La desolación de Máximo.
Chanel frente a ellos seguía
bailando esta vez con Fito, quien sin desaprovechar la ocasión, la cogió de la
cintura y de las manos y le hacía dar vueltas una y otra vez al compás de la
música chicha. Se convirtió en el centro de atención con un jean bien ceñido y
una blusa manga cero pegado a su cuerpo. Apenas terminó la pieza los tres
pretendientes estiraron la mano para invitarla a bailar, ella sólo alzó
sus dos manos para agitarlas hacía sí misma, dándose aire. Estaba completamente
rendida. Aun así seguían rodeándola como abejas detrás del panal. Ellos se
conocían, compartían y bebían igual como lo hacían Horacio, Fito y Octavio y
como buenos contendientes no se agredían.
Jael estaba con el chino siempre
abrazándolo, chocheando. Ambos estaban sentados reposando después de la
comida. El chino escarbaba el terreno
con un palito de escoba interrumpiendo el paso a una columna de hormigas.
-¿Qué haces chino? , le pregunté
-Si nosotros fuéramos como las
hormigas – respondió sin levantar la cabeza- nuestro país sería un imperio
fuerte y grande. Todos
tendríamos trabajo. No habría monopolios injustos que nos aniquilen lentamente. Todos seriamos iguales con los mismos derechos, no existiría el terrorismo, ni el odio, no existirían Vincents lavacerebros para destruir este sistema. Sería tal vez la sociedad adecuada, seríamos una sociedad feliz.
No muy lejos de Alejandro y sus
cavilaciones, escuchamos el grito desesperado de Mía, todos acudimos mortificados y vimos el cuadro desolador de Máximo, arrodillado en el suelo tratando de levantarse, sin poder hacerlo, totalmente ebrio, no podía mantenerse en pie, con los ojos desorbitados y babeando. A su alrededor sólo se escuchaba risas
y mofas, no pudo incorporarse y Mía pidió ayuda. Ella que estaba a su lado, no
aparentaba haber bebido, sin embargo al tratar de levantarlo lo sintió tan pesado que tuvo que soltarlo y cayó como un saco de arena. Ella se asustó, se tapó
la boca y comenzó a agitar su mano izquierda pidiendo ayuda.
-¡Perdón!, no fue mi intención-
dijo ella, mientras le ayudaba a levantarse.
Máximo, totalmente empolvado,
hasta el rostro, trató de levantarse, pero no pudo. Nadie corrió en su
ayuda, muchos pensaron que sólo fingía, para tirarse encima de Mía.
Bocabajo en la tierra, sólo gemía
palabras inentendibles. Asido de la botella, levantaba la mano que tenía libre
para llamar. El cuadro me deprimió y llamé a Octavio, quien desorientado me
siguió. Lo levantamos a la voz de tres.
- ¡Está pesadito! - exclamó
Octavio, mientras Máximo sonreía, completamente desorientado con los ojos
cerrados.
Lo llevamos a una de las camas de la casa. Octavio lo miraba y
con una mueca burlona lo tapó con una manta.
-¡Este diablillo, sólo cuando
duerme es un angelito!- recitó Octavio, mientras salía del cuarto.
Yo sólo sonreí y comprendí que ni
aún sus amigos querían asistirlo. Y no por gusto se había ganado su apelativo: "el rabioso"; Y es que su labor, no era la de un relacionista público, sino la
de un polemista que no quería perder ninguna discusión. Siempre acudía a toda
reunión de la escuela para pelear, amenazar y es posible insultar a cualquiera
que le contradecía, amparándose bajo el título de "el delegado", Distinción que adquirió antes que empezaran las clases, por el grupo de Octavio, cinco alumnos que creyeron que representaban a todo el salón, .
Nadie conocía mucho sobre Máximo,
decían que vivía en Barrios Altos, en un cuartucho de un solar, que tenía hijos
y una esposa a la que no le era tan fiel. A pesar de su carácter, su fisonomía
no era grotesca, sino de buen parecer, pero su mirada no era tierna, ni pacífica, era dura e
insidiosa como si guardara demasiado odio y rencor. Tendría 29 a 30 años y según
él era suficiente edad para cambiar al país, para destruir a quien se le interponga en el camino.






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