Después de varios días sin
reuniones, Charito convocó al grupo, a través de Mirna , quién a la hora indicada nos animó a entrar en un salón de la Facultad, donde ella nos
esperaba. Estaba sentada en un pupitre, pausada, con su mirada lánguida, casi
entristecida, todos nos miramos las caras, sólo Mirna estaba de aquí para allá,
como si fuese una secretaria atolondrada por servir bien a su jefe. No tardó
mucho en dirigirnos la palabra. Balbuceo al empezar, parecía asustada, se sobrepuso, junto sus manos y a manera de rogativa dijo en tono pausado.
-Sé que no estoy preparada como
ustedes, en algunos temas, quizás deba prepararme más. Pero creo que nuestros
debates deben partir del libro de Vincent y evitar libros que en vez de crear
polémica, nos lleven a acuerdos.
Alejandro empezó a sonreír sarcásticamente y Rosita levantó la mano, solicitando le dejen concluir y continuó.
-¿Qué les parece si volvemos a
fojas cero, nos hacemos más amigos y nos ceñimos sólo al libro del profesor?
A mí me pareció sincera su
invitación y casi ingenua y ya estaba a punto de acceder a lo que ella pedía, cuando Alejandro habló. Primero soltó su acostumbrada sonrisa nerviosa.
¡No
puede ser que nos pidas eso, que quieras recortar nuestra visión, limitándonos
a conocer un solo libro! y ¿Qué hay de la
investigación y la comparación de ideas?. ¡Eso según tú es malo!
- ¡Alejandro!
- gritó Mirna, hastiada- no digas eso, porfavor.
Trataba de disculparlo delante de Charo.
-Si Alejandro -recalcó Charito,
más resuelta - no digas palabras que no he mencionado ¡Por favor! , Enfatizó.
-¿Pero acaso no es así? -respondió-
según tú discutir las teorías de Vincent nos traen polémicas y discusiones, pero
sabes cómo se llama a eso: ¡Sectarismo!
-¡Alejandro!, ¡Alejandro! –
Interrumpió nuevamente Mirna con la mano levantada – ¡Charo está pidiendo que evitemos las
discusiones y seamos más amigos!, ¿no te das cuenta?
-¡No te pases! – respondió enojado- esa
invitación a ser amigos es sólo un chantaje, ¡no se dan cuenta somos amigos, si
no contradecimos y si decimos amén a cada texto subversivo de ese libro!
-¡Por favor! -dijo Charo - Acaso estás diciendo que…
-No, no estoy diciendo nada de lo que
tú ya sabes.
¿Ya sé? – Charo titubeo
desconcertada ¿Qué se supone que debo
saber?
-¡No me hagas hablar!- dijo Alejandro,
mientras se apretaba las manos de nervios.
-¡Además!- interrumpió Horacio - ¡Aquí la única que hace problemas eres tú y sabemos que eres la que mete cuento
en contra de nosotros!.
-¡No!.. ¡Yo no he hablado mal!…
-¡Sí!, y muchos ahora piensan que
nosotros somos los malos de la película
-¡Pero yo!,… yo no
-¡Si tú!, a nuestro propio salón ha
llegado tu veneno, porque nos miran mal y tú eres la única que pudo haber
metido ponzoña. A tal grado que Vincent nos mira con desprecio.
-No, no ¡por favor, es mentira,
son calumnias!- sin más que argumentar, nos miró a cada uno, balbuceando
palabras ilegibles, tartamudeo, sus ojos se enrojecieron. Parecía suplicar.
Viéndose acosada por las miradas recriminatorias, sólo atinó a taparse el rostro y rompió en llanto. Estaba
acorralada y no podía hacer nada, quise consolarla, acercarme, pero como
ocultar que sentía debilidad por ella.
Me puse de pie muy resuelto, pero en ese segundo de espera, el curita y Mirna se
adelantaron.
¡Ya Charito, cálmate! -le asieron
de los brazos y la llevaron al baño. ¡Cuánto lamenté no haber sido yo el que la
consolaba!. Sólo la vi pasar. Solté un
leve suspiro. Me sobrepuse y me dirigí a Horacio que se quedó mudo
-¿Y ahora qué? - le dije.
Horacio encogió los hombros: ¡No me hagas sentir culpable!
-¡No! - dijo el chino, alzando la voz – ¿Por Qué vamos a sentirnos
culpables?, no creo en sus lágrimas, esas son estrategias. ¿No se dan cuenta que
ella quiere dominarnos?
¡Chino! - le dije, molesto con el ceño fruncido, desconcertado
por su sangre fría – ¡ya basta!
-¿No te das cuenta?- me miró
enojado- mira a al curita cómo ha reaccionado, un poco más y se le tira al suelo. Eso
significa que si tenemos votación para
decidir el futuro de Charo, ya no contamos ni con su voto, ni con su aprobación.
Ahora sólo falta saber a quien más convenció, ¿Quizás a ti Roberto?
Retrocedí, avergonzado, como si
hubiese leído mis pensamientos.
¡Pero Chino! - le cortó Horacio algo apesadumbrado- Ya hemos llegado al límite
-¡Aquí no hay límites! -respondió
Alejandro, sobresaltado- Este tipo de gente no mide sus acciones con tal de dominarte.
¡Entiendan!
Horacio calló y bajó la cabeza.
Yo también callé y no respondí, sólo lo miré
atónito. El chino se mostró más resuelto y violento y tuve miedo porque él sabía más cosas de Charo y sus amigos que Horacio, Jael, el curita y yo. Pero por qué no se sinceró ¿Quién era en realidad el Chino y porque le acusaba a Charo de sediciosa?. Yo dudaba de las aseveraciones del chino, no podía creer que detrás de ese rostro ingenuo de Charo, se ocultaba algo tan malévolo como el terrorismo.
Aquella tarde de altercados, Charito no volvió,
tan sólo quedó en mi mente las palabras tan duras de Alejandro.












