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lunes, 3 de octubre de 2016

Quién es vincent parte VI : Los alternativos

UNIVERSIDAD CATÓLICA
Después de clase, el chino Alejandro propuso una reunión con el nuevo  grupo que se había formado. Todos se reunieron en el patio de Letras. Alejandro, el curita  contó un chiste de curas y todos rieron, había rotó  el hielo. Después las bromas iban de aquí para allá. Mirna como única mujer del grupo se sonrojaba.
-Chicos ya basta, hablemos sobre la reunión -  dijo algo incomoda.
-Reunión ¿cuál reunión?, - bromeó  Horacio – nosotros nos vamos de juerga
Todos celebraron la broma. Mirna frunció las cejas y torció su boca.

Pues yo me tengo que ir- agregó enfadada.

Iba a apaciguar, pero lo más prudente fue cambiar la conversación.
-¿Alejandro qué hacemos? -le dije.
El chino que se había mantenido callado, dijo: ¡Vamos a almorzar!
Ninguno esperaba comer en la calle, muchos estábamos esperanzados en llegar a casa con la familia. Además como estudiantes no teníamos dinero suficiente para un menú. El curita propuso el comedor universitario. Allí la comida era gratis pero no daba confianza, muchos le decían “la muerte lenta”. Horacio que ya había entablado confianza lo miró asombrado.
-No te pases pues cholo, no quiero morir ¡me necesito!
El curita sonrió: ¡Nos necesitamos!- le recalcó y ambos rieron.
Después de esperar las propuestas
-¿Qué les parece la Universidad Católica?-  sugirió Alejandro- Allí también sirven comida cómoda.
Todos aceptamos y entre broma y broma nos dirigimos por la avenida universitaria hasta que llegamos a la universidad Católica. Era diferente a la nuestra, sin pintas, ni banderas, cubierta de árboles y de mucha tranquilidad. Desde que entramos  percibimos una fragancia distinta y un viento fresco que se arremolinaba sobre nuestras cabelleras. Aquel lugar nos embriagó. Los muros y pisos lucían limpios con una tibieza y suavidad, como si aún nadie las hubiese tocado. Los estudiantes se confundían con el lugar como si fueran parte del panorama. Sentí mucho placer, me gustaba el verdor de los pastos y sus plantas  bien cuidadas. Las muchachas eran lindas y se sentía un ambiente de mucha tranquilidad.
¡Aquí imperan  los fascistas!- desperté de mi meditación y busqué a Mirna quien, tapándose la boca, sonrió. Pensé que sólo a mí me había molestado sus palabras, pero fue a todos. Ella sólo atinó en justificarse.
-Vincent lo dijo así, aquí sólo hay gente blanquita y de plata.
Acaso Vincent no es también un blanquito, pensé.
-Pero, mujer ¿qué te han hecho los blanquitos, u odias a la lejía?, -sonrió Arturo, que a pesar de su tez blanca no se sintió aludido.
-Ay, mujeres para que las quiero- exclamó Horacio, moviendo su cabeza negativamente, mirándome y diciéndome entre señas: “¡Te lo dije!”.
El chino sólo observaba, por su mirada y su risa sarcástica,  noté que había desaprobado la opinión de Mirna.

Yo en cambio sentí en ella un resentimiento, que acertadamente nuestro profesor de teoría había despertado y tuve miedo de pensar que él no era sólo  un loco visionario, sino alguien que incidía de forma real y lo que nos decía diariamente tal cual  un disco rayado, había calado nuestra conciencia. Sentí miedo por primera vez de mis pensamientos, porque también culpaba a esa clase blanca retrograda, dueños del Perú, clasista y racista. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Quién es Vincent parte V

¡EL GRUPO LOS ALTERNATIVOS!

-¡Arrodillarme por una nota! – Pensé. ¡Eso no va conmigo!- aunque era importante, pero no lo suficiente. Me fastidió esa hostilidad hacia Alejandro y el curita, obligándome a tomar partido por ellos. Y es que esa rivalidad era con todo aquel que se atrevía a opinar en contra de las ideas de su querido profesor. Mientras tanto Vincent, en cada clase, atacaba cada una de las ideas conciliadoras de Alejandro, mientras que él se mantenía en su posición, enrojecido por la andanada de críticas y burlas. Luchaba solo y no tenía amigos.
El curso de teoría de la comunicación se volvió en un “tira y jale” donde el profesor sólo atinaba en criticar y  mofarse lanzando estocadas verbales, que dañaran a su enemigo, buscando la arremetida fatal. El fin era destruir cada uno de sus argumentos, ridiculizándolo ante el salón, pero por el contrario, levantó la imagen del chino más y más cada día. Su juego destructivo realzó la  presencia de Alejandro en el salón. En realidad, desde que llegaron Alejandro y el curita las clases se volvieron interesantes y realmente se aprendía. Había una lucha de conceptos e ideas que no sólo se producía en el salón, sino al parecer en todas las aulas de la  Escuela o quizás en toda la Universidad, pero al parecer iba más allá posiblemente  en todo el país y es que ante la escalada terrorista que atacaba en las provincias y zonas muy alejadas de las ciudades, se levantaba una propuesta diferente de cambio del sistema, sin usar la violencia radical.
En las horas libres mientras leía, se acercó a mi carpeta una chica de buen parecer, pero de mirada triste.
- Oye compañero – dijo ella - ¿Estás al día en teoría?
-Si – le respondí
-Préstame, no seas malito, ¡por favor! , ¡por favor!, ¿sí?
-¡Ya está bien! no seas impaciente– me agradó su  espontaneidad para pedir
Horacio que estaba atento a sus suplicas expresó en voz alta
-¡Carambas está mujer sí que tiene prisa!
-¡No!, no vayas a pensar mal, he faltado tanto que temo repetir este curso ¿comprendes no? Sonrió, mostrando una sonrisa diáfana y dulce.
-Me llamo Jael y  ¿Ustedes?
Yo soy Starsky -dijo Horacio, y él  señalándome-  es Hutch.
Todos sonreímos
-Como los de la serie policial- dijo Jael- mientras sonreía.
Desde aquel día, ella se sentó junto a nosotros, por momentos volteaba y me encontraba con su mirada, sus ojeras le daban un aire melancólico, casi podría decir desencajado. Como si estuviera enferma o tuviera una profunda tristeza.
-¡Oye, tú te jaraneas de noche y descansas en clase! - reía Horacio, mientras que yo sólo atinaba en recordar que esa misma mirada lánguida la había visto en Toña, una minusválida del salón que a duras penas se sostenía en sus dos muletas. Lo había visto también en muchos alumnos que deambulaban por la universidad, meditabundos, aislados, como si fueran prisioneros de sus pensamientos, muchos de ellos cargaban libros viejos, de bibliotecas caducas de la época del 50, que fueron retenidos en San Marcos.
Recuerdo  las mañanas  frías con lloviznas copiosas que mojaban mi rostro, mientras caminaba por el bosque de letras. San Marcos había despertado como un gigante  empapado. Aquella mañana me sentí libre, alce mi rostro hacia el cielo y sentí una a una  las gotas. Respiré profundamente y un fuerte olor a humedad llenó por completo mis pulmones. Estaba vivo, sentí un gozo tan profundo , aunque por unos minutos fue suficiente medicina para subir las escaleras hacia la Escuela de comunicación, sin sentirme deprimido. Una de las puertas del salón estaba abierta y desde allí observé  a mis compañeros completamente silenciosos. Vincent había llegado. Busqué la puerta trasera y empuje lo más suave que pude para no hacer ruido, pero el profesor me vio, levanté mis cejas y susurré un: buenos días casi silencioso para no incomodar a nadie, pero él no respondió. Sin tomarme en cuenta prosiguió hablando. Busqué un lugar en los asientos de atrás y me senté.
-Muy bien – dijo, en tono ceremonial – de ahora en adelante sólo les voy a dar temas para que ustedes los analicen, los desarrollen profundamente y critiquen. No hay prórroga para la presentación de los trabajos. Los temas son los siguientes. Mientras él dictaba varios títulos, aproveché para acercarme a Horacio y preguntarle.
-¿Qué pasa?
-¡Tenemos que buscar un grupo, Cholo!- me respondió alzando y moviendo sus manos desesperado – y debemos ser sólo cinco.
Ese instante no vacilé, como un relámpago busqué con la mirada al curita, al chino Alejandro y a Mirna y  le propuse a Horacio convocarlos al grupo. Desde mi asiento observé cuando se acercó a Alejandro y como trataba de convencerlo, moviendo sus manos y sonriendo constantemente, mientras que  este, impávido sólo escuchaba. De Mirna y Alejandro me encargué yo, ellos sin pensarlo dos veces,  aceptaron. Después de unos minutos Horacio regresó.
-¡Ese chino sí que me ha hecho sufrir, pero al final cayó! aunque no debiste escoger a Mirna, no te das cuenta que cae quaker, se cree la muy intelectual por uno cuantos libros que leyó
-Puede ser -le dije dudando de mi selección – pero ella sabe sobre marxismo y además estudia derecho en otra universidad.
-¡Peor pues, no va a tener tiempo para las reuniones!- interrumpió Horacio.
-Ella me dijo que si podía, Hay que darle una oportunidad.-le respondí

Levantó los hombros y alzó las manos, conformándose.

domingo, 18 de septiembre de 2016

¿Quién es Vincent? parte IV

¡La alternativa!


- No creo que se deba cambiar el sistema, ¿sabe?, creo que existen medios alternativos que pueden transformar nuestra sociedad sin llegar a la violencia, porque allá desde  los arenales hay gente que está trabajando día a día para cambiar su realidad, esforzándose, agrupándose y formando centros comunales, comedores,... – mientras él hablaba, el profesor se acercó a su carpeta con su rostro burlón y después optó por una mirada sarcástica y despectiva. Vincent astutamente miraba a cada uno de los amigos de Máximo y movía negativamente su cabeza, buscando que ellos  desaprobarán el comentario. El nisei se dio cuenta pero no dejó de hablar, su rostro por el contrario se enrojeció por completo como un tomate a punto de reventar. Sus manos empezaron a  temblar igual que sus labios, pero aun así  el continuaba impávido.
-¿Usted no cree en la sabiduría del pueblo? -Preguntó el nisei, al profesor obligándolo a que preste atención a lo que manifestaba  - o piensa que ¿sólo una élite debe  dominar el sistema? Y si así fuera, como lo imagino, usted es de los  que piensan que la gente es incapaz de resolver sus problemas y auto gobernarse. ¿No le gustaría por lo menos interesarse en lo que ellos quieren?  Porque aunque usted no lo crea, si se puede.
-“¡Ya basta!”,  replicó el profesor – ya sé lo que tú eres, un populachero alternativo que piensa en educar al pueblo. Eso es ser necio y yo creo que usted no lo es, sino estaría fuera de mi clase -Corrió hacia la puerta y la abrió con fuerza- Todos callaron, el salón entero enmudeció de miedo.
-¿Por qué? – preguntó Alejandro, porque discrepo de sus ideas.
-¡Acaso no es necesario que todos entiendan que hay otras alternativas!
-¡No!, -gritó, reparó por unos segundos, se controló y habló despacio-  alumno.
Bajo su tono de voz, ante la mirada asombrada del salón.
-¡Ya entiendo, porque has venido! - sonrió lo miró fijamente a los ojos amenazadoramente. El chino trató de argumentar pero él le interrumpió, levantó sus manos en alto y tocó su cabeza, retrocedió lentamente hasta que llegó a su pupitre.
-¡Calma Alumno!, no te incomodes, tendrás más tiempo para seguir argumentando. Por hoy mi clase acabó- bajó el tono de voz, cogió su maletín y desatendiendo toda réplica de Alejandro, se acercó a Máximo y su grupo y los miró, inmediatamente  ellos intervinieron, como si estuviesen preparados para salvar inconvenientes, cínicamente le suplicaron al chino a que no insista.

Aquella mañana, después del altercado, simpaticé  con el nisei igual que con el curita, veía en ellos tanta firmeza en sus opiniones, que me animaron a defender mis criterios a capa y espada, aunque siempre terminaba cediendo. Pero la mayor parte de la clase llegó a admirar sus intervenciones, su posición no violenta, sino persuasiva de pactos y  conciliaciones, que marcaron en las mentes de todos en el salón una posición aun no conocida: “La Alternativa”, como así  denominó despectivamente Vincent a Alejandro. Y no sólo él, sino que todos los pupilos del profesor, dirigidos por Máximo, que lo miraban  con desprecio, desde ese día. Sentados siempre en las primeras carpetas, ni siquiera se comunicaban con el resto del salón, habían formado un grupo tan cerrado, desde donde  mandaban  indirectas o se burlaban de aquellos a quienes el profesor les hacía mofa. Eran  los adulones, los que estaban dispuestos para servir. Los que se sacaban “20” en los exámenes,  la más alta calificación. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

¿Quién es Vincent? Parte III


Así siguieron las clases, preparándonos como aprendices de intelectuales revolucionarios, futuros asqueados del sistema imperialista, como diría Máximo, sólo que en mi producía lo contrario. Sentía melancolía, anhelaba otras cosas, quería ser un profesional de éxito, con un trabajo bien remunerado, una esposa linda y amorosa, una casa propia, hijos que me abrazaran al llegar del trabajo. Todos esos sueños se bloquearon ante la realidad de la universidad, llena de pintas en las paredes con frases refritas que llamaban a la violencia y el deseo de destruir. Allí la muerte era más preciada que la propia vida.
“Muerte a los traidores”, “Viva Gonzalo”, “Con las armas al poder”
Aquí nadie defendía a nadie, no había familia, ni policías, por último ni el gobierno,  sólo tú y tu deseo de sobrevivir.
Habían llegado a tal punto los dogmas en las clases que nadie se atrevía en contradecir a los profesores. Todos hacían un voto de silencio hasta que  un comentario, quizás no previsto, atacó a la iglesia.
-Marx lo dice aquí la iglesia es el opio del pueblo y escuchen con mucha atención compañeros – se acercó lentamente al pupitre del chino Octavio, y respirando hondo habló, como si se tratara de un secreto.
“Y esto no es de investigaciones concienzudas, sino de observar la realidad, pero desde que existe la religión lo único que ha creado es conformismo y pobreza”.
-¡Que rayado!, ¿Cómo puede decir tantas estupideces?- escuché tras de mí. Lo que me dejó perplejo, había alguien que no pensaba igual e inmediatamente miré hacia atras y vi a un nisei. No era Octavio. Era diferente, usaba lentes gruesos y era algo regordete, de pequeña estatura; Parecía de más edad que el resto de los alumnos del salón. Pensé que si protestaba levantaría su mano para refutar, aunque, ¿Habría uno capaz de hacer eso? El grosor de sus lentes me hizo compararlo con un ratón de biblioteca y supuse que era muy inteligente, pero hasta donde llegaría su audacia para contradecir a Vincent. En ese momento otra voz despertó mi interés, era un alumno a quien tampoco, había percibido antes, y es que faltaba mucho a las clases. Tenía la mano levantada y por la firmeza con la que sostenía el brazo, me dio la impresión que tenía mucha seguridad en lo que iba a hablar. Apenas el profesor  le cedió la palabra, Alberto como así se llama, dijo con un acento españolizado: “Sepa Usted profesor que la Iglesia Católica mantiene en sus bases un movimiento progresista, laico que tiene como objetivo ayudar a los más necesitados, pero no desde un punto de vista asistencialista, sino desde una labor concientizadora que desarrolla la reflexión de su propia praxis y otra vez la reflexión, ¿entiende? Tratamos de transformar para vivir mejor”. En el salón se sintió un remezón de murmullos y cuchicheos. Nadie había refutado a Vincent, mucho menos en  sus aseveraciones sobre Marx. El profesor escuchó boquiabierto y es que en realidad Alberto parecía un alumno de los últimos ciclos. Ante la defensa tan bien presentada, sólo atinó en loar su intervención, pero recalcó


- “Muchos grupos católicos tienen buenas ideas,  pero no se olviden que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones”. Salió airoso con un chiste y afortunado porque el salón celebró sus palabras y su imagen no se dañó, al parecer se fortaleció. Aunque Máximo no salió tan bien, con la mano levantada y el rostro fiero, casi agresivo, se paró de un salto y dijo en tono rabioso.
- ¡Compañeros!, la Iglesia no es por nada que la llaman el opio del pueblo, porque es una plataforma que los poderosos usan para adormecer al pueblo y contentarlo con la pobreza. Es una institución servil de los imperialistas y por lo tanto un enemigo del pueblo.
Miró a todos enojado, buscando la aprobación, las venas de su rostro sobresalían cuando a pedido del profesor, quien  le cortó, tuvo que sentarse.
-No levantemos más polvo con la iglesia- le susurró al oído y le dio unas palmadas en la espalda.


-¡Por fin se calló ese perro rabioso!- escuché un cuchicheo y burlas. Máximo que había escuchado, respondió con una mirada amenazante, pero como no sabía de donde provenían las mofas, dejo de buscar.
Esa mañana, después de mucho tiempo percibí unos minutos de libertad en la clase y amé la sabiduría y la locuacidad. Me admiró esos conocimientos que manejaban algunos muchachos. Eran temas que muchos de ellos lo vivían  en carne propia y que de alguna manera lo habían conceptualizado hasta hacerlo casi una teoría, bien fundamentada. Alberto se ganó el apelativo del “curita”, por su tono españolizado, su intervención animó a otros a participar. Vincent, desconfiado miraba y provocaba al nisei regordete de lentes gruesos, que aparentaba más edad que el resto de la clase, presentía o sabía algo de él que el resto del salón no lo sabía y quería exponerlo en la clase como hacía con todos los que le parecían espías. Lo invitaba a discutir con la mirada y con sus gestos, hasta que un día el nisei habló. (Continuará...)

miércoles, 31 de agosto de 2016

¿Quien es Vincent? parte 2

Continua... (de capt 1 Quién es Vincent?)

Estas situaciones me producían incertidumbre. Por momentos sentía que mis sueños de destacar como estudiante se desvanecían en las paredes de la Universidad, acompañado de gente  indiferente como los que me enseñaban, salvo Vincent, que parecía distinto.
Las clases continuaban y muchos profesores entraban y salían de las aulas. Existía un curso de Materialismo dialéctico que mantenía a todos silenciosos, más que en las clases de Vincent. Sin hacer ningún ruido todos copiaban lo que el profesor dictaba. Las bancas del fondo increíblemente estaban vacías. Hasta los más dormilones permanecían atentos. Había llegado tarde, pero eso no le importaba al profesor, ni siquiera respondió mi saludo. Me acerqué a Horacio, que copiaba afanosamente.
Cállate cholo, no ves que no se le escucha nada- recitó. Me causó risa su ansiedad por copiar. Al poco rato, el profesor sacó un pañuelo para atenuar un estornudo. Eso me dio tiempo y le pregunté.
-¿Por qué habla tan bajito?
-Es la técnica de si quieres atiendes o si no te vas al ¡carajuu...!  Sonreí, la expresión de su rostro y la frase esforzada, prorrumpieron en una carcajada suave, sin poder evitarlo. Todos en el salón repararon en nosotros. Sentí como que amonestaban todo expresión de alegría. Octavio, un nisei nos miraba como compadeciéndonos, como si  diría “maduren muchachos”. El Sobón de Máximo movía su cabeza censurándonos cruzando miradas cómplices con el nisei. Ambos eran los “ayayeros” de Vincent, los que atendían cualquier pedido del profesor y se desesperaban para que esté cómodo en la clase. Pero no sólo era con Vincent, sino con todos aquellos profesores que estaban dentro de la línea de denuncia y de tratar a los Medios desde un punto de vista marxista. Demás está decir, que también eran amigos de Vincent. En ese entonces me parecían triviales sus afrentas, y no los tomaba en cuenta. Horacio se había vuelto un buen amigo, quizás el único con el que se podía conversar sin tener que discutir sobre el marxismo o la situación crítica de País,  tampoco mediamos verborrea para ver quién de los dos era más intelectual que el otro. Hablábamos de todo y sobre todo de chicas, aunque no todas las chicas de la Universidad eran atractivas, muchas eran  de corte intelectual, ustedes ya saben; con lentes, y una verborrea aplastante de biblioteca. Horacio usaba siempre  jeans, polos de colores y un collar alrededor del cuello, así como brazaletes de tela con  motivos incaicos.
Su cabello  arreglado todo para atrás, estaba de acuerdo con la moda de los ochenta, como John Travolta de la película “Saturday nigth fever”. Era raro verlo con la misma ropa al día siguiente. Cuidaba mucho su apariencia personal. Era algo fornido y de estatura mediana, algo como un metro sesenta y cinco. El así como Celine sufrían mucho a la hora que los profesores hablaban de  la alienación y de la seducción de la publicidad en los jóvenes.  Aunque Celine a pesar de ser una pituquita de la Molina,  a desventaja de Horacio, estaba en el grupo de Vincent. Después de cada clase el profesor conversaba con Máximo a quien lo habían nombrado delegado del salón. Junto a ellos estaba el chino Octavio, Betty y Celine, quien con su sola sonrisa atraía a todos en la Escuela. Allí estaban ellos dialogando, Vincent era el centro de atención por su altura, era más fácil de distinguirlo, además que era el que más gesticulaba cuando hablaba.
Sus reuniones se volvieron muy frecuentes y se rumoreaba que el profesor había creado un taller de estudio con  un grupo muy selecto  del salón y que las sesiones eran en su casa. Debido a eso, el grupo de Máximo era el único que participaba, mientras que el resto sólo escuchaba. Ese grupo parecía una réplica del profesor de teoría, ninguno objetaba, por el contrario afirmaban y consolidaban sus palabras. Máximo parecía un remedo, hablaba igual que él, movía las manos y gesticulaba como él, incluso miraba al resto despectivamente como si conociera más que todos.
-“Compañeros” –decía Máximo- tenemos ante nosotros un profesor que se ha quemado las pestañas para ayudarnos a descubrir la verdad.
Vincent contemplaba silencioso, mientras que Máximo embelesado en su retórica observaba a un salón que asentaba con la cabeza todas las arengas, en señal de aprobación.

Vincent llegó a ser tan selectivo en el aula que no hablaba con nadie, salvo que sea su grupo, había creado una elite en el salón que a muchos les causó cierto descontento, incluso a mí que en un principio me entusiasmó la idea de pertenecer a ese grupo. Sin premeditarlo habíamos caído en la miel que él profesor había creado. Sus alumnos preferidos obtenían las más altas notas en participación y exámenes. Eran muy conocidos porque participaban con  aulas antiguas y es que Vincent había creado otros talleres similares y elitistas, donde sus alumnos antiguos intercambiaban momentos con los alumnos nuevos. Supe que estaban invitando a más alumnos a asistir a su casa, pero las invitaciones eran de amigo a amigo y en forma selecta. Ninguno del grupo del profesor era amigo de Horacio, ni mío, tan sólo por el saludo. No se habían dado las circunstancias para conocernos, pero sí se estaban creando abismos entre todos. 

martes, 23 de agosto de 2016

"Bienvenidos amigos lectores ávidos de la lectura".

Como Ustedes saben estoy publicando los primeros capítulos de la novela "Misión Jericó" y voy a dedicar todas las entradas a la novela.
NOTAS:
Antes de empezar esta segunda publicación quiero mostrarles un video de lo que sucedía en la Universidad  San Marcos, después que muchos de mi promoción abandonamos esta casa de estudios. 

lunes, 15 de agosto de 2016

MISIÓN JERICÓ Capt 1

Preámbulo:
Misión Jericó es una novela inconclusa o quizás terminada, usted posiblemente halle la respuesta y despierte a esos espíritus insatisfechos que viven en la novela. No se trata de acertijos, sino de seguir lo que te dicta tu conciencia y sólo así  encontrará esa satisfacción a las interrogantes, a las desesperanzas y a las posibles salidas. Misión Jericó trata  sobre el despertar de unos jóvenes universitarios en una universidad plagada de conflictos e intereses personales que mantienen los profesores, las autoridades universitarias y los alumnos. La universidad como dirían algunos es una pequeña muestra de lo que sucede en el país. La lucha por el poder desconoce personas y las utiliza. No importa quién eres, lo que representas, no importan tus sueños, sólo los intereses de unos cuantos que se creen los iluminados, llamados entre comillas los caudillos. Esta novela representa a aquellos que lidiaron  contra estas manifestaciones, deseando impregnar no lo que la mayoría deseaba, sino lo que el espíritu de libertad anhelaba, rompiendo esquemas, que lo hacían verdaderamente peligroso para los fines de dominación.  Los lectores quizás encuentren circunstancias reales o irreales eso se lo dejo a su imaginación, porque muchas veces la verdad pura es sólo la que queremos ver.


CAPITULO I
Un estúpido cachimbo
Recuerdo el primer día que llegué a la Universidad un  humo denso, inundaba el bosque de letras, llevando vestigios de  olor a bomba lacrimógena, irritando mis ojos, obligándome a huir presuroso. Muchos alumnos corrían de un lado para otro, evitando que el humo los envuelva. Yo también lo hice hasta que llegué al patio de la Facultad y una columna de banderas se abrió paso ante mí. Las paredes parecían murales, cubiertas por pintas que daban vivas a diferentes  partidos. Muchos Pizarrones, también interrumpían el paso, invitando a votar. No había gente, todos habían huido,  la fiesta electoral terminó abruptamente, por una feroz intervención policial.
Subí unas escaleras hasta el tercer piso, todo estaba en calma, no había ruidos. Sólo algunas carpetas malogradas estorbando el paso. Pasé por una gran reja, semiabierta, caminé hacia el fondo, hasta que llegué a una puerta que  tenía un cartelito: “Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social”. Atisbé por la ranura de unas bisagras y salió un muchacho fornido como de unos 30 años, quien al verme se inquietó, pero no se amilanó.
¿Si? - preguntó  algo inquieto- ¿Qué deseas?
Lo miré y me presenté como ingresante e inmediatamente su rostro cambió, esbozando una suave sonrisa.
¡Ah, ya veo!- me dijo- Yo soy Willy, secretario del Centro de Estudiantes de Comunicación Social o CECOS y estrechó mi mano.
-¿Quisiera saber cuándo empiezan las clases para los ingresantes?- le pregunté.
- ¡Conque cachimbo!- sonrió forzadamente- Era más amable. Fue el primero que me dio la bienvenida. No habló mucho, casi solemne, con su rostro parco, alcanzó a decirme que los de mi base se iban a reunir y que era imprescindible que estuviera presente. Inmediatamente pensé en una fiesta de bienvenida de cachimbos. Me alegró la iniciativa, entusiasmado busqué en los periódicos murales, buscaba algún cartel de bienvenida, pero no encontré ni una  nota de convocatoria a reunión, ni referencia alguna.
-¿Qué pasa con mi base? - me pregunté, porque no hay un solo mensaje que cite a reunión. Posiblemente pensaron que todos acudirían al centro de estudiantes y que cualquier representante nos informaría de sus actividades.
Al día siguiente, casi al atardecer llegué a la universidad y reconocí a Willy, estaba entre un grupo de alumnos, me acerqué y le saludé dándole la mano, pero ahora algo esquivo no me dio tiempo de conversar sólo gritaba ansioso.
-¡Los de tu base van a marchar, acompáñalos! – Me dijo – ellos son, alcánzalos. Señaló a un pequeño grupo que subía por la rampa del patio de letras, cargando unas banderolas.
¿Qué?  ¿A dónde van?- pregunté confundido
-Están protestando porque les quieren quitar cursos imprescindibles para tu carrera- me recalcó, algo huidizo.
-¡Orlando!, ¡ven! – Llamó a otro que estaba en el grupo - explícale lo que vamos a hacer. Él se acercó, aparentaba más edad que Willy, tenía un bigote al estilo mejicano, patillas largas y un cabello  greñudo y largo. Apenas llegó  comenzó a hacerme preguntas.
-¿Con que eres cachimbo?, me preguntó  sonriendo irónicamente, observé su rostro grasoso, y el cuello de su camisa completamente empapado de sudor. No me extendió la mano como Willy, al contrario buscaba con la mirada a otras personas.
Su desdén, cambió cuando me preguntó si ya había estudiado en otra universidad y le respondí que venía de otra facultad de comunicación. Sus ojos le brillaron complacido. “Pues tú sabes, viejo - me felicitó, dándome una palmada en la espalda, pero sin quitar su sonrisa burlona.
- ¿No crees que el curso de Medios de comunicación es importante, tú lo debes conocer?
-¡Pues!, - dudé – Sí, si –enfaticé, no lo había llevado en la otra universidad, pero por el título entendí que si era importante.
-¡Vamos! sigue a tus amigos y ayúdalos a no perder ese curso.
Me sentí comprometido, no sabía cómo decirle que no. Sin embargo acepté y caminé junto al grupo, aunque detrás, esperando escapar cuando no se dieran cuenta. Sin embargo  Orlando me observaba: “¡Arenga con tus manos compañero!, ¡levántalas!”- me decía y así lo hice. Me sentí tan tonto de caminar arengando y protestando por algo que desconocía, que me dio vergüenza. Sentí las miradas de muchos alumnos que estaban a nuestro alrededor. No duró mucho mi caminata y cuando finalizó,  nos llevaron a unas oficinas que algunos decían que lo habían tomado, era nada menos que la sala del Decanato. Cuando entré, vi unos colchones tirados en el suelo con frazadas desordenadas y restos de comida.  Todos se saludaron, al parecer ya se conocían,  y hablaban de hacer un inventario con todas las cosas del Decanato. Mientras dialogaban, miré a una chica de unos 19 a 20 años aproximadamente, de rostro dulce, ovalado, ojos redondos de color canela y cabello castaño. La observé hablando con todos, como una líder, al parecer estuvo también en la marcha y por un momento pensé que sería de mi salón, aunque lucía muy desenvuelta para ser una cachimba, porque saludaba a todos. La seguí contemplando para descubrir si realmente era cierto aquel adagio que dice: “tanto miras a alguien, que termina mirándote” y así fue, hasta que cruzamos nuestras miradas. Sentí que se inquietó, y de rato en rato me buscaba. De pronto Orlando interrumpió abruptamente ese intercambio de miradas, me tomó del brazo y me jaló.
-Vamos a iniciar un debate en el patio de letras - dijo- Ven y representa a tu base y di que esos cursos no deberían anularse.
-¡Pero yo…no sé nada! ¿Qué  digo?
-¡Sólo eso y ya!
Ese momento, sentí todas las miradas en mí, hasta la de aquella muchacha de rostro ovalado, que ahora sí me miraba insistentemente y entonces no pude negarme. Me sentí extraño dentro de aquel ambiente. ¿Qué hacía yo allí?  Nunca había hecho algo parecido. Siempre me gustó mantenerme en el anonimato y en un instante me convertí en el centro de atención. Fui llevado por un grupo de muchachos hacia el centro del patio y me hicieron subir a un pequeño tabladillo que habían instalado. Por un momento dudé y quise bajarme, y escapar, pero al verme arriba delante de todos, sólo respiré profundamente.
-Aquí está un ingresante que tiene algo que decirnos – dijo un muchacho que servía como moderador- tiene la palabra compañero.
A mi alrededor había como unos cincuenta estudiantes que me miraban y no parecían amistosos
-¡Bueno yo!... –titubeé por un momento,  sentí que mis piernas flaqueaban, y no podía pasar la saliva. Mi pulso estaba acelerado y mis labios temblaban.
-Vengo de otra universidad de comunicación y… sé que estos cursos son importantes.
-¡calla!, ¡calla la boca!-escuché entre el gentío - Este no sabe nada de nuestra realidad, su opinión no vale en este debate. Un muchacho salió al frente agitando sus brazos con mucha vehemencia, señalándome y descalificándome.
- ¿Cómo traen a un cachimbo a disertar, se están burlando de nosotros?-gritó dirigiéndose a todos y una parte del grupo empezó a protestar levantando sus manos, vociferando:
- ¡No tienen argumentos, pues usan a los cachimbos... son unos manipuladores!
 De un jalón, estuve abajo, Willy me había sacado antes de que me linchen. Su actitud estratégica, para mí fue compasiva y acertada, a pesar de Orlando que mostró su desacuerdo, cuando salía de entre el grupo.
Esa noche siempre  recordaré los rostros enardecidos y los gritos desesperados de gente que no conocía. Supe entonces, que había entrado por la puerta falsa, dejándome llevar como un corderito, hasta hacer el más completo ridículo. Me alejé de todos y caminé por los pasadizos de la Facultad  que lucía vacía. Pero aún escuchaba las voces.
- “¡Estúpido cachimbo!, ¡no sabe nada!,¡manipulado!”. 
 Me senté  en las escaleras de la Puerta de letras. No había nadie y me abandoné por unos minutos, apoyé mis codos en mis piernas y con las palmas de mis manos sostuve mi rostro. Parecía una pesadilla.

¿Qué hago aquí?- me pregunté y recordé  a mi familia, los amigos de la iglesia y sus esperanzas en mí. Todos me felicitaban. Había ingresado a la universidad  y gracias a la promesa que le hice a Dios, de servirle por un tiempo. Después de tres años de incertidumbres y derrotas, vi la luz en medio de la oscuridad, mi nombre estaba escrito en la relación de ingresantes y supe que tenía una deuda. La tarde y el viento frío, me hizo temblar. Me levanté pesadamente y sacudí mi pantalón por detrás. Parecía embriagado mi cabeza la sentía adormecida de tanto pensar. Era hora de marcharme.