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"Cuento los hidalgos"

Cinco niños en busca de aventuras encuentran un bosque en pleno centro de Lima ....

Cuento:"El zorro, la serpiente y el caballo"

El amor más insosegable de un niño: "su mamá"

¿Se puede cambiar la voluntad de Dios?

"Una película que te motivará a orar por los tuyos".

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jueves, 15 de diciembre de 2016

Annie: "El corazón del salón" ; de la novela "Misión Jericó"


Annie

Jael estaba en otro de los grupos, que Vincent había formado y su jefe de grupo hacía las reuniones en la casa del mismo profesor. Allí, no había disensiones, ni debates y mucho menos intercambio de opiniones, todos se limitaban a oír  y escribir. De cuando en cuando, aparecía el profesor para enfatizar más un tema, así su labor concientizadora quedaba perfecta. Su casa era como un  centro de adoctrinamiento, ubicado en una de las mejores zonas de Lima: San Borja. ¿Quién lo diría? y mucho más ¿quién podría imaginarlo? Casi todos hablaban de esas reuniones en la casa del profesor, de los cafecitos y libros; de fotografías de Cuba. Muchos se sentían no sólo alumnos, sino compañeros y aún más “camaradas”. Para ellos el profesor era un profeta, un líder indiscutible, a quien muchos preferían como amigo, antes que enemigo. El día que tomaron el decanato, él estaba allí, dando instrucciones a Orlando y a Willy. Les pedía que hagan un inventario de todos los objetos del lugar.
“¡De nada tienen que acusarnos, nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados, sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se  presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos era la meta. Eso significaba que había un plan organizado  desde antes que se iniciaran las clases y cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada  Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola,  pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.

-¡Debemos esperarla, ayudarla a subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
 Así  lo hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre, no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco  todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé  el bosque de letras, temí que nadie la ayudara y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los Hidalgos: Capítulo 2


A la distancia, divisaron cubierta de follajes una casita pequeña, en medio del bosque, como un solar abandonado, a la que la luz del día incidía tenuemente. Apenas llegaron, limpiaron las bancas de mármol, cubiertas por una capa gruesa de polvo, que yacían sobre un inmenso balcón. Beto subió sobre las viejas barandas de mármol y resueltamente dijo:
¡Este va a ser nuestro cuartel general!”
Todos miraron, sonrieron y agitaron sus hondas triunfalmente. Era la primera hazaña que habían logrado, Aquella tarde. Limpiaron afanosamente el piso, las paredes, pero no, una puerta que estaba debajo del balcón, les atemorizó porque despedía un olor fétido. Estaba cerrada con una cadena y un candado. A través de una rejilla, una tenue luz se abría paso a través de la oscuridad, dejando ver  unos costalillos,  testigos mudos  de un lugar abandonado .
De pronto, apareció Jimmy corriendo con su rostro desencajado.
 ¡Vienen unos perrazos!, con un  alemán a caballo, debemos escapar!
 ¡Espera! ‑ Gritó Beto ‑ ¡debemos cuidar nuestro cuartel!...
-¡Eso no importa!,... ¡huyamos! ‑contestó.
A la distancia se escucharon unos ladridos y los niños huyeron despavoridos, dejando el viejo solar abandonado. Detrás aparecieron unos perros que los siguieron, muy de cerca. Enrique y Beto llegaron rápidamente hasta la salida, se parapetaron firmemente. Apuntaron con sus hondas y dispararon a dos perros que al sentir las piedras, huyeron despavoridos. Sin embargo otros tres siguieron con fiereza, hasta que todos los niños unidos, cerraron la vieja reja por donde habían entrado. A la distancia, un silbido hizo que los perros retornen hacia un hombre a caballo, que  miraba amenazador a los niños y sujetando fuertemente las riendas golpeó con las espuelas haciendo relinchar al animal.
Todos regresaron a sus casas exaltados por la aventura, sin imaginarse quién era aquel hombre de casco verde, que los perros obedecían. Sólo pensaron  que el bosque escondía cosas extrañas que ellos estaban dispuestos a descubrir. Pero el entusiasmo no les duró mucho, porque en casa, algunos como Roberto e Iván fueron castigados por no haber hecho su trabajo del día, que era el de limpiar las botellas de emoliente. Su papá, el único emolientero del lugar, tenía como setenta años y una esposa de treinta y cinco. A ella no le interesaba ayudar al esposo y mucho menos cuidar a los niños, más se preocupaba por maquillarse vestirse con minifaldas apretadas y salir a bailar con las amigas del mercado. Esa tarde, el emolientero los encontró debajo de la cama, escondidos y los zurró con un chicote de tres puntas, que según muchos, sacaba ronchas en las piernas. Ellos anticipando el castigo, se habían puesto tres pantalones para no sentir el látigo y como su viejito era de edad avanzada ni cuenta se dio, terminó exhausto y se durmió en su acostumbrado sillón. Como era de costumbre cada vez que se levantaba vociferaba:
- "¡Muchachos del carajo a donde se han mandado mudar!" y empezaba la rutina de siempre, a buscarlos con su chicote de tres puntas, por todo el barrio.
Jimmy, en cambio, no rendía cuentas a nadie, porque su mamá no paraba en casa. Algunos murmuraban, decían que era una mujer de la vida alegre, pues caminaba por las calles, todas las noches con diferentes hombres, vistiendo pequeñas minifaldas. Sólo su abuelita velaba por él, pero ella no te tenía paciencia y dejaba que todo el día esté en la calle. Jimmy era muy pretencioso y siempre decía: “Mi papá se apellida blacksbuard y es millonario, algún día llegará para llevarme a los Estados Unidos y dejaré esta quinta fea".
Los emolienteros lo escuchaban y de picones le gritaban: ¡Calla gringo carcoso!..., ¡Báñate!
Y él siempre respondía: ¡Cállense!, ¡achicorias pobres! 
 A veces empezaba la pelea y otras sólo se insultaban, para después buscarse y salir a jugar otra vez, como si nada hubiese pasado.
(Continuará)

sábado, 3 de diciembre de 2016

LOS HIDALGOS: CAPÍTULO I

LOS HIDALGOS

Eran las cuatro de la tarde y el sol calentaba más que otros días las paupérrimas calles de Barrios altos, lugar donde vivían numerosas familias pobres. Allí, por el Jirón Huánuco caminaban Beto y sus amigos,
afanosos, desafiando el calor, cruzando callejones malolientes de un solo caño y quintas de quincha derruidas con portones de madera apolillada. Llegaron hasta el callejón de los gatos negros, conocido porque habitaban gente de raza negra, muy belicosa, pero no se quedaron, continuaron. Pasaron por la iglesia del Carmen, algunos de ellos se persignaron y doblaron por el jirón Junín, rumbo a la quinta Heeren, un lugar detenido en el tiempo  pues las casas seguían igual que en la época de la colonia española, con sus puertas a doble hoja, altas y apolilladas; paredes de quincha llenas de humedad y piso de madera que rechinaba, al pisarla. Siguieron por una pista asfaltada que terminó en una vieja plazuela, rodeada por un cerco de fierro oxidado y en el centro una pileta con una estatua pequeña y tenebrosa. Era un angelito con el rostro carcomido por la erosión. Frente a ella, había un muro alto e imponente, parte de un antiguo castillo español, que se enseñoreaba sobre el resto de las casas; como un gigante, que de solo verlo, atemorizaba.

-Allí tenemos que entrar -señaló Beto-  allí hay palomitas y cuculíes como cancha.
Con el paso más lento y silencioso los cinco niños descubrían la única entrada hacía el interior del castillo, armados con  hondas apuntaban sigilosamente, temerosos de posibles perros o de vecinos del lugar, que siempre los echaban, sin lograr entrar.
 ¡Vengan! ‑ decía ‑ no hagan bulla para que los perros no despierten.
Uno a uno, entraron, sorprendidos por la quietud del lugar, moviéndose sigilosamente a través de las casas, con sus bolsillos rebalsando de piedras pequeñas, que habían encontrado en el camino, cruzaron por varias casas silenciosas, que parecían  deshabitadas, hasta que llegaron a una vieja reja entreabierta,  llena de enredaderas secas, desde la cual, al final, se veía un imponente bosque de árboles frondosos e inmensa vegetación. Conforme avanzaron el suelo fue cambiando, ya no era de cemento, sino tierra cubierta por infinidad de hojas secas y restos de aserrín. Poco a poco, la luz del sol desapareció ante sus ojos, a causa de la frondosidad de los árboles y un canto de cuculíes inundó el ambiente, embriagando con sus lamentos el lugar, haciéndolo aún más intrigante.
(continuará...)