi
selección – pero ella sabe sobre marxismo y además estudia derecho en otra
universidad.
-¡Peor pues, no va a tener tiempo
para las reuniones!- interrumpió Horacio.
-Ella me dijo que si podía, Hay
que darle una oportunidad.-le respondí
Levantó los hombros y alzó las
manos, conformándose.
- No creo que se
deba cambiar el sistema, ¿sabe?, creo que existen medios alternativos que
pueden transformar nuestra sociedad sin llegar a la violencia, porque allá
desde los arenales hay gente que está
trabajando día a día para cambiar su realidad, esforzándose, agrupándose y formando
centros comunales, comedores,... – mientras él hablaba, el profesor se acercó a
su carpeta con su rostro burlón y después optó por una mirada sarcástica y
despectiva. Vincent astutamente miraba a cada uno de los amigos de Máximo y
movía negativamente su cabeza, buscando que ellos desaprobarán el comentario. El nisei se dio
cuenta pero no dejó de hablar, su rostro por el contrario se enrojeció por
completo como un tomate a punto de reventar. Sus manos empezaron a temblar igual que sus labios, pero aun así el continuaba impávido.
-¿Usted no cree
en la sabiduría del pueblo? -Preguntó el nisei, al profesor obligándolo a que
preste atención a lo que manifestaba - o
piensa que ¿sólo una élite debe dominar
el sistema? Y si así fuera, como lo imagino, usted es de los que piensan que la gente es incapaz de
resolver sus problemas y auto gobernarse. ¿No le gustaría por lo menos
interesarse en lo que ellos quieren?
Porque aunque usted no lo crea, si se puede.
-“¡Ya
basta!”, replicó el profesor – ya sé lo
que tú eres, un populachero alternativo que piensa en educar al pueblo. Eso es
ser necio y yo creo que usted no lo es, sino estaría fuera de mi clase -Corrió
hacia la puerta y la abrió con fuerza- Todos callaron, el salón entero enmudeció de miedo.
-¿Por qué? – preguntó
Alejandro, porque discrepo de sus ideas.
-¡Acaso no es
necesario que todos entiendan que hay otras alternativas!
-¡No!, -gritó,
reparó por unos segundos, se controló y habló despacio- alumno.
Bajo su tono de
voz, ante la mirada asombrada del salón.
-¡Ya entiendo,
porque has venido! - sonrió lo miró fijamente a los ojos amenazadoramente. El
chino trató de argumentar pero él le interrumpió, levantó sus manos en alto y tocó
su cabeza, retrocedió lentamente hasta que llegó a su pupitre.
-¡Calma Alumno!, no te incomodes,
tendrás más tiempo para seguir argumentando. Por hoy mi clase acabó- bajó el
tono de voz, cogió su maletín y desatendiendo toda réplica de Alejandro, se
acercó a Máximo y su grupo y los miró, inmediatamente ellos intervinieron, como si estuviesen
preparados para salvar inconvenientes, cínicamente le suplicaron al chino a que
no insista.
Aquella mañana, después del
altercado, simpaticé con el nisei igual que con el curita,
veía en ellos tanta firmeza en sus opiniones, que me animaron a defender mis
criterios a capa y espada, aunque siempre terminaba cediendo. Pero la mayor
parte de la clase llegó a admirar sus intervenciones, su posición no violenta,
sino persuasiva de pactos y
conciliaciones, que marcaron en las mentes de todos en el salón una
posición aun no conocida: “La Alternativa”,
como así denominó despectivamente
Vincent a Alejandro. Y no sólo él, sino que todos los pupilos del profesor,
dirigidos por Máximo, que lo miraban con
desprecio, desde ese día. Sentados siempre en las primeras carpetas, ni
siquiera se comunicaban con el resto del salón, habían formado un grupo tan
cerrado, desde donde mandaban indirectas o se burlaban de aquellos a
quienes el profesor les hacía mofa. Eran
los adulones, los que estaban dispuestos para servir. Los que se sacaban
“20” en los exámenes, la más alta
calificación.
Así siguieron
las clases, preparándonos como aprendices de intelectuales revolucionarios,
futuros asqueados del sistema imperialista, como diría Máximo, sólo que en mi
producía lo contrario. Sentía melancolía, anhelaba otras cosas, quería
ser un profesional de éxito, con un trabajo bien remunerado, una esposa linda y
amorosa, una casa propia, hijos que me abrazaran al llegar del trabajo. Todos esos
sueños se bloquearon ante la realidad de la universidad, llena de pintas en las
paredes con frases refritas que llamaban a la violencia y el deseo de destruir.
Allí la muerte era más preciada que la propia vida.
“Muerte a los
traidores”, “Viva Gonzalo”, “Con las armas al poder”
Aquí nadie
defendía a nadie, no había familia, ni policías, por último ni el
gobierno, sólo tú y tu deseo de
sobrevivir.
Habían llegado a
tal punto los dogmas en las clases que nadie se atrevía en contradecir a los
profesores. Todos hacían un voto de silencio hasta que un comentario, quizás no previsto, atacó a la
iglesia.
-Marx lo dice
aquí la iglesia es el opio del pueblo y escuchen con mucha atención compañeros
– se acercó lentamente al pupitre del chino Octavio, y respirando hondo habló,
como si se tratara de un secreto.
“Y esto no es de
investigaciones concienzudas, sino de observar la realidad, pero desde que
existe la religión lo único que ha creado es conformismo y pobreza”.
-¡Que rayado!, ¿Cómo puede decir tantas estupideces?- escuché tras de mí. Lo que me dejó
perplejo, había alguien que no pensaba igual e inmediatamente miré hacia atras y vi a un nisei. No era
Octavio. Era diferente, usaba lentes gruesos y era algo regordete, de pequeña
estatura; Parecía de más edad que el resto de los alumnos del salón. Pensé que
si protestaba levantaría su mano para refutar, aunque, ¿Habría uno capaz de
hacer eso? El grosor de sus lentes me hizo compararlo con un ratón de
biblioteca y supuse que era muy inteligente, pero hasta donde llegaría su
audacia para contradecir a Vincent. En ese momento otra voz despertó mi
interés, era un alumno a quien tampoco, había percibido antes, y es que faltaba
mucho a las clases. Tenía la mano levantada y por la firmeza con la que
sostenía el brazo, me dio la impresión que tenía mucha seguridad en lo que iba
a hablar. Apenas el profesor le cedió la
palabra, Alberto como así se llama, dijo con un acento españolizado: “Sepa
Usted profesor que la Iglesia Católica mantiene en sus bases un movimiento
progresista, laico que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados, pero
no desde un punto de vista asistencialista, sino desde una labor
concientizadora que desarrolla la reflexión de su propia praxis y otra vez la
reflexión, ¿entiende? Tratamos de transformar para vivir mejor”. En el salón se
sintió un remezón de murmullos y cuchicheos. Nadie había refutado a Vincent,
mucho menos en sus aseveraciones sobre
Marx. El profesor escuchó boquiabierto y es que en realidad Alberto parecía un
alumno de los últimos ciclos. Ante la defensa tan bien presentada, sólo atinó
en loar su intervención, pero recalcó
- “Muchos grupos
católicos tienen buenas ideas, pero no
se olviden que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”. Salió
airoso con un chiste y afortunado porque el salón celebró sus palabras y su
imagen no se dañó, al parecer se fortaleció. Aunque Máximo no salió tan bien,
con la mano levantada y el rostro fiero, casi agresivo, se paró de un salto y
dijo en tono rabioso.
- ¡Compañeros!,
la Iglesia no es por nada que la llaman el opio del pueblo, porque es una
plataforma que los poderosos usan para adormecer al pueblo y contentarlo con la pobreza. Es una institución servil de los imperialistas y por lo tanto un
enemigo del pueblo.
Miró a todos
enojado, buscando la aprobación, las venas de su rostro sobresalían cuando a pedido del profesor, quien
le cortó, tuvo que sentarse.
-No levantemos
más polvo con la iglesia- le susurró al oído y le dio unas palmadas en la
espalda.
-¡Por fin se
calló ese perro rabioso!- escuché un cuchicheo y burlas. Máximo que había
escuchado, respondió con una mirada amenazante, pero como no sabía de donde
provenían las mofas, dejo de buscar.
Esa mañana, después de mucho tiempo percibí unos minutos de libertad en la clase y amé la
sabiduría y la locuacidad. Me admiró esos conocimientos que manejaban algunos
muchachos. Eran temas que muchos de ellos lo vivían en carne propia y que de alguna manera lo
habían conceptualizado hasta hacerlo casi una teoría, bien fundamentada. Alberto
se ganó el apelativo del “curita”, por su tono españolizado, su intervención animó
a otros a participar. Vincent, desconfiado miraba y provocaba al nisei
regordete de lentes gruesos, que aparentaba más edad que el resto de la clase,
presentía o sabía algo de él que el resto del salón no lo sabía y quería
exponerlo en la clase como hacía con todos los que le parecían espías. Lo
invitaba a discutir con la mirada y con sus gestos, hasta que un día el nisei
habló. (Continuará...)
Estas
situaciones me producían incertidumbre. Por momentos sentía que mis
sueños de destacar como estudiante se desvanecían en las paredes de la
Universidad, acompañado de gente
indiferente como los que me enseñaban, salvo Vincent, que parecía
distinto.
Las clases
continuaban y muchos profesores entraban y salían de las aulas. Existía un
curso de Materialismo dialéctico que mantenía a todos silenciosos, más que en
las clases de Vincent. Sin hacer ningún ruido todos copiaban lo que el profesor
dictaba. Las bancas del fondo increíblemente estaban vacías. Hasta los más
dormilones permanecían atentos. Había llegado tarde, pero eso no le importaba
al profesor, ni siquiera respondió mi saludo. Me acerqué a Horacio, que copiaba
afanosamente.
Cállate cholo,
no ves que no se le escucha nada- recitó. Me causó risa su ansiedad por copiar.
Al poco rato, el profesor sacó un pañuelo para atenuar un estornudo. Eso me dio
tiempo y le pregunté.
-¿Por qué habla
tan bajito?
-Es la técnica
de si quieres atiendes o si no te vas al ¡carajuu...! Sonreí, la expresión de su rostro y la frase
esforzada, prorrumpieron en una carcajada suave, sin poder evitarlo. Todos en
el salón repararon en nosotros. Sentí como que amonestaban todo expresión de
alegría. Octavio, un nisei nos miraba como compadeciéndonos, como si diría “maduren muchachos”. El Sobón de Máximo
movía su cabeza censurándonos cruzando miradas cómplices con el nisei. Ambos
eran los “ayayeros” de Vincent, los que atendían cualquier pedido del profesor
y se desesperaban para que esté cómodo en la clase. Pero no sólo era con Vincent,
sino con todos aquellos profesores que estaban dentro de la línea de denuncia y
de tratar a los Medios desde un punto de vista marxista. Demás está decir, que
también eran amigos de Vincent. En ese entonces me parecían triviales sus
afrentas, y no los tomaba en cuenta. Horacio se había vuelto un buen amigo,
quizás el único con el que se podía conversar sin tener que discutir sobre el
marxismo o la situación crítica de País,
tampoco mediamos verborrea para ver quién de los dos era más intelectual
que el otro. Hablábamos de todo y sobre todo de chicas, aunque no todas las
chicas de la Universidad eran atractivas, muchas eran de corte intelectual, ustedes ya saben; con
lentes, y una verborrea aplastante de biblioteca. Horacio usaba siempre jeans, polos de colores y un collar alrededor
del cuello, así como brazaletes de tela con
motivos incaicos.
Su cabello arreglado todo para atrás, estaba de acuerdo
con la moda de los ochenta, como John Travolta de la película “Saturday nigth fever”. Era raro verlo
con la misma ropa al día siguiente. Cuidaba mucho su apariencia personal. Era
algo fornido y de estatura mediana, algo como un metro sesenta y cinco. El así
como Celine sufrían mucho a la hora que los profesores hablaban de la alienación y de la seducción de la
publicidad en los jóvenes. Aunque Celine
a pesar de ser una pituquita de la Molina,
a desventaja de Horacio, estaba en el grupo de Vincent. Después de cada
clase el profesor conversaba con Máximo a quien lo habían nombrado delegado del
salón. Junto a ellos estaba el chino Octavio, Betty y Celine, quien con su sola
sonrisa atraía a todos en la Escuela. Allí estaban ellos dialogando, Vincent era
el centro de atención por su altura, era más fácil de distinguirlo, además que
era el que más gesticulaba cuando hablaba.
Sus reuniones se
volvieron muy frecuentes y se rumoreaba que el profesor había creado un taller
de estudio con un grupo muy selecto del salón y que las sesiones eran en su casa.
Debido a eso, el grupo de Máximo era el único que participaba, mientras que el
resto sólo escuchaba. Ese grupo parecía una réplica del profesor de teoría,
ninguno objetaba, por el contrario afirmaban y consolidaban sus palabras. Máximo
parecía un remedo, hablaba igual que él, movía las manos y gesticulaba como él,
incluso miraba al resto despectivamente como si conociera más que todos.
-“Compañeros”
–decía Máximo- tenemos ante nosotros un profesor que se ha quemado las pestañas
para ayudarnos a descubrir la verdad.
Vincent
contemplaba silencioso, mientras que Máximo embelesado en su retórica observaba
a un salón que asentaba con la cabeza todas las arengas, en señal de aprobación.
Vincent llegó a
ser tan selectivo en el aula que no hablaba con nadie, salvo que sea su grupo,
había creado una elite en el salón que a muchos les causó cierto descontento,
incluso a mí que en un principio me entusiasmó la idea de pertenecer a ese
grupo. Sin premeditarlo habíamos caído en la miel que él profesor había creado.
Sus alumnos preferidos obtenían las más altas notas en participación y
exámenes. Eran muy conocidos porque participaban con aulas antiguas y es que Vincent había creado
otros talleres similares y elitistas, donde sus alumnos antiguos intercambiaban
momentos con los alumnos nuevos. Supe que estaban invitando a más alumnos a
asistir a su casa, pero las invitaciones eran de amigo a amigo y en forma
selecta. Ninguno del grupo del profesor era amigo de Horacio, ni mío, tan sólo
por el saludo. No se habían dado las circunstancias para conocernos, pero sí se
estaban creando abismos entre todos.
Como Ustedes saben estoy publicando los primeros capítulos de la novela "Misión Jericó" y voy a dedicar todas las entradas a la novela.
NOTAS:
Antes de empezar esta segunda publicación quiero mostrarles un video de lo que sucedía en la Universidad San Marcos, después que muchos de mi promoción abandonamos esta casa de estudios.
Misión Jericó es una novela
inconclusa o quizás terminada, usted posiblemente halle la respuesta y
despierte a esos espíritus insatisfechos que viven en la novela. No se trata de
acertijos, sino de seguir lo que te dicta tu conciencia y sólo así encontrará esa satisfacción a las interrogantes,
a las desesperanzas y a las posibles salidas. Misión Jericó trata sobre el despertar de unos jóvenes
universitarios en una universidad plagada de conflictos e intereses personales
que mantienen los profesores, las autoridades universitarias y los alumnos. La
universidad como dirían algunos es una pequeña muestra de lo que sucede en el
país. La lucha por el poder desconoce personas y las utiliza. No importa quién
eres, lo que representas, no importan tus sueños, sólo los intereses de unos
cuantos que se creen los iluminados, llamados entre comillas los caudillos.
Esta novela representa a aquellos que lidiaron
contra estas manifestaciones, deseando impregnar no lo que la mayoría
deseaba, sino lo que el espíritu de libertad anhelaba, rompiendo esquemas, que
lo hacían verdaderamente peligroso para los fines de dominación. Los lectores quizás encuentren circunstancias
reales o irreales eso se lo dejo a su imaginación, porque muchas veces la
verdad pura es sólo la que queremos ver.
CAPITULO I Un estúpido cachimbo
Recuerdo el primer día que llegué
a la Universidad un humo denso, inundaba
el bosque de letras, llevando vestigios de
olor a bomba lacrimógena, irritando mis ojos, obligándome a huir
presuroso. Muchos alumnos corrían de un lado para otro, evitando que el humo
los envuelva. Yo también lo hice hasta que llegué al patio de la Facultad y una
columna de banderas se abrió paso ante mí. Las paredes parecían murales,
cubiertas por pintas que daban vivas a diferentes partidos. Muchos Pizarrones, también
interrumpían el paso, invitando a votar. No había gente, todos habían huido, la fiesta electoral terminó abruptamente, por una feroz intervención policial.
Subí unas escaleras hasta el tercer
piso, todo estaba en calma, no había ruidos. Sólo algunas carpetas malogradas
estorbando el paso. Pasé por una gran reja, semiabierta, caminé hacia el fondo,
hasta que llegué a una puerta que tenía
un cartelito: “Centro de Estudiantes de
la Escuela de Comunicación Social”. Atisbé por la ranura de unas bisagras y
salió un muchacho fornido como de unos 30 años, quien al verme se inquietó,
pero no se amilanó.
¿Si? - preguntó algo inquieto- ¿Qué deseas?
Lo miré y me presenté como
ingresante e inmediatamente su rostro cambió, esbozando una suave sonrisa.
¡Ah, ya veo!- me dijo- Yo soy Willy,
secretario del Centro de Estudiantes de Comunicación Social o CECOS y estrechó
mi mano.
-¿Quisiera saber cuándo empiezan
las clases para los ingresantes?- le pregunté.
- ¡Conque cachimbo!- sonrió
forzadamente- Era más amable. Fue el
primero que me dio la bienvenida. No habló mucho, casi solemne, con su rostro
parco, alcanzó a decirme que los de mi base se iban a reunir y que era
imprescindible que estuviera presente. Inmediatamente pensé en una fiesta de
bienvenida de cachimbos. Me alegró la iniciativa, entusiasmado busqué en los
periódicos murales, buscaba algún cartel de bienvenida, pero no encontré ni una nota de
convocatoria a reunión, ni referencia alguna.
-¿Qué pasa con mi base? - me pregunté,
porque no hay un solo mensaje que cite a reunión. Posiblemente pensaron que
todos acudirían al centro de estudiantes y que cualquier representante nos
informaría de sus actividades.
Al día siguiente, casi al atardecer
llegué a la universidad y reconocí a Willy, estaba entre un grupo de alumnos, me
acerqué y le saludé dándole la mano, pero ahora algo esquivo no me dio tiempo
de conversar sólo gritaba ansioso.
-¡Los de tu base van a marchar,
acompáñalos! – Me dijo – ellos son, alcánzalos. Señaló a un pequeño grupo que
subía por la rampa del patio de letras, cargando unas banderolas.
¿Qué? ¿A dónde van?- pregunté confundido
-Están protestando porque les
quieren quitar cursos imprescindibles para tu carrera- me recalcó, algo
huidizo.
-¡Orlando!, ¡ven! – Llamó a otro
que estaba en el grupo - explícale lo que vamos a hacer. Él se acercó,
aparentaba más edad que Willy, tenía un bigote al estilo mejicano, patillas
largas y un cabello greñudo y largo.
Apenas llegó comenzó a hacerme
preguntas.
-¿Con que eres cachimbo?, me
preguntó sonriendo irónicamente, observé su rostro grasoso, y el
cuello de su camisa completamente empapado de sudor. No me extendió la mano
como Willy, al contrario buscaba con la mirada a otras personas.
Su desdén, cambió cuando me
preguntó si ya había estudiado en otra universidad y le respondí que venía de
otra facultad de comunicación. Sus ojos le brillaron complacido. “Pues tú
sabes, viejo - me felicitó, dándome una palmada en la espalda, pero sin quitar
su sonrisa burlona.
- ¿No crees que el curso de Medios
de comunicación es importante, tú lo debes conocer?
-¡Pues!, - dudé – Sí, si
–enfaticé, no lo había llevado en la otra universidad, pero por el título
entendí que si era importante.
-¡Vamos! sigue a tus amigos y
ayúdalos a no perder ese curso.
Me sentí comprometido, no sabía cómo decirle que
no. Sin embargo acepté y caminé junto al grupo, aunque detrás, esperando
escapar cuando no se dieran cuenta. Sin embargo Orlando me observaba: “¡Arenga con tus manos
compañero!, ¡levántalas!”- me decía y así lo hice. Me sentí tan tonto de caminar
arengando y protestando por algo que desconocía, que me dio vergüenza. Sentí
las miradas de muchos alumnos que estaban a nuestro alrededor. No duró mucho mi
caminata y cuando finalizó, nos llevaron
a unas oficinas que algunos decían que lo habían tomado, era nada menos que la
sala del Decanato. Cuando entré, vi unos colchones tirados en el suelo con
frazadas desordenadas y restos de comida. Todos se saludaron, al parecer ya
se conocían, y hablaban de hacer un
inventario con todas las cosas del Decanato. Mientras dialogaban, miré a una
chica de unos 19 a 20 años aproximadamente, de rostro dulce, ovalado, ojos
redondos de color canela y cabello castaño. La observé hablando con todos, como
una líder, al parecer estuvo también en la marcha y por un momento pensé que
sería de mi salón, aunque lucía muy desenvuelta para ser una cachimba, porque
saludaba a todos. La seguí contemplando para descubrir si realmente era cierto
aquel adagio que dice: “tanto miras a
alguien, que termina mirándote” y así fue, hasta que cruzamos nuestras
miradas. Sentí que se inquietó, y de rato en rato me buscaba. De pronto Orlando
interrumpió abruptamente ese intercambio de miradas, me tomó del brazo y me jaló.
-Vamos a iniciar un debate en el
patio de letras - dijo- Ven y representa a tu base y di que esos cursos no
deberían anularse.
-¡Pero yo…no sé nada! ¿Qué digo?
-¡Sólo eso y ya!
Ese momento, sentí todas las
miradas en mí, hasta la de aquella muchacha de rostro ovalado, que ahora sí me
miraba insistentemente y entonces no pude negarme. Me sentí extraño dentro de
aquel ambiente. ¿Qué hacía yo allí?
Nunca había hecho algo parecido. Siempre me gustó mantenerme en el
anonimato y en un instante me convertí en el centro de atención. Fui llevado
por un grupo de muchachos hacia el centro del patio y me hicieron subir a un
pequeño tabladillo que habían instalado. Por un momento dudé y quise bajarme, y
escapar, pero al verme arriba delante de todos, sólo respiré profundamente.
-Aquí está un ingresante que
tiene algo que decirnos – dijo un muchacho que servía como moderador- tiene la
palabra compañero.
A mi alrededor había como unos
cincuenta estudiantes que me miraban y no parecían amistosos
-¡Bueno yo!... –titubeé por un
momento, sentí que mis piernas
flaqueaban, y no podía pasar la saliva. Mi pulso estaba acelerado y mis
labios temblaban.
-Vengo de otra universidad de
comunicación y… sé que estos cursos son importantes.
-¡calla!, ¡calla la boca!-escuché entre el gentío - Este no sabe nada de nuestra realidad, su opinión no vale en
este debate. Un muchacho salió al frente agitando sus brazos con mucha
vehemencia, señalándome y descalificándome.
- ¿Cómo traen a un cachimbo a
disertar, se están burlando de nosotros?-gritó dirigiéndose a todos y una parte del grupo empezó a
protestar levantando sus manos, vociferando:
- ¡No tienen argumentos, pues
usan a los cachimbos... son unos manipuladores!
De un jalón, estuve abajo, Willy me había sacado antes de que me linchen. Su
actitud estratégica, para mí fue compasiva y acertada, a pesar de Orlando que mostró su desacuerdo, cuando salía de entre el grupo.
Esa noche siempre recordaré los rostros enardecidos y los gritos
desesperados de gente que no conocía. Supe entonces, que había entrado por la
puerta falsa, dejándome llevar como un corderito, hasta hacer el más completo
ridículo. Me alejé de todos y caminé por los pasadizos de la Facultad que lucía vacía. Pero aún escuchaba las
voces.
Me senté
en las escaleras de la Puerta de letras. No había nadie y me abandoné
por unos minutos, apoyé mis codos en mis piernas y con las palmas de mis manos
sostuve mi rostro. Parecía una pesadilla.
¿Qué hago aquí?- me pregunté y recordé a mi familia, los amigos de la iglesia y sus esperanzas en mí. Todos
me felicitaban. Había ingresado a la universidad y gracias a la promesa que le hice a Dios, de servirle por un tiempo. Después de tres
años de incertidumbres y derrotas, vi la luz en medio de la oscuridad, mi nombre estaba escrito en la relación de ingresantes y supe que tenía una deuda. La tarde
y el viento frío, me hizo temblar. Me levanté pesadamente y sacudí mi pantalón
por detrás. Parecía embriagado mi cabeza la sentía adormecida de tanto pensar.
Era hora de marcharme.