Annie
“¡De nada tienen que acusarnos,
nada puede perderse, además cuando venga la prensa, no debemos parecer desorganizados,
sino capaces!.”
Después se acercó a Charito y a otros alumnos que más adelante se
presentaron como jefes de grupo. Allí estaban algunos compañeros
de mi base: Máximo, El chino Octavio y Chanel conversaban animadamente, sin
importarles si lo que hacían estaba bien o mal. Quizás ganarse a los cachimbos
era la meta. Eso significaba que había un plan organizado desde antes que se iniciaran las clases y
cuyo autor intelectual, era nada menos que Vincent. Lo que me faltaba averiguar
era ¿por qué? y ¿para qué? ganar adeptos.
Jael escuchó, entre los alumnos, muy malos comentarios, sobre los pupilos de Charito, como así nos llamaban y se había creado tal clima de rechazo y antipatía que nos calificaron de lo peor: groseros, pleitistas y marginales.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola, pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.
Con esos adjetivos no podíamos saludar a nadie delante del profesor, nos esquivaban la mirada Yohana, la más joven del salón, risueña y carismática, aceptada por todos, creyó por completo las mentiras y nos tenía fobia, cada vez que nos acercabamos, se retiraba del grupo y era tan evidente, que nos habíamos acostumbrado a la desaprobación. Sólo Annie, una minusválida nos acogió. A ella no llegaron las infamias de Vincent y su gente, quizás por su condición pensaron que no serviría para sus propósitos de adoctrinamiento y no la tomaron en cuenta, obviándola, pero ese fue el talón de Aquiles que el chino aprovechó, pues se dedicó a asistirla y a protegerla. Casi todos los días nos adoctrinaba.
-¡Debemos esperarla, ayudarla a
subir el bus! – Repetía, mientras limpiaba sus lentes- ella es el corazón del
salón, por ella sensibilizaremos a la base y cambiaremos nuestra imagen. ¡Tomará tiempo pero lo lograremos!
Así lo
hicimos pacientemente, parecía raro al principio y después se volvió costumbre,
no podíamos salir sin llevarla hasta el paradero, sostenerla para que suba la
primera grada, suplicar al cobrador que le ayude al bajar. Sin pensarlo ese
ejemplo fue seguido por muchos del salón, que nos observaban y poco a poco todos participaron en el sentimiento de ayudar a Annie. Un día de esos, que todo te olvidas, corrí por la universidad, buscando a Anni, crucé el bosque de letras, temí que nadie la ayudara
y cuando salí por la puerta principal, estaban dos muchachos con ella. Eran
nada menos, que dos de los delegados de Vincent, uno la sostenía y el otro
cargaba sus muletas. Al verlos sonreí, no me acerqué, sólo contemplé la escena y entendí la sabiduría del chino. Retrocedí lentamente y caminé en sentido contrario a tantos alumnos que salían presurosos. No me importó tantos empujones sólo pensaba en una cosa: “Nuestro esfuerzo está cosechando frutos”.












