/1.jp

"Cuento los hidalgos"

Cinco niños en busca de aventuras encuentran un bosque en pleno centro de Lima ....

Cuento:"El zorro, la serpiente y el caballo"

El amor más insosegable de un niño: "su mamá"

¿Se puede cambiar la voluntad de Dios?

"Una película que te motivará a orar por los tuyos".

visitanos

"unete y escribe tu propia vida"

miércoles, 7 de junio de 2017

LAS ELECCIONES





La gente capaz siempre emigra, busca lo mejor. Aquí se quedan sólo los mediocres”, decían unos graffitis anónimos en los baños, centro de lamentaciones de aquellas voces silenciosas que abundaban en la universidad.
Aquel día nadie se imaginó lo que sucedería, ni siquiera Nixon que estaba al tanto de todos los movimientos de la universidad. Durante la mañana había demasiada tranquilidad, el chino sentado como personero de izquierda unida en una de las mesas de votación, controlaba pausadamente la veracidad de los votantes. Nixon rodeado de tres amigos que siempre lo acompañaban, no cesaba de visitar las mesas de toda la facultad. Como a la una y treinta, hora de la merienda, no había  muchos sufragantes y los pasadizos estaban casi vacíos. Los personeros de izquierda celebraban el triunfo parcial y descuidaron la vigilancia. Justo en ese instante, los Fachos, el sector más radical y violento que el profesor Vincent defendía, irrumpió violentamente, lanzando un grito ensordecedor como fieras salvajes llenaron en cuestión de segundos los pasadizos de la universidad. Cargaban palos, fierros, verduguillos y armas de corto alcance. Lanzaron petardos sincronizadamente en el frontis  de todas las facultades y el ruido ensordecedor estremeció las mesas de sufragio de la Universidad. Sin miramientos, ni consideración a las mujeres, las empujaron y golpearon, cogieron las ánforas y las rompieron, sacaron los votos y se los llevaron. Los que opusieron resistencia fueron golpeados. La consigna era destruirlo todo, sin importar cómo lo haces. El griterío, los petardos, el rechinar de lunas que se quebraban a pedazos alertó a los estudiantes de comunicación que una turba se acercaba, inmediatamente cerraron la puerta de fierro. Atrincherados en el tercer piso, sin enterarse de lo que sucedía escucharon silenciosamente los ruidos del exterior.
“¡Fraude, fraude, abajo las elecciones, los traidores morirán!” los chillidos de lunas quebradas seguían y de pronto empezaron los disparos. El chino por primera vez se vio en un dilema, si salir o quedarse atrincherado en la escuela. Los personeros de los fachos estaban muy inquietos y pugnaban para que la reja se abra, pero Nixon sabía que estaba en mayoría y los mandó a callar. Al poco rato apareció Willy, sudoroso clamando que le abran la puerta.
-¡Abran la reja por favor, me quieren matar! ¡Abran, abran!
-¿Quién te quiere matar?- preguntó Nixon, desconfiado.
-¡Los de izquierda unida!- respondió astutamente
-Abran, abran hay que demostrar humanidad , gritaron los fachos que estaban como
personeros dentro de la escuela
Nixon dudó, ya no escuchaba ningún ruido, ¿y si era verdad que los de izquierda  habían salido a defender las ánforas? Por eso los fachos se habían ido.
Willy afuera suplicaba, era raro verlo en esa situación, sabiendo que era uno de los matones y líder de los fachos. Nixon dudaba y sabía que todo dependería de él ahora. Sabía que algo no estaba bien, pero la presión era tan grande, que asintió la cabeza afirmativamente y la reja se abrió. El rostro de Willy cambió radicalmente y como un tigre sobre su presa se asió de la reja y empezó a gritar, lanzando patadas al que se le acercaba. Como diez muchachos empujaron la reja para cerrarla, pero él estaba tan bien parapetado que era imposible sacarlo.
-¡Vengan, vengan, suban a Comunicación la reja está abierta! - gritó con todas sus fuerzas y un murmullo empezó a escucharse, hasta transformarse en un griterío ensordecedor y cientos de muchachos con sus rostros tapados entraron golpeando al que se le oponía  en el camino. A punta de patadas abrieron las puertas de los salones, buscaron las ánforas que estaban ocultas y las rompieron. El chino miró impávido como  destruían todo. Después de unos minutos, los vándalos desaparecieron confundiéndose entre la humareda y los estudiantes.
Cuando llegué la densa humareda me dio un mal presentimiento, era idéntica a la que vi cuando por primera vez pisé esta universidad. Apresuré los pasos y distinguí a Horacio dirigiéndose a la Escuela, quien al notar mi presencia volteó.
-Creo que la fiesta se acabó- me dijo desconcertado.
 -¿Por qué?- le pregunté
- ¡Acá ocurrió una batalla!
Ese momento me imaginé lo peor, pensé en Jael y no quise preocuparme por el chino por lo que hizo, pero no podía dejar que lo maltraten. Cuando llegamos encontramos a un grupo de estudiantes que conversaban soslayadamente a un costado de la escalera, haciendo silencio, cuando sintieron nuestra presencia. Sus rostros palidecían de  susto. De entre ellos, salió la figura pequeña y regordeta de el chino, quien frotando sus lentes con una franela, sonrió, forzadamente.
-¡Los fachos acabaron la fiesta- nos dijo desalentado- nos han dado un golpe mortal. Si se convoca a elecciones la próxima vez, ¡ganarán! ¡ustedes saben, el que golpea primero, gana!. Hemos perdido y Vincent tendrá el tercio de la facultad.
Horacio y yo sentimos tanta  impotencia.
-Tenemos que reunir a la gente y salir a descobrarnos, esto no puede quedar así-dijo Horacio envalentonado- ¡A esta gente hay que matarla!
Miré a Horacio, respiraba demasiada rabia, las palabras del chino calaron tanto que terminaron por arrastrarlo a él en esa vorágine de violencia. Yo sólo bajé la mirada y meneé negativamente la cabeza. El chino que seguía con atención cada gesto mío, gritó:
-¡Tu no aceptas!, aún no comprendes lo que significa defender algo que es tuyo. No escuchaste a los empresarios como dicen: “¡O eres tigre o eres presa!”. Horacio tiene razón, si no contestamos perdemos la universidad y Vincent ganará.
De pronto, una detonación estrepitosa de un petardo, rompió otra vez la calma y cientos de voces gritaron: “¡IZQUIERDA UNIDA VENCERÁ, MUERTE AL TRAIDOR USURPADOR, ESOS FACHOS DE MIERDA MORIRÁN!” Poco a poco aparecieron en una columna interminable, muchachos universitarios gritando en un solo coro, armados con palos, barretas de fierro y piedras  Entre ellos distinguí a Nixon que agitando las manos llamaba al chino.

-¡Te das cuenta! -gritó el chino- ¡si no respondes ellos creerán que tuvimos miedo y nos apabullarán. ¡Ahora salimos para demostrarles que seguimos en la pelea! Se dio media vuelta y corrió junto con Horacio para unirse a la manifestación. Nixon lo abrazó y se perdieron entre la multitud. Sólo  contemplé de lejos a los dos cómplices y recordé las palabras de Jael: “No sé ni porque lo acepté, si no lo quiero”. Ambos ahora se iban juntos  y supe que una guerra se había iniciado pero no  contra  los vándalos fachos, sino al interior de nosotros.