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"Cuento los hidalgos"

Cinco niños en busca de aventuras encuentran un bosque en pleno centro de Lima ....

Cuento:"El zorro, la serpiente y el caballo"

El amor más insosegable de un niño: "su mamá"

¿Se puede cambiar la voluntad de Dios?

"Una película que te motivará a orar por los tuyos".

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"unete y escribe tu propia vida"

domingo, 29 de enero de 2017

La Agonía: "Misión Jericó"

LA AGONÍA DE JAEL
El curita se fue y el Chino nos llevó al "Vanesa", uno de los mejores restaurantes de la Ciudad Universitaria. Allí,  había  alumnos de casi todas las facultades. Y lo mejor de todo, nadie conocía a nadie. Apenas nos acomodamos en la mesa,  reconocí la figura de Jael en la puerta. No sé por qué, pero me alegró verla. Horacio igual sonrió y esperó que se sentara para abrazarla fuertemente.

- ¿Dónde has estado mujer que te hemos echado de menos? – preguntó Horacio- o te has juergueado toda la noche, sin invitarnos?
-¡Suéltame tosco! , replicó Jael, sonriendo- lo que pasa es que yo siempre me divierto sola y tú sabes ¿No,  Horacio?- le dio unas palmaditas en el brazo – lo matada que uno amanece al día siguiente.
-¡Ya, sin indirectas mujer! – Le cortó Horacio- ¿Cuando voy a una Fiesta loca?
-¿Perdón?– interrumpió  Jael – “de locas” querrás decir.
-¡Oye mujer yo no soy fácil!, menos para ir a cualquier fiesta, y no creas que te voy a invitar, sonrió
-¡No!,..¡Por favor!, ¡por favor…¡No!
-¡Bueno, esta conversación me dio hambre! - Horacio se frotó las manos , nos miró sonriendo.
-¡Tengo hambre!,  vamos chinito a traer la comida.
Me quedé solo con Jael.
- ¿Qué te pasa? – Le pregunté – tus ojos están hinchados, parece que has llorado. Soltando una pequeña sonrisa movió las manos desordenadamente, algo nerviosa.
- ¡Ay!, ¿te parece?, no creas todo lo que ves - Volvió a sonreír, evadiendo la pregunta, mostrando una mirada tierna y fresca.
-¿Cómo está tu familia?
-¡Me parece que todos bien!
-¿No te comunicas con ellos?
-Casi no
-¿Por qué esa falta de comunicación?
-¡Mi padre! – Respondió y sus ojos se nublaron, sacó un pañuelo y secó cada una de las lágrimas que cayeron sobre su rostro. 
- ¡Ay mi papá!, él piensa que todos debemos  aprender a vivir solos para triunfar por nosotros mismos. Desde el mayor de mis hermanos hasta yo que soy la penúltima, hemos emigrado de casa con una mano adelante y la otra atrás, con una lista de consejos que lo tengo bien grabado en mi cabeza.
-¿Y tu mamá?  - interrumpí - ¿está de acuerdo?
-Ella, es una mujer noble, del tipo de mujeres obedientes al marido, de las que callan  y soportan todo sin protestar.
-¿Y tus hermanos?
-Ellos también salieron de casa a buscarlas.
-¿Pase lo que pase? - pregunté
-¡Si! – Contestó- es duro salir de casa y no conocer a nadie, porque cuando necesitas, te das cuenta que estás sola – prorrumpió en llanto.
-¿Te ha pasado algo?
-No….no, nada. Solo que aún me cuesta adaptarme a esta situación.
Mientras se secaba las lágrimas observé su rostro, delgado,  una nariz perfilada, adornada por unos ojos negros, ovalados y grandes. Un  cabello ondulado y corto cubría su frente. Su rostro  era como muchas mujeres, pero tenía un espíritu tan sencillo y tierno que guardé en mi corazón mucho aprecio hacia ella, pero supe que algo grave  sucedía y no quería contarlo.
-¡ Llegamos! -dijo Horacio- cargando una fuente de comida, detrás le seguía el Chino con otra fuente de tazas de café.
-¿Qué pasó con  Jael?- me interrogó el chino algo molesto.
-Nada le respondí- sólo conversábamos.
-Seguro que has estado haciendo tus preguntas existencialistas
-¡Ya chinito calma, calma! – me guiñó el ojo Horacio- tu sabes que las mujeres lloran por cualquier cosa.

-¡Si! , Alejandro siéntate  por favor – sonreía Jael, mientras  lo cogía de la mano obligándolo a sentarse a su lado. Un poco sonrojado se sentó y después, todos almorzamos sin más comentarios.

jueves, 12 de enero de 2017

Mía: El detonante. Novela Misión jericó

Conociendo a Mía


El chino se abocó a la tarea de acercarse a  los demás, nunca descalificaba a nadie, pensaba que todos tenían un don para explotarlo, se dedicó en reconocer a cada uno y llamarlos  por su nombre y puso su mira en el grupo de "los magníficos", como así los apodó Octavio para burlarse de ellos, porque eran los más callados. Tarea difícil, porque apenas si saludaban y no porque
eran indiferentes, sino temerosos. Siempre se sentaban juntos, salían juntos y hablaban entre ellos, tan bajito que despertaba  la curiosidad cuando uno de ellos, reía a carcajadas. Siempre pensó en cómo incluirlos en un taller de comunicación.
-"Despertarlos "-esa era su frase- la única forma de no caer en la desesperación subversiva es saber hacer algo.
Pronto apareció Mía, que  por su esbelta figura, causó suspiros, la recuerdo  caminando por los pasadizos, acercándose a todos sin temor, pecando de ingenua, cuando preguntaba algún tema que desconocía,  siempre  indagando, junto a Jael. Ella más adelante sería el detonante de una serie de eventos que se salieron  de control, afectando a todos en el salón, de tal manera que hasta el día de hoy se siente un sabor amargo.
Ese día Mía lucía radiante con una blusa manga cero y un pantalón jean ceñido, usaba unos zapatos de taco tres que le daban un aire de modelo. Su rostro ovalado, tez clara y ojos cafés, con cerquillo sobre su frente resaltaban la belleza peruana. 
-¿Por qué les dicen a ustedes los alternativos? -nos abordó acompañada de Jael, mientras  conversábamos en el pasadizo.
A mí me sorprendió, ya que no todos conversaban con nosotros y menos de esos temas. A primera vista me pareció muy ingenua, mis amigos lo tomaron como una broma y sonrieron.
-¡Ya pues, chicos no estoy bromeando!- dijo- ya averigüé que significa “facho”.
-¿Si?- respondió el chino intrigado – y ¿qué significa?
-Primero respondanme  ustedes y después yo.
-¡Pero mujer! -respondió Horacio - ¡No te das cuenta que ese es un insulto para nosotros!
-Déjame hablar, señor Canito - sonrió el curita mirando embelesado a Mia, quien además era más alta que él por unos diez centímetros.
-¡Te dije que no me digas Canito, por favor! - respondió Horacio risueño, algo acongojado más no molesto.
El curita sonreía, igual que Mía que los observaba encantada. 
- ¡Vamos a ver, señorita!, pues – se irguió, tratando de igualarla  en altura y con voz solemne, casi impostada replicó.
 – Bueno- sonrió- Los alternativos creen  que esta sociedad no debe ser cambiada radicalmente como opinan las facciones violentistas, sino que existen otras formas de concertación que pueden cambiar el sistema. ¿Entiendes o quieres que me explaye más? El chino que escuchaba atento, sólo asentaba afirmativamente con la cabeza, con una sonrisa cómplice.
-¡Por favor me acabas de dar una clase magistral! -Interrumpió Horacio - pareces un catedrático, ¡hombre!
-¡Pos hombre! ¡Que cuando uno es bueno, por todos lados lo demuestra!.
-¡Ya chicos!, mejor los dejo solos.
 Mía cogió a Jael del brazo y se retiró, contoneándose, provocando la mirada de todos los alumnos en el pasillo de comunicación.  El curita al ver que se iba, sólo susurró en voz baja :
- “¡Adiós preciosura!”.
Todos sonrieron.

El chino empezó a frotar sus lentes, mientras nos miraba uno a uno, siempre lo hacía cada vez que necesitaba concentrarse en algo.
- ¡Aja!- decía- mientras meditaba.
Sabía que algo tramaba, pero no sabía qué.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Annie: "El corazón del salón" ; de la novela "Misión Jericó"


Annie

Jael estaba en otro de los grupos, que Vincent había formado y su jefe de grupo hacía las reuniones en la casa del mismo profesor. Allí, no había disensiones, ni debates y mucho menos intercambio de opiniones, todos se limitaban a oír  y escribir. De cuando en cuando, aparecía el profesor para enfatizar más un tema, así su labor concientizadora quedaba perfecta. Su casa era como un  centro de adoctrinamiento, ubicado en una de las mejores zonas de Lima: San Borja. ¿Quién lo diría? y mucho más ¿quién podría imaginarlo? Casi todos hablaban de esas reuniones en la casa del profesor, de los cafecitos y libros; de fotografías de Cuba. Muchos se sentían no sólo alumnos, sino compañeros y aún más “camaradas”. Para ellos el profesor era un profeta, un líder indiscutible, a quien muchos preferían como amigo, antes que enemigo. El día que tomaron el decanato, él estaba allí, dando instrucciones a Orlando y a Willy. Les pedía que hagan un inventario de todos los objetos del lugar.
“¡De nada tienen que acusarnos, nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados, sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se  presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos era la meta. Eso significaba que había un plan organizado  desde antes que se iniciaran las clases y cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada  Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola,  pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.

-¡Debemos esperarla, ayudarla a subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
 Así  lo hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre, no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco  todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé  el bosque de letras, temí que nadie la ayudara y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los Hidalgos: Capítulo 2


A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
“¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver  unos costalillos,  testigos mudos  de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
‑ ¡Vienen unos perrazos!, con un  alemán a caballo, debemos escapar!
‑ ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que  miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron  que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres! 
 A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
(Continuará)

sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS HIDALGOS: CAPÍTULO I

LOS HIDALGOS

Eran las cuatro de la tarde y el sol calentaba más que otros días las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Llegaron hasta el callejón de los gatos negros, conocido porque habitaban gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Pasaron por la iglesia del Carmen, algunos de ellos se persignaron y doblaron por el jirón Junín, rumbo a la quinta Heeren, un lugar detenido en el tiempo  pues las casas seguían igual que en la época de la colonia española, con sus puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Siguieron por una pista asfaltada que terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.

-Allí tenemos que entrar -señaló Beto-  allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, armados con  hondas apuntaban sigilosamente, temerosos de posibles perros o de vecinos del lugar, que siempre los echaban, sin lograr entrar.
‑ ¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían  deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta,  llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante.
(continuará...)

lunes, 28 de noviembre de 2016

La estocada: De la novela "Misión Jericó".

Después de varios días sin reuniones, Charito convocó al grupo, a través de Mirna , quién a la hora indicada nos animó  a entrar en un salón de la Facultad, donde ella nos esperaba.  Estaba sentada en un pupitre, pausada, con su mirada lánguida, casi entristecida, todos nos miramos las caras, sólo Mirna estaba de aquí para allá, como si fuese una secretaria atolondrada por servir bien a su jefe. No tardó mucho en dirigirnos la palabra. Balbuceo al empezar, parecía asustada, se sobrepuso, junto sus manos y a manera de rogativa dijo en tono pausado.
-Sé que no estoy preparada como ustedes, en algunos temas, quizás deba prepararme más. Pero creo que nuestros debates deben partir del libro de Vincent y evitar libros que en vez de crear polémica, nos lleven a acuerdos.
Alejandro empezó a sonreír sarcásticamente y Rosita levantó la mano, solicitando le dejen  concluir y  continuó.
-¿Qué les parece si volvemos a fojas cero, nos hacemos más amigos y nos ceñimos sólo al libro del profesor?
A mí me pareció  sincera su invitación y casi ingenua y ya estaba a punto de acceder a lo que ella pedía, cuando Alejandro habló. Primero soltó su acostumbrada sonrisa nerviosa.
¡No puede ser que nos pidas eso, que quieras recortar nuestra visión, limitándonos a conocer un solo libro!  y ¿Qué hay de la investigación y la comparación de ideas?. ¡Eso según tú es malo!

- ¡Alejandro! -  gritó Mirna, hastiada- no digas eso, porfavor. Trataba de disculparlo delante de Charo.

-Si Alejandro -recalcó Charito, más resuelta - no digas palabras que no he mencionado ¡Por favor! , Enfatizó.
-¿Pero acaso no es así? -respondió- según tú discutir las teorías de Vincent nos traen polémicas y discusiones, pero sabes cómo se llama a eso: ¡Sectarismo!
-¡Alejandro!, ¡Alejandro! – Interrumpió nuevamente Mirna con la mano levantada – ¡Charo está pidiendo que evitemos las discusiones y seamos más amigos!, ¿no te das cuenta?
-¡No te pases! – respondió enojado- esa invitación a ser amigos es sólo un chantaje, ¡no se dan cuenta somos amigos, si no contradecimos y si decimos amén a cada texto subversivo de ese libro!
-¡Por favor! -dijo Charo -  Acaso estás diciendo que…
-No, no estoy diciendo nada de lo que tú ya sabes.
¿Ya sé? – Charo titubeo desconcertada  ¿Qué se supone que debo saber?
-¡No me hagas hablar!- dijo Alejandro, mientras se apretaba las manos de nervios.
-¡Además!- interrumpió Horacio - ¡Aquí la única que hace problemas eres tú y sabemos que eres la que mete cuento en contra de nosotros!.

-¡No!.. ¡Yo no he hablado mal!…

-¡Sí!, y muchos ahora piensan que nosotros somos los malos de la película
-¡Pero yo!,… yo no
-¡Si tú!, a nuestro propio salón ha llegado tu veneno, porque nos miran mal y tú eres la única que pudo haber metido ponzoña. A tal grado que Vincent nos mira con desprecio.
-No, no ¡por favor, es mentira, son calumnias!- sin más que argumentar, nos miró a cada uno, balbuceando palabras ilegibles, tartamudeo, sus ojos se enrojecieron. Parecía suplicar. Viéndose acosada por las miradas recriminatorias, sólo atinó a taparse el rostro y rompió en llanto. Estaba  acorralada y no podía hacer nada, quise consolarla, acercarme, pero como ocultar que sentía  debilidad por ella. Me puse de pie muy resuelto, pero en ese segundo de espera, el curita  y Mirna se adelantaron.
¡Ya Charito, cálmate! -le asieron de los brazos y la llevaron al baño. ¡Cuánto lamenté no haber sido yo el que la consolaba!. Sólo la vi  pasar. Solté un leve suspiro. Me sobrepuse y me dirigí a Horacio que se quedó mudo
 -¿Y ahora qué? - le dije.
Horacio encogió los hombros: ¡No me hagas sentir culpable!
-¡No! - dijo el chino,  alzando la voz – ¿Por Qué vamos a sentirnos culpables?, no creo en sus lágrimas, esas son estrategias. ¿No se dan cuenta que ella quiere dominarnos?
¡Chino!  - le dije, molesto con el ceño fruncido, desconcertado por su sangre fría – ¡ya basta!
-¿No te das cuenta?- me miró enojado- mira a al curita cómo ha reaccionado, un poco más y se le tira al suelo. Eso significa que si tenemos  votación para decidir el futuro de Charo, ya no contamos ni con su voto, ni con su aprobación. Ahora sólo falta saber a quien más convenció, ¿Quizás a ti  Roberto?
Retrocedí, avergonzado, como si hubiese leído mis pensamientos.
¡Pero Chino! - le cortó Horacio  algo apesadumbrado- Ya hemos llegado al límite
-¡Aquí no hay límites! -respondió Alejandro, sobresaltado- Este tipo de gente no mide sus acciones con tal de dominarte. ¡Entiendan!
Horacio calló y bajó la cabeza.

Yo también callé y no  respondí, sólo lo miré atónito. El chino se mostró  más resuelto y violento y tuve miedo porque él sabía más cosas de Charo y sus amigos que Horacio, Jael, el curita y yo. Pero por qué no se sinceró ¿Quién era en realidad el Chino y porque le acusaba a Charo de sediciosa?. Yo dudaba de las aseveraciones del chino, no podía creer que  detrás de ese rostro ingenuo de Charo, se ocultaba algo tan malévolo como  el terrorismo.
 Aquella tarde de altercados, Charito no volvió, tan sólo quedó en mi mente las palabras tan duras de Alejandro. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Amigos por siempre 2: De la novela Misión Jericó.

continua :....
Los cuatro caminamos abrazados por el pasadizo de letras, tambaleándonos, riéndonos de cualquier cosa, con rumbo a la puerta principal de venezuela.  Al caminar frente a la facultad de economía percibí que la ciudad universitaria estaba completamente vacía.  Eran cerca de las doce de la noche y todos los pabellones lucían oscuros y silenciosos. Una densa neblina se apoderó poco a poco de los alicaídos postes de luz amarillenta. Solo nuestros gritos resonaban en la ciudad.
- ¡Oye! -dijo Horacio- ¿Vieron esa película la jaula de las locas? ¡Es la muerte!
-Ya cállate -le cortó Jael- no quiero saber nada de tus congéneres.
“Ja, ja, ja” todos rieron.
- ¡Congéneres! – repetía constantemente Horacio, mientras reía.
Al día siguiente, llegué tarde a las clases de Vincent, temeroso de ser amonestado frente a  todos, empujé la puerta lo más suave que pude y de soslayo vi los rostros ojerosos de mis amigos bostezando y quise reírme pero me aguanté, al escuchar los gritos de Vincent, que amenazaba a un alumno. Aproveché el desconcierto, entré y  me senté. El alumno tenía sus ojos inyectados y movía sus manos exageradamente.
- ¡Pero profesor, lo único que le objeto es que de acuerdo a las informaciones actuales, casi todos los países sudamericanos están optando por el sistema democrático, lo que significa que el modelo!.
¡Ya sé a dónde vas! - interrumpió Vincent -modelo cubano, pero para eso necesitas no sólo haber vivido en Cuba, sino también comprender cómo es que ese modelo permite que todos reciban educación
-Está bien -le respondió- no habré vivido en Cuba, pero si hablamos de índices de pobreza por individuo ese país tiene el primer lugar.
-Eso se debe a la política intervencionista de Estados Unidos -interrumpió el profesor.
-Bueno no voy a hablar de Estados Unidos, sino de lo que la gente quiere y muchos no quieren vivir en Cuba. Porque  la gente aspira a gobiernos democráticos.
- ¿Sabes qué?  -respondió- ¡A mí me importa un bledo lo que piense la masa, a mí me importa lo que piensan gente como tú, intelectuales que van a dirigir este país!
-Pero profesor, es la masa la que decide lo que quiere.
-No lo creo, la masa es indefensa, sin educación, sin proyectos, yo soy un Dios para ella.
Ja, ja, ja- todo el salón se carcajeó, mientras Vincent con los brazos en alto,  aparentando ser el todopoderoso sonrió complaciente.
¡Si!- dijo con sorna- yo los seduzco, los manipulo y los obligo a hacer lo que yo quiero.

-Profesor -interrumpió – ese pensamiento  es caudillista y caduco

-¡No es caduco y no me interrumpa más, para mi esta conversación terminó!.
-Pero…- dijo el alumno defraudado por la abrupta irrupción.
- Si no le gusta puede retirarse de la clase
Polo inmediatamente se puso en pie
¡Si se retira le aconsejo que ya no regrese!- Polo dudó - ¡Y si regresas atente a las consecuencias!
Polo  como así se llamaba este alumno sólo  sonrió y se sentó, suspiró y calló, aunque no dejó de menear negativamente  la cabeza.
Me causó simpatía y a la hora de salida me acerqué y detrás me siguió todo el grupo. Era un alumno a quien de tiempo en tiempo se lo veía en el salón.
¡Ese Vincent es un tirano!– dijo mientras guardaba sus cuadernos y libros en un portafolio de cuero negro, de esos que usan los altos ejecutivos.
-Es un problema ser profesor y estar encerrado en la universidad, sin salir e investigar lo que sucede afuera – sonrió Polo,  cogió fuertemente su maleta y empezó a caminar.
¡Bueno muchachos les invito a tomar un café para conocernos!

Cuando salimos por la puerta de letras, a la derecha había un pasaje lleno de restaurantes,  levantados con triplay y listones de madera, el único que  parecía apropiado, de material noble y piso de cemento era “El Vanessa”. Polo iba algo apurado contándonos sus anécdotas. 
Cuando trabajé en el canal nueve fui director de prensa, ¡una chambasa! que no duró mucho tiempo. Ya ven ahora estoy de vuelta por la Universidad.  Me separé de mi señora y me quedé en el aire. Mientras él hablaba noté su rostro duro, casi no sonreía y si lo hacía era para burlarse de alguien. No era tan alto, pero si en el promedio de todos los peruanos. Usaba chompa,  pantalón   y zapatos de vestir, no como el resto de Sanmarquinos, que andábamos en zapatillas y jeans. Su conversación era muy nostálgica,  anhelaba mucho progresar. Se ufanaba de trabajos bien remunerados y de altas jerarquías, aunque ahora estaba desempleado. Al despedirse dejó entrever que lograría lo que tanto anhelaba, caiga quien caiga. El chino que estaba atento a su conversación, lo miraba  analizando como siempre si había un doble mensaje. Tan popular se hizo esa actitud cuestionadora de Alejandro que siempre recurríamos a él para que nos explique determinadas  conversaciones y discursos de profesores. ¿Hasta qué punto parecían subjetividades?  No lo sé, pero sabía que eran muy convincentes, tanto así, que a veces no podíamos contradecirlo en determinados temas. Alejandro no lo permitía,  él no era muy dotado físicamente, usaba lentes gruesos  y su fisonomía no era atlética, más bien era bajito y regordete pero su talento de líder
era único.